El jefe 6
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Entonces un día, a mitad de semana mientras visitaba la congregación como le había aconsejado su novio la llamaron a su celular.

No reconoció el número, pero algo hizo que atendiera.

—Señorita Hamilton. Hola. ¿Cómo está? Siento mucho lo del padre Alfred, de veras. No la llamé antes porque me enteré ayer y estaba impactado.

—Señor MacNeil. Hola. Sí, fue muy triste. Jamás pensé que pasaría.

—Y me han dicho que acaba de presentar su renuncia.

Eso debió dolerle. Mucho.

—Sí. Lo siento, pero luego de que murió el padre Alfred me quedé aquí y no voy a regresar. Lamento hacerlo así, pero…

—Vaya. su novio decidió tomar cartas en el asunto y alejarla de mí.

Esas palabras se oyeron bastante extrañas.

—Es que había un hombre siguiéndome señor MacNeil.

—¿Un hombre siguiéndola? ¿Acaso le hizo daño?

—No, pero me asusté mucho. Y por eso mi novio dijo que debía quedarme aquí, que sería mejor.

—Por supuesto. ¿Acaso no avisó a la policía? ¿Desde cuándo la han seguido?

—Hace unos meses, pero no siempre… sólo a veces y estos días me asusté un poco.

—Comprendo perfectamente. Pero necesito hablar con usted. ¿Cree que podría venir a verme? Yo tuve que regresar antes de lo previsto y necesito hablar un momento. Siento mucho lo que pasó, sé que debió ser muy difícil para usted.

—Realmente sí, jamás debí pedirle al padre Alfred que fuera a esa casa embrujada—se quejó ella.

—No fue su culpa, señorita, soy el único culpable de lo que pasó y lo siento mucho. Por favor, no sé cómo compensarla por esto y… si puedo hacer algo para ayudarla. Dígame, ¿las demás personas están bien?

—Sí… es que nada pasó entonces, sólo sintieron una atmósfera densa y pensada. Fue el padre Alfred quién quedó más afectado. Él vio algo que… señor MacNeil por favor, no venda esa casa. Esa casa no puede ser habitaba.

—Sí, lo sé. Hablé con mi amigo, el dueño de la mansión. Él también está considerando demoler el edificio y vender el terreno circundante. Pero todavía no está decidido a hacerlo.

—Si no lo hace habrá más muertes extrañas y él será el único responsable. Y usted, porque lo ayudó a venderla.

—Está bien, creo que tiene razón. Pero el padre Alfred padeció un ataque cardíaco y por su edad… no es extraño. Aunque a lo mejor la visita a la mansión lo afectó de forma muy negativa. No lo niego. Sólo le pido si puede venir a verme mañana. O pasado. Sólo un momento. No quisiera enviarle un cheque por correo ha sido usted una excelente asistente y, además, creo que al menos quiero decirle unas palabras.

—Mañana?

—O el viernes. ¿Cree que podrá? Enviaré a mi chofer a buscarla si me da la dirección.

Prudence aceptó sin pensar. Su jefe parecía afectado y no era para menos, debía sentirse más culpable que ella. Quizás pudiera convencerlo de no vender esa casa infernal.

—Está bien, iré, pero sólo un momento, no quiero quedarme sola en esa ciudad.

Sonaba como maniática, pero no le importó.

Cuando cortó la llamada se sintió mejor ante la perspectiva de hacer un viaje a Boston y cambiar de aire.

Pero no le dijo nada a su novio cuando llegó, media hora después. Se veía cansado luego de una jornada de trabajo y no quería que le dijera que no era buena idea.

Sospechaba que su jefe le haría un regalo de bodas o algo así. Muy de su estilo seguramente.

Cenaron poco después y luego se metieron en la cama.

Pero no durmieron juntos. Él era muy caballero y pensó que era una tentación para él tenerla tan cerca. Así que Prude se fue a su habitación a descansar y a pensar en esa salida clandestina del viernes. No sabía si era correcto y se preguntó por qué quería verla. Se sintió tan inquieta que le costó conciliar el sueño. Debió negarse, lo sabía, debió negarse a esa entrevista. No quería verlo y no entendía por qué le dijo que sí.