El jefe 7
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Necesitaba hablar con alguien y sabía que podía confiar en Susan Harris, su mejor amiga. Así que la llamó y se reunió en un café de la ciudad a media mañana.

—Prude vaya qué bien te ves. ¿Y ese anillo?

Prude sonrío enseñando su sortija.

—¿Entonces te casarás tan pronto?

—Sí.

—Vaya, no te veo muy emocionada, amiga. ¿Todavía estás triste por la muerte del padre Alfred o hay algo más?

—No lo sé, es que no me siento muy bien estos días Susan.

—Pero Prude, ¿qué te pasa?

—De eso quería hablarte, no lo sé, pero no puedo seguir adelante con mi boda ni… No sé qué hacer ¿sabes? Por eso necesitaba hablar contigo. Acabo de mudarme con Peter, pero no quiero estar aquí. No quiero estar con él. Siento un rechazo, algo muy extraño y el otro día…

Su amiga rubia enarcó una ceja:

—¿El otro día qué?

Prude le contó ese encuentro intimo con su novio.

—Bueno, ¿es normal lo que dices… cada pene es diferente sabes? Y no tienes que asustarte, vamos, ya no eres una niña, imagino que habrás visto películas o revistas.

Prude se puso colorada.

—Pero es distinto. Creo que no… no siento deseo como antes.

—Prude, estás deprimida. Contrólate. Debes superar lo del padre Alfred. Seguro que es eso. todo muy rápido, además, a ti no te van las prisas eres muy lenta.

Prudence sonrió.

—Tú sí me conoces—dijo.

Tenía razón, Susan era su mejor amiga, la más cercana.

—Quisiera pensar que es por la depresión peor no sé, ahora no me siento segura de nada y hace unas semanas estaba decidida a casarme. Pero algo cambió cuando vine aquí, no sé qué es. Pero extraño mi departamento, mis cosas. creo que extraño ser una solterona ahora.

—Bueno, eso se llama adaptación. Tienes que adaptarte a vivir con un marido, sexo, niños… todo cambiará, pero tú querías eso. te sentías sola recuerdas?

—Sí, es verdad.

— Escucha Prude, debes tomártelo con calma.

—Es que no sé qué me pasa. Me siento con la cabeza embotada sin trabajar, sin poder hacer nada más que dar vueltas alrededor de la congregación y tratar de encontrar un vestido de novia que me guste.

—Pídele tiempo. Toma distancia. Ve a casa de tus padres. Creo que sufres de nuevo esa depresión que te atacó hace años. Y no es buen momento para que te cases ni hagas nada porque no resultará. ¿Cuántos días llevas así?

—Fue días antes de venir aquí. Cuando vi a ese hombre siguiéndome.

Su amiga la miró boquiabierta y se bebió un poco de su juego de tomate nerviosa.

—Cuenta todo, ¿quién te seguía?

Pude le contó la verdad.

—Pero y tú no hiciste una denuncia y tienes a un chiflado siguiéndote?

—Ya no, era antes, cuando vivía en mi departamento además nunca se me acercó, nadie iba a tomar en cuenta esa denuncia, porque jamás me dijo nada siquiera.

—¿Y cómo era, lograste verlo?

—No, no pude verlo. Se escondía. Excepto el viernes antes de venir a Providence, pero eso no importa ya. Lo que importa es que no sé qué hacer con mi vida ni puedo entender lo que me pasa ahora. Debería sentirme feliz pero el padre Alfred murió y luego…

—Prude, eso no fue tu culpa, qué te ibas a imaginar. El padre ya no tenía salud para realizar exorcismos. Además, los otros no murieron.

—No… pero él.

—Bueno, deja de culparte. Tú no mataste a nadie. En todo caso fue el baboso de tu jefe. A él deberías pedirle explicaciones. Pero deja ya eso. tomate un descanso, te veo muy estresada por el cambio y tú te estresas ante el mínimo cambio a tu rutina.

—Tampoco es eso, pero no sé qué me pasa. No siento deseo por él y tampoco quiero sexo.

—Ay Prudence, tú sí estás deprimida. Llevas esperando tu gran noche desde hace años, esperaste para tener un hombre bueno que quisiera compartir tu vida y ahora… ahora es como si ya no quisieras a Peter. Pero eso no puede ser, has de sufrir algún bloqueo emocional causado por la depresión. Deberías pedir ayuda. No es fácil, no es sencillo lidiar con eso, ya te pasó una vez.

—Sí, me pasó muchas veces. Cuando me enamoré de Fred y él se fue con otra más bonita y rubia. Cuando se murió mi perrita Rebecca y...

—Entonces ve a tu doctora, pídele unas píldoras hasta que puedas estabilizarte.

—Es que no sé si las píldoras podrán regresarme a la realidad. Si podrán hacer que me enamore de nuevo de él.

—Prudence, el amor vendrá después. Él quiere que seas su esposa, quiere formar un hogar y es un buen partido, un buen hombre, no lo dejes ir por sufrir una depresión. Eso es algo químico del cerebro causado por estrés y por la muerte del padre Alfred que te afectó mucho. Tomate unos días, unas vacaciones ya te lo dije. No te apures a esa boda si no estás preparada, pero. no sé qué decirte. No dejes ir a ese hombre que es tan bueno y te quiere. Tú estabas loca por él, no sé por qué de repente te has quedado fría.

—Ni yo lo sé… siento la cabeza embotada, llena de cosas y a su vez vacía. No sé por qué me está pasando esto. Es que no me adapto a vivir en ese pueblo, a esa vida tan simple cuando yo pasaba un montón de horas en el trabajo, haciendo otras cosas. viendo a mis amigas.

—Bueno, es que te has mudado lejos, ¿qué pretendes? Tienes que adaptarte, ceder. Y antes que tomar una decisión busca estabilizarte.

—Lo haré, mañana me reuniré con mi jefe.

La mirada de Susan cambió.

—Vaya, ¿y eso? ¿No habías renunciado?

—Peter lo hizo. Peter organiza cada detalle de mi vida y lo hace muy bien. Ya regaló todas las cosas del departamento: heladera, cocina, lavaplatos…

—¿De veras? Pero cuéntame de tu jefe. ¿Por qué vas a ir a verlo?

—Porque me lo ha pedido. Supongo que quiere compensarme luego de mi renuncia. No hay nada entre él y yo. Y en realidad voy porque necesito alejarme un poco, me lo paso encerrada y no me gusta sentirme así.

—Ay Prude, tú no estás segura de nada y es evidente que no quieres casarte. Mejor será que se lo digas a tu novio.

Como si fuera tan fácil.

—No, no puedo decirle nada todavía, ni yo misma lo sé.

Abandonaron el café y se despidieron pues Susan debía entrar a trabajar.

Prude se sintió mejor luego de hablar con su mejor amiga. Realmente echaba de menos sus charlas.