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Sintió su presencia antes de verle, allí, en la oscuridad. Allí estaba ese hombre alto y muy fuerte que la seguía siempre, la vigilaba y la veía entrar en su departamento. Luego se esfumaba.
Acababa de salir del trabajo y tenía que regresar pronto al departamento para juntar sus cosas pues se mudaría con su novio y tenía prisa. Tomó el bus que la dejó a unas pocas cuadras y de pronto lo vio agazapado en una esquina. Sintió su presencia poco antes de llegar al edificio y tembló. Era él. Ese demonio que la seguía y tuvo la sensación de que la vigilaba desde hacía tiempo, mucho antes de mudarse a Boston. Sentía que alguien la observaba y pensó que era el diablo. El diablo siempre perseguía a las personas que creía podían pecar, o quizás vigilaba que pecara para arrastrarla a la perdición… no lo sabía. Pero en esos momentos le vio con claridad parado en un rincón y a esa distancia no pudo ver su rostro, pero sí sintió su mirada maligna, impía. Quiso correr, alejarse de ese sujeto, pero no pudo, ese demonio apareció de repente y la sujetó por detrás inmovilizándola, arrastrándola a su auto. No pudo correr ni hacer nada, sintió sus manos como garras clavadas en su piel y un graznido que sólo podía ser un demonio.
—Prude, despierta, Prude—dijo Peter—tienes una pesadilla, no es real.
Ella despertó con el corazón palpitante, aterrada para descubrir que quien la tenía atrapada no era el diablo sino su novio, Peter.
—Peter…
—Soy yo, sí, ¿qué soñabas? ¿Quién es ese demonio, Prude?
Ella lo miró aturdida.
—Es una pesadilla, la tengo a veces. Un sujeto que está cerca del departamento y …
Peter escuchó su historia sorprendido y no pensó que fuera sólo una pesadilla.
—Prudence, por qué jamás me contaste esto? Has estado sola en ese departamento con un maniático siguiéndote.
—No sé si es alguien real o…
—Peor si es un demonio. ¿Desde cuándo ocurre esto y por qué jamás me has contado nada?
—Es que nunca pasó nada, sólo lo veo a veces.
—Lo ves a veces? Es suficiente saber que ha estado siguiéndote ese maldito psicópata. Siempre lo hacen. Acechan a la víctima antes de matarla. ¿Tampoco has hablado con la policía?
—No, no lo hice. Pensarán que veo cosas porque siempre desaparece y tengo dudas, no sé si es un ser de carne y hueso.
—Por supuesto que lo es. Prudence. Escucha. No quiero que regreses a ese departamento. Te quedarás aquí, ¿entiendes? Al diablo con tu trabajo, con vivir en Boston. Ese ya no es un lugar seguro para ti. Y no entiendo por qué me has ocultado esto que ha estado pasándote, pudo hacerte mucho daño. Y no pienses que es un fantasma, o un demonio. Seguramente no sea más que un pervertido acechándote.
—Es que nunca pasó nada, nunca me dijo nada ni siquiera estuvo cerca de mí, ¿cómo esperabas que fuera a la policía? Ni siquiera he visto su rostro para identificarlo.
—Pero el peligro existe, el peligro está latente Prude. Vístete. Ha pasado algo muy triste.
Ella se incorporó aturdida y agradeció tener al menos un pijama largo y floreado.
—Qué ha pasado?
Peter ya se había levantado y se veía mal, disgustado.
—El padre Alfred, Prude. Falleció hace una hora en el hospital.
Prudence no podía creerlo.
—Qué pasó? No lo entiendo.
—Fue esa maldita casa, le dije que no fuera no me escuchó. Quise convencerlo y él estuvo allí, bendijo la casa y los miembros de la congregación dijeron que tuvo un enfrentamiento feroz con algo muy feo. Todos sintieron una opresión en el pecho mientras estuvieron allí pero el padre estaba bien. Aseguró haber expulsado al demonio de Berestford house. Pero esta mañana mientras iba a la parroquia tuvo un paro cardíaco y no pudieron reanimarlo. Falleció hace más de una hora.
—Oh Peter lo siento tanto… ese sueño. Fue mi culpa. Jamás debí enviarlo a ese lugar. Es que no sabía, no imaginaba que…
Él trató de consolarla y la abrazó con fuerza y de pronto la besó. La besó mientras la apretaba contra él con creciente deseo.
—No fue tu culpa, no sabías… sé que no fue tu culpa—dijo.
Prudence lloró y se sintió desconsolada. El padre Alfred era uno de los padres más queridos de la congregación y por culpa de ese irlandés que sólo quería vender la casa del infierno y por ella habérselo pedido…
Se sintió muy mal ese fin de semana. Durante el sepelio y el entierro se mantuvo alejada sintiendo que muchos ojos se posaban en ella sin ocultar su odio. Sabían que era su culpa, que ella lo había enviado a Berestford house.
Y nada de lo que dijera su novio, nada de lo que dijeran sus queridos padres la harían sentirse mejor. Era un padre tan bueno, hacía buenas obras en la comunidad, era muy querido, lo sabía y ella era responsable de su prematura muerte. Sólo tenía sesenta y dos años y los médicos no se explicaban cómo un hombre tan saludable había sufrido ese paro cardíaco. Otros dijeron que fue por enfrentarse al demonio. Escuchó las conversaciones durante el funeral y también sabía que la miraban a ella como la culpable de esa tragedia. Porque la vida del padre valía mucho más que la suya.
Estaba tan triste que no sabía qué haría al día siguiente, una parte suya quería llamar a su jefe y contarle de la tragedia que había provocado, pero él estaba de viaje y seguramente le diría algo como: —Lo siento mucha señorita Hamilton. De veras. Qué tragedia. Puedo compensar a la congregación por supuesto por esta gran pérdida. ¿Cree que cincuenta mil dólares sea suficiente?
Luego del funeral el domingo pensó en regresar a casa de sus padres. En quedarse allí hasta la boda.
Habló de ello con su novio la tarde del domingo mientras miraban una película bélica para matar el tiempo y descansar.
Él la miró sorprendido cuando dijo eso.
—Quédate aquí Prudence, no puedes regresar a Boston. No lo permitiré.
—Pero debo entregar las llaves, vaciar el departamento.
—Eso no es necesario. Yo puedo hacerlo. O enviar a mis empleados. Empaquetarán todo y lo traerán aquí. No quiero que te muevas de esta casa Prude, acabo de perder al padre Alfred no quiero perderte a ti también.
—No me perderás.
—Te perderé si no hago algo. Eres mi novia y has estado sola en ese departamento y hay un chiflado acosándote. ¿Crees que no es suficiente para preocuparme?
Prude no protestó, sabía que su novio tenía razón, pero en esos momentos estaba triste y deprimida por la muerte del padre y simplemente quería largarse y desaparecer. No tenía pensado casarse la semana próxima y eso ya no le interesaba. Era como si la depresión la invadiera por completo, la depresión y sobre todo la culpa en realidad. Sentía mucha culpa y angustia de pensar que pudo evitar la muerte del padre Alfred.
—Prudence, tranquila, deja de culparte por lo que pasó. ¿También fue mi culpa sabes? Debí ser más firme, insistir en que el padre Alfred no fuera a esa casa nefasta pero no me escuchó, no quiso escucharme. Él pensó que podría, que nada pasaría. Era muy terco cuando se le metía algo en la cabeza.
Ella lloró y dijo:
—Ahora todos me odiarán por lo que pasó. No lo olvidarán ni yo podré olvidar que fue por pedirle ese favor…
—Prudence, tú no sabías nada de esa casa y en realidad las personas que fueron a la casa están vivas. No les afectó tanto. Pudieron morir y sin embargo eso no pasó. Ahora debes luchar contra la tristeza, el padre no sufrió, se fue en paz y todos aquí le recordaremos con cariño. Recemos por su alma para que tenga descanso eterno y continuemos su obra que es lo que él habría querido. Hay mucho para hacer en la congregación, tú lo sabes. Muchas personas necesitadas de la palabra de Dios, de consuelo y apoyo espiritual y también material. Debemos seguir. No te encierres en tu dolor, ni pienses que ahora todos te mirarán diferente. Nadie sabe que fuiste tú además quién le pidió que fuera a Berestford ayer. Nuestras obras son lo más importante, nuestra labor en la congregación es vital.
—Sí, lo sé, pero…
Prudence lloró y él la abrazó y la apretó contra su pecho y la miró con fijeza. La deseaba, la deseaba tanto y de pronto atrapó su boca y le dio un beso ardiente y desesperado.
Un beso que no despertó nada en Prude, nada más que indiferencia. Sin saber por qué los besos de su futuro marido ya no despertaban su deseo. Debía estar muy deprimida por la muerte del padre Alfred, ciertamente que ese no era un buen momento para nada.
—Prude por favor, no podemos aplazar nuestra boda, quiero amarte y cuidar de ti—le dijo su novio poco después.
Ella dijo que sí porque no tuvo valor para rechazarlo, para decirle que en esos momentos sólo quería largarse muy lejos. que la tierra la tragara prácticamente.