El jefe 3
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Fue un alivio poder tomarse un fin de semana lejos de ese edificio y la ciudad y reunirse con su novio. Providence tenía mucho encanto pues Saint Denis conservaba la magia de antaño, era un lugar poco poblado y lleno de casas antiguas, lagos y parques. El barrio que estaba diseñando su novio iba viento en popa y emulaba la estructura original, era una réplica de cómo había sido en los primeros tiempos la ciudad pintoresca.

El chofer de Peter fue puntual y tardó dos horas en llegar.

Fue entonces que él dejó lo que estaba haciendo y fue a recibirla a Providence.

Sus ojos brillaron de alegría al verla y ella tembló al pensar que su futuro marido era mucho más guapo de lo que recordaba. Siempre vestía impecable, formal y esos lentes cilíndricos le hacían parecer intelectual, guapo, interesante…

De inmediato tomó su maleta y la rodeó con sus brazos para darle un beso. Hacía más de dos semanas que no se veían.

—Prude, os eché tanto de menos—dijo y ella se sonrojó al estar entre sus brazos.

—También yo, mi amor—respondió.

Él la condujo al interior de su casa y allí volvió a abrazarla, a besarla, a quedarse así un momento como si no quisiera que ese momento de mágico encuentro terminara.

—Prude, deseaba tanto verte. Se me hace tan difícil pensar que cada vez espaciamos más nuestros encuentros. Es que quisiera tenerte aquí ahora.

Ella respondió a sus besos y luego se miraron y le dijo que también lo extrañaba.

Su celular sonó, él de ella, el de él… ninguno atendió.

—Estos malditos aparatos, jamás dejan de molestar—se quejó su novio y apagó el celular.

Luego fueron a recorrer Saint Denis, a ver cómo iba la construcción del barrio privado y de su nuevo hogar. Una casa moderna, pero con inmensos jardines, parques y un lago para pescar pues su novio era muy adepto a la pesca. Era uno de sus deportes favoritos.

Prudence observó lo mucho que había progresado y pensó que terminaría mucho antes de lo esperado.

—¿Cuándo estará lista? —preguntó.

Él sonrió. Sus ojos cafés brillaron de entusiasmo al hablar de lo avanzadas que estaban las construcciones.

—La iglesia tardará un poco más, pero nuestro nido de amor creo que estará listo en un mes.

—¿Un mes, nada más?

Él la rodeó con sus brazos y le dio un beso ardiente.

—Por favor preciosa, puedes mudarte a mi casa. Casémonos aquí ahora. Hablaré con el padre Alfred y…

Prude sintió el corazón latir acelerado.

—El padre Alfred tuvo que viajar a Berestford house, a bendecir una casa—respondió ella mortificada.

—¿De veras? Vaya, no lo sabía.

—Es que yo se lo pedí, mi jefe quiere vender esa casa y al parecer no puede porque está embrujada.

—Berestford house… vaya. dicen que es el hogar del demonio. ¿Por qué fue el padre Alfred? Es un hombre mayor y ese sitio es peligroso.

Su novio estaba alarmado y molesto.

—¿A qué hora irá?

—No lo sé, dijo que iría temprano, luego del mediodía.

—Tengo que impedir que haga esa locura. Su vida corre peligro Prude, esa casa es infernal. Deberían demolerla maldita sea, incendiarla para purificar la gran maldad que hay allí. No hay otra posibilidad.

—Lo siento, no sabía que fuera tan peligrosa, de veras.

—Por supuesto, tu jefe sólo piensa en los miles de dólares que cobrará por venderla, a cualquier precio supongo. Pero según he oído hace muchos años que la casa está deshabitada por esa misma razón.

Su novio tomó su celular y tuvo que encenderlo para llamar al padre Alfred. Prudence lo vio alejarse y se sintió mortificada. Nunca pensó que la vida del padre Alfred corriera peligro y escuchó muy atenta la conversación.

—Padre Alfred, olvide ese lugar. No vaya. Sé muy bien lo que digo, otro padre la congregación de Nueva York quiso ir a Berestford hace cinco años y murió.

El padre sin embargo no se asustó, quería ir.

Cuando Prudence escuchó la historia de las muertes contada de boca de su novio pensó que su jefe era un completo insensible. Un maldito egoísta que sólo pensaba en hacer más dinero como muchos ricos.

Su novio dejó el celular y tomó su mano.

—Ven, olvidemos esto. El padre quiere ir, pero no irá solo, un grupo de la congregación lo acompañará. Quizás sean de ayuda, pero no me gusta nada esto y me deja muy intranquilo.

Recorrieron la casa, pero Prude notó que su novio seguía muy preocupado por el padre Alfred y el encanto de ese recorrido parecía haberse perdido. Por más que él le enseñara la disposición de las habitaciones y se adentraran en los jardines, lo notó serio. Como disgustado.

Y mientras contemplaba el lago a la distancia rodeado por esos parques espléndidos de arboleda y plantas exóticas Prude miró a su novio y le dijo:

—Debo ir a convencerlo, a decirle que no vaya. Esto es mi culpa, Peter.

Su novio la miró sorprendido de sus palabras.

—No digas eso, no es tu culpa, Prude. Tú no sabías que fuera tan peligrosa. Debiste preguntarme, soy arquitecto y conozco bien las propiedades de este distrito, casi todas. Pero tú qué ibas a imaginarlo. Ven aquí… no temas. El padre Alfred es un elegido, es un hombre muy bueno y sé que tiene una protección especial.

Ella se dejó envolver por sus brazos, lo necesitaba tanto.

Y entonces él la besó y la miró con intensidad.

—Iba a pedirte que te quedaras aquí, deja ese trabajo. Es peligroso que vivas sola en Boston. Son tiempos tan violentos y crueles.

Ella parpadeó inquieta.

—Pero los preparativos de la boda?

Él sonrió.

—Es que no puedo esperar tanto, cielo. Quiero que seas mi mujer y vivas en mi casa hasta que se termine de construir nuestro hogar definitivo, aquí.

Prudence se sintió tentada de aceptar.

—Hablaré con el padre Alfred, él nos casará y luego anotaremos nuestra boda en la oficina del distrito. Para mí lo importante es tener la bendición, lo demás es un papeleo legal. ¿Qué dices?

Prude sonrió y él besó sus labios allí, en el medio donde sería su nido de amor futuro. Sintió cómo todo su ser respondía a sus besos y ardía de deseo. Ella no era ninguna pacata ni tonta como la creían en su oficina. Se moría por hacer el amor con su futuro marido, por ser suya y le importaba un rábano dejar ese departamento y ese trabajo.

—Sí, por supuesto que sí—dijo.

Él sonrió feliz y volvió a besarla y luego, poco después regresaron a su casa para almorzar y estar juntos.

—Pero necesitaré un vestido—dijo de pronto sentada en el comedor principal mientras devoraba una empanadilla de salmón.

Peter sonrió.

—Puedo comprarte uno, el que quieras. Aquí hay varias tiendas de vestidos de novia. Eso es lo de menos.

—¿Y cuándo nos casaríamos?

—La semana próxima, hablaré con el padre Alfred y luego anotaremos la boda en la oficina. Conozco gente allí que me haría ese favor y ni siquiera tendremos que ir. O tal vez sí.

Prudence pensó que era muy pronto.

—Pero tengo todas mis pertenencias en el departamento—dijo—deberé hacer la mudanza y luego entregar las llaves y las carpetas del trabajo.

—Eso puedes hacerlo por encomienda. No te preocupes por nada, sólo di que sí y yo organizaré todo.

Prudence sonrió encantada y a media tarde fueron a visitar a sus padres. Ellos esperaban su visita con ansiedad. Su madre estaba preocupada por ella y le preguntó cómo iban las cosas en la ciudad.

—No se preocupe señora Hamilton, su hija se mudará a mi casa la semana próxima. Acabo de pedirle para adelantar la boda y ella ha aceptado.

Sus padres se miraron sorprendidos.

—Oh, pero no han avisado nada.

—Es que ella acaba de decirme que sí, me llevó un tiempo convencerla—respondió Peter.

—Bueno, esto merece una celebración, traeré una botella de mi mejor vino añejado—dijo su padre.

Prude sonrió feliz mientras su novio tomaba su mano.

Era todo tan inesperado que de pronto se sintió nerviosa. No debía estarlo, estaba más que lista para casarse, pero de todas formas sentía cierta ansiedad al pensar en el futuro. Dejaría Boston para convertirse en la esposa de un hombre maravilloso.

—Prude, ¿algo te preocupa? —le preguntó su madre mientras iban en busca del postre.

Ella la miró nerviosa. Sabía cuánto se preocupaban por ella y no quería contarles la verdad. Que por momentos le daba terror pensar en su noche de bodas. No porque fuera una pacata, pero…

—Estoy bien, mami, feliz. Deja de preocuparte. Sólo pensaba en el padre Alfred—en realidad era cierto en parte.

—¿El padre Alfred? No entiendo.

Prude le habló de la casa Berestford y su madre se puso muy seria.

—Ese lugar es un espanto, ¿por qué lo enviaron allí?

Su madre también estaba al tanto de lo que pasaba en la mansión del bosque y le contó otras cosas que le helaron la sangre y la hicieron sentir peor.

Pero al menos desvió la conversación a lo que en verdad la preocupaba.

Cuando llegaron a la casa de Peter olvidaron por completo al padre Alfred, su novio había bebido demasiado vino y fue ella quien tuvo que manejar de regreso.

—Estoy bien, cielo, estoy bien preciosa—le dijo él.

Y al llegar parecía estar mejor, se había dormido gran parte del viaje y al despertar lo notó más normal.

Era tarde y sólo quería irse a dormir. El vino también le había dado sueño y se desvistió con prisa para meterse en la cama.

Pero mientras se quitaba el vestido largo floreado de manga larga vio a su novio mirándola desde un rincón como un lobo hambriento. Eso le pareció entonces y casi le dio risa.

—Peter, ¿qué haces allí espiándome? —le dijo.

Él sonrió al verse descubierto, pero no se fue como esperaba, sino que siguió mirándola, recorriendo su cuerpo con creciente deseo haciéndola sonrojar hasta las orejas. Se moría por acercarse y tocarla, por besarla y quizás también hacerle el amor.

—Eres muy hermosa Prude, tanto que me vuelves loco con sólo mirarte—dijo.

Ella sintió el corazón agitado al ver que se acercaba para abrazarla, para tocarla. Pronto sería su esposo, no había nada de malo en besarse ni acariciarse un poco. También lo deseaba y no se vistió ni se puso el pijama largo de algodón, se quedó en ropa interior esperando su abrazo.

Sus ojos buscaron los suyos y de pronto sintió sus besos y sus brazos fuertes estrechándola con fuerza.

—Eres hermosa Prude, eres tan tierna y femenina—le dijo al oído y luego apagó la luz para llevarla hasta la cama de su habitación.

Sabía que no le haría nada, que sólo iba a acariciarla y se dormirían luego abrazados con poca ropa. Él sabía que debía esperar a su noche de bodas y que ella era virgen. Se lo dijo cuando comenzaron a salir y eso le gustó mucho más.

“Ya lo había notado” le dijo.

Ella lo había mirado sorprendida y ruborizada.

“Por qué?” le preguntó.

Él sonrió y le dijo muy serio que lo vio en sus ojos, el día que se conocieron.

Pero esa noche Peter estaba distinto. Quizás el vino había liberado al hombre poseído por la lujuria y de pronto Prude notó que había quitado su sostén y besaba sus pechos se deleitaba con ese líquido que comenzó a brotar sin que pudiera evitarlo.

Sentir su sabor y dulzura lo excitó. Era como la primera leche que tenían las madres, pero era su secreto, no quería que nadie supiera y sin embargo su novio acababa de beberlo y eso lo volvió aún más loco de deseo.

Ella cerró los ojos y tembló al sentir que mamaba de sus pechos hasta saciarse, de uno y luego del otro. Gimió de placer al sentirse vaciada y también que aflojaba la tensión y su pubis se humedecía por las caricias y un deseo feroz se apoderaba de ella.

—Prude… Eres tan dulce amor. Creo que esta noche me volveré loco si no te hago el amor—dijo.

Ella lo miró excitada y asustada. Ya no le daba miedo el sexo, pero sabía que no era correcto, debían esperar a su noche de bodas.

—No podemos. Déjame. Sabes que no es correcto. Por favor—le respondió agitada pero entonces vio que se desnudaba y liberaba su miembro grueso y erecto, muy erecto y rosado. Hambriento de ella. Se acercaba como si quisiera atraparla y comérsela.

Pensó que ese vino debía tener algún poder para liberar al macho encerrado en el cuerpo de un caballero como Peter Bradley, él nunca había llegado tan lejos. era la primera vez que lo veía desnudo.

—Por favor, sé que no es correcto, pero … luego nos casaremos. Lo prometo. Le pediré al padre Alfred—le rogó y la envolvió en sus brazos mientras su miembro se pegaba a su pubis de fuego que ardía como el infierno. Sus besos y caricias la habían excitado y por primera vez deseaba entregarse a su novio y convertirse en su mujer.

Él volvió a besarla y a envolverla con caricias y palabras tiernas preparándola para la cópula. Pero Prude se asustó mucho cuando él en un momento la apretó contra la cama y separó sus piernas para penetrarla.

—No, aguarda, no quiero hacerlo. No quiero—jadeó asustada.

Él se detuvo y la miró.

—No temas, no te haré daño, lo prometo. Por favor.

Peter quería convencerla de hacerlo, volvió a besarla, a brindarle caricias intimas, pero Prude no quería.

—Sabes que mi sueño es casarme virgen y tú dijiste que lo respetarías. Que querías una esposa virgen para llevar al altar un día.

Sus palabras lo frenaron en seco y se alejó como avergonzado de su arrebato.

—Lo siento preciosa, perdí la cabeza. Creo que fue el vino. Nunca bebo, pero… te amo Prude. Te amo y me muero por hacerte mía. Sufro porque hace meses que no estoy con una mujer, sufro porque me muero por estar contigo y no puedo. Perdóname. Sé que prometí que esperaría.

—Está bien, entiendo. También me dejé llevar, pero no estoy lista para ser tuya en la intimidad. Me da mucho miedo que…

Estaba asustada por esa parte de su anatomía y temblaba de imaginarse a ese miembro ancho entrando en su cuerpo. No imaginaba que sería así y aunque sus amigas bromeaban y fantaseaban con hombres dotados para ella no era gracioso. Le daba miedo. Quizás no estaba preparada.

Él sonrió y la miró con tanta ternura.

—No debes tener miedo, es la naturaleza preciosa. Todas las mujeres tienen su primera vez. Y sueño con hacerte mi mujer muy pronto.

Él se vistió y le dio un beso fugaz. Prude se había cubierto con la sangre, avergonzada de que la viera desnuda. Pero él no se quedó como lo hizo en el pasado. Dijo que dormiría en su habitación.

Prude se sintió muy extraña, no podía entender por qué de repente se sintió en la gloria besándose con su novio y luego, de repente toda la excitación se convirtió en terror, rechazo. De una forma incomprensible. Quizás las historias que había oído de la primera vez la estaban afectando.

No, no era tan inmadura. Había algo más. En ocasiones fantaseaba que hacía el amor con Peter, se quedaba tan húmeda y excitada pero nunca, nunca habían llegado tan lejos.