5
Peter regresó a su trabajo el lunes y Prude se quedó en su casa preocupada por todo.
Su madre la llamó a media mañana.
—¿Cómo estás cariño?
—Mal, muy mal, pero sé que debo reponerme.
—No fue tu culpa.
Su madre sabía que estaba triste por la muerte del padre Alfred y se culpaba, no podía evitarlo.
—¿Entonces no regresarás a Boston? ¿Te quedarás en Providence?
—Peter me lo pidió, quiere que nos casemos esta semana, tú sabes… pero en estos momentos no quiero…
No quería casarse diablos ni pensar en el sexo tampoco. Él estaba desesperado y nada parecía haberlo cambiado en ese sentido, pero ella sufría una horrible depresión y no quería nada con la vida.
—Vaya, veo que te afectó mucho.
—Fue mi culpa mamá, lisa y llanamente lo fue. Pues eso. Es bastante ¿no lo crees?
—Cariño no pienses así. Trata de distraerte, de pensar en tu boda. Tu vida cambiará y además trata de no culparte. Al padre Alfred no le habría gustado verte tan triste.
—Sí, eso me dijo Peter ayer, pero… es que estoy molesta. Todo lo que pasó. Fue un descuido imperdonable. Jamás debió pasar.
—Ven a casa cuando quieras cariño, no te quedes sola allí encerrada, no harás más que pensar el día entero.
—Es que no sé, creo que me sentiré mal vaya a donde vaya. necesito hacer mi duelo mamá y Peter no me deja, él no… él no está tan afectado y quiere seguir adelante con la boda.
Hablé sin parar, hablé sin pensar.
—Bueno, Prude, pídele tiempo. Él debe entender que ahora no puedes pensar en bodas ni en nada. Vaya… está muy apurado al parecer.
Sí, estaba apurado. Porque hacía meses que no estaba con una mujer y no quería que vivieran juntos sin estar casados y todo eso. por suerte no había vuelto a acercarse tanto como el sábado, pero temía que lo hiciera.
—Ese es el problema justamente—dijo Prude. Pero no habló más de ello. No quería preocupar a sus padres. Buscaría la forma de postergar la boda, de hacerle comprender que necesitaba tiempo.
Pero mientras debería sobreponerse a la culpa y a la rabia que la consumían y tratar de hacer cosas buenas en la comunidad. Su prometido tenía razón, no podían dejar de atender las necesidades espirituales y materiales de la congregación.
Excepto que todavía no estaba lista para enfrentar nada y de repente sintió que tocaban a la puerta y tembló. Permaneció paralizada preguntándose si no sería algún miembro de la congregación
—Señorita Hamilton, ¿es usted? —dijo una voz desde la puerta.
Se acercó sigilosa sin saber lo que pasaba y entonces vio que eran de una empresa de mudanzas. Por supuesto, qué tonta era, sus pertenencias del departamento. Habían llegado antes de lo esperado.
Abrió la puerta y recibió las maletas y las cajas.
—Señorita Hamilton, buenos días, por favor firme aquí. Hemos vaciado las pertenencias de su departamento, pero creo que necesitamos saber dónde dejar la heladera, la cocina eléctrica. Su prometido dijo que todo debía ser donado a la caridad. ¿Está de acuerdo?
—Qué bueno, sí es buena idea, pero no lo hablamos.
—Dijo que le preguntara, pero mire no sé si dispone de espacio para los artefactos o quiere que lo dejemos todo en la congregación cristiana del padre Alfred.
Prudence pensó que era lo correcto. En la congregación sabría qué hacer con todos sus artefactos.
—Está bien, pueden llevarlos. ¿Tienen la dirección?
—Sí, por supuesto señorita—dijo el hombre gordo con la encomienda.
—Firme aquí, por favor.
Prudence firmó y pensó que tendría un lindo trabajo acomodando todas sus cosas. Pues no sólo había ropa de todas las estaciones, zapatos, libros, un equipo de música, un set de peluquería… y ese hermoso espejo oval de pie que por nada del mundo habría regalado. Su novio lo sabía por eso no dispuso de él.
En verdad que había sido una buena idea donar la cocina, la heladera, el frezar vertical, la panquequera y todos los artefactos pequeños de cocina.
Estuvo bastante ocupada ordenando todo ese día y al siguiente. La ayudó a sentirse mejor, con la mente ocupada.
Sin embargo, algo la angustiaba. No quería casarse la semana próxima como planeaba Peter y no tenía valor para decírselo. Estaba tan entusiasmado con los preparativos que no se atrevía a decirle que necesitaba más tiempo.
Que sentía su deseo completamente nulo, bloqueado durante las noches cuando él se le acercaba para besarla. No intentaba llegar más lejos, siempre se detenía a tiempo y sabía cuánto necesitaba sentirla allí cerca, pero… Prude sentía que no quería que la tocara, no dejaba de pensar en ese miembro grueso y enorme listo para hundirse en su pequeño pubis. Sus primas le habían hablado de la primera vez, ninguna se había casado virgen como ella y decían que no había sido sencillo. Una de ellas, Anna, dijo que fue un tormento y que sólo quería que su novio terminara y la dejara en paz, que no lo disfrutó porque estaba demasiado asustada y no quería hacerlo. Lo hizo para no perder a su novio de entonces, porque él no la dejaba en paz y luego al tiempo, la terminó dejándola por otra.
Su mejor amiga Susan le contó algo distinto. Dijo que al principio dolía, luego no. Y que no era un dolor importante.
Prude se dijo que no debía pensar esas cosas. no era una colegiala para preocuparse tanto por la primera vez. Quizás necesitara algo que limpiara su cabeza, como cuando en el pasado sufrió ese ataque en el parque y estuvo semanas nerviosa, con la cabeza embarullada, aturdida. Le habían recetado un sedante entonces.
Pero no era solo el sexo. Era pensar que el matrimonio era muy serio para decidirlo con tantas prisas.
Al menos no tenían problemas de convivencia, él era muy tranquilo y de buen carácter, siempre estaba igual. No sufría cambios bruscos de humor y la amaba. Siempre se lo decía.
Pensó que luego todo iría mejor.
Acababa de abandonar su departamento. Regalar sus pertenencias y ese sería su nuevo hogar.