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Él la miró muy serio, se veía malhumorado ese día, algo que era frecuente. Ese hombre vivía obsesionado por el dinero, los negocios y no estaba nada interesado ni en las mujeres ni el romance. Seguramente tendría alguna mujer para salir, o varias… A esos hombres ricos les alcanzaba con levantar el tubo del teléfono y tender todo aquello que desearan: sea la compañía de una chica o de un hombre si les apetecía. O ambos… el libertinaje que reinaba en esa ciudad era repugnante. A Prude le provocaba repugnancia pensar en esa abominable promiscuidad de hombres y mujeres acostándose con todos como bestias saciando su lujuria, sin pensar en nada más, sin sentir nada en absoluto.
—Señorita Prudence siéntese por favor.
Prude apretó los labios y obedeció sintiendo sus mejillas encendidas. Al demonio con las habladurías, con los cotilleos de oficina. Ella no estaba interesada en su jefe.
—Señorita Prudence, surgió un problema y debo partir. Quisiera encomendarle que enviara a ese sacerdote a Berestford house este fin de semana o en cuanto pueda. Le dejaré una copia de las llaves.
—Oh señor MacNeil…
Él sostuvo su mirada, muy serio.
—¿Qué ocurre, señorita? ¿Cree que no podrá manejar la oficina en mi ausencia?
—No es eso… es que ayer hablé con el padre Alfred y él dijo que en el pasado se intentó bendecir el lugar sin demasiado éxito. La hermana Mary se encuentra ausente y temo que este fin de semana sólo podría ir el padre Alfred.
—Bueno, comprendo. No se preocupe tanto. Al menos lo intentaremos. Envíe al padre con los vendedores Samuel y Joshua. Los conoce usted, son los encargados de enseñar las propiedades. Queda eximida de ir, por supuesto, sé que eso le asusta.
—Se lo agradezco. Además, este fin de semana no estaré aquí.
—¿Se irá de viaje? —preguntó interesado.
—A Providence.
—Oh, irá a visitar a su novio arquitecto.
Parecía algo picado con eso, pero Prude pensó que en realidad lo que le molestaba era que no fuera ella a Berestford house pues tenía la esperanza de venderla. Todo lo que no estuviera relacionado con sus casas, negocios o barrios nuevos no tenía interés para él.
—Estaré ausente esta semana, pero regresaré en cuanto me sea posible. Pero puede escribirme al Messenger si lo desea o llamarme si tiene algo urgente que decirme por supuesto.
Prudence sonrió y le deseó buen viaje.
Él le dedicó una amable sonrisa y luego su celular sonó y la olvidó. Por completo. Ciertamente que Prude no entendía de dónde habían sacado que ese jefe estaba interesado en ella.
Regresó a su trabajo y luego, a la salida la llamaron los organizadores para preguntarle detalles de la fiesta. Siempre lo hacían.
También tenía pendiente el vestido. Todo estaba casi listo para la boda y esa noche al regresar recordó la sombra y tembló. Porque nada más llegar a su edificio vio un hombre parado en la otra esquina mirándola mientras hablaba por celular.
Luego ese hombre de traje sport gris se alejó mientras hablaba por su celular.
No era él. No era nadie. Debió imaginarlo. La calle quedó vacía y ella entró corriendo a su departamento. Ya era costumbre hacerlo, no sabía bien por qué. Debía dejar de perseguirse y pensar tonterías, vivía en un lugar muy tranquilo. No había robos, ni asaltos ni chiflados. De haber pasado algo grave se habría enterado.
Pero entonces, mientras buscaba la llave sintió su presencia, su presencia maligna cerca de allí y levantó la vista nerviosa. Rayos… quiso gritar, pero no pudo, estaba paralizada y sintió sus manos sudorosas aferrarse a las llaves mientras sus ojos contemplaban con terror a ese misterioso sujeto alto de jeans y camisa observándola a la distancia.
Lo conocía, ya lo había visto antes, y cada vez que se lo encontraba sentía esa sensación de terror mezclada con un deja-vu intenso.
Parecía un yuppie o uno de esos jóvenes que merodean los bares. Y sin embargo había algo oscuro y siniestro en su estampa, algo que resultaba amenazante. Se quedaba parado a la distancia observándola, mirándola inmóvil, sin hacer más que eso y luego, puf, desaparecía. Como un demonio. Como un espectro de la oscuridad. Prude quiso persignarse, pero no pudo, entonces musitó una oración en silencio mientras abría la puerta del edificio y corría hasta el ascensor. Nada de escaleras esta vez. Quería llegar muy rápido.
El ascensor la estaba esperando así que lo tomó y con el corazón palpitante llegó al tercer piso y se detuvo aterrada al ver a un hombre parado frente a su puerta. Él la miró con expresión divertida.
—Lo siento, no quise asustarla señorita. Soy su vecino, me llamo Albert y hoy dejaron este paquete en mi departamento por error.
Prudence se detuvo en seco y vio de cerca al misterioso vecino, lo había visto mirándola a hurtadillas, pero jamás la saludaba ni hablaba con nadie. Iba al trabajo, iba al gimnasio y regresaba sin amigos, sin citas. Ahora que al fin le veía bien la cara lo notó muy raro. Tenía las pupilas muy dilatadas y era muy blanco, como si nunca tomara sol. Las cejas eran gruesas y sus ojos tenían una mirada extraña.
—Gracias… es que lo vi parado frente a mi puerta y…
—¿Te asusté, preciosa? Tranquila. No muerdo. Vives sola aquí, nadie viene a verte. Siempre me he preguntado si no eres una adolescente que huyó de casa porque no te sentías cómoda con el nuevo novio de tu mami.
—No escapé de mi casa ni soy una adolescente.
Prude habría deseado tirarle ese paquete por la cabeza, pero no se atrevió, el sujeto estaba allí y no tenía intenciones de marcharse.
—Pero te ves muy joven, lo siento, no quise ser entrometido. Una chica como tú viviendo sola en la ciudad. Es peligroso. Hay tanto enfermo aquí.
—Bueno, yo no pienso en eso, debo salir a trabajar y hacer mis cosas. Pero gracias por preocuparte…
—Andrew Jefferson. Encantado. Prudence Abigaíl Hamilton—dijo señalando el nombre del paquete.
Ella sólo quería entrar a su casa, pero él no se iba y miró a su alrededor espantada. Era la primera vez que ese hombre misterioso le dirigía la palabra y no le gustaba nada esa mirada libertina que tenía, siempre la miraba cuando se volvía.
—Gracias… debo entrar al departamento—dijo.
Él sonrió.
—Claro, disculpa. Estaba de salida. Debo ir al gym ahora. Pero quería presentarme. Es bueno tener un vecino a quién acudir si nos pasa algo. Vivimos tan solos aquí. Tan aislados. Si lo piensas, en este edificio viven más de 60 personas y son todos extraños. Gente a la que nunca has visto la cara ni siquiera saludan. Pero tú eres distinta. Eres muy tierna y jovencita. Sola aquí. A veces temo que algo te pase. Eres algo descuidada, dejas la puerta abierta y le abres a cualquiera sin avisar.
—Tengo un arma que me dio mi padre, no te preocupes y él me enseñó a tirar. Soy de Saint George.
Esas palabras lo sorprendieron, pero luego rio como si no le creyera una palabra.
Prudence aprovechó que se había corrido para abrir la puerta y no le importó si la consideraba una maleducada no quería seguir esa conversación, ese hombre le puso los pelos de punta. Así que sabía que era descuidada, que vivía sola y que parecía una adolescente escapada de casa.
Entró y cerró todo con cerrojo y estaba temblando porque vio a través del ojo en la puerta que él seguía allí mirándola y dio un paso atrás aterrada.
Era él, ese hombre había estado siguiéndola, espiándola. Sabía las horas a las que llegaba y también que era una descuidada. ¿Acaso era un fisgón, un maldito psicópata obsesionado con ella? Y todo ese tiempo había sido su vecino serio y reservado, el deportista, yuppie… y sólo era un loco con distintos disfraces.
Sintió tanto terror que estuvo a punto de llamar a la policía, pero al ver que se marchaba se tranquilizó. No podía entrar, la puerta estaba blindada.
Debía tranquilizarse, quizás sólo quiso ser amable y era un sujeto extraño. Si hubiera querido hacerle daño lo habría hecho mucho antes.
Sin embargo, su mirada, su voz, todo le provocó escalofríos y entonces, para colmo de males sonó su celular.
Era su padre. Siempre la llamaba cuando algo malo pasaba.
—Cariño, ¿estás bien?
—Sí…
—Tu madre quiere saber cuándo vendrás a vernos. Te echamos mucho de menos, Prudence. ¿Está todo bien?
—Sí, papá es que… acabo de recibir un paquete y corrí para abrirlo.
—¿Un paquete? ¿Qué paquete es ese?
—Todavía no sé… no tiene nombre… a ver espera.
Prudence tomó el paquete y lo abrió con curiosidad.
Era un regalo de bodas, rayos, qué bonito era. Se lo dijo a su padre.
—ES un regalo de bodas, una fuente de plata con un hermoso mantel. Y me lo envió tía Amy. Oh qué detalle. Pero olvidó que debe enviarme los regalos a Providence.
El presente la animó bastante y la hizo pensar que pronto se casaría con Peter. Tenía otros regalos cuidadosamente guardado y lo dejó allí con los demás.
—El sábado iré a Providence, pero puedo verlos más tarde, le pediré a Peter que me lleve a casa un momento.
No le dijo a su padre del incidente, no quería preocuparlo. Sin embargo, intuyó que de alguna forma él lo sabía. Lo intuía. Siempre se preocupaba, no le gustaba que viviera sola y pensaba que la ciudad era peligrosa. Pero ella trataba de tranquilizarlos y siempre volvía a un ahora temprana al departamento. Muy rara vez salía de noche y si lo hacía volvía en taxi. Tenía amigos de la congregación y su vida era muy tranquila. Y ciertamente que no quería enloquecer a todos para que la cuidaran como si tuviera cinco años, ya era adulta y le gustaba su independencia. En ocasiones se sentía un poco sola sí, pero… era normal. Llevaba más de un año viviendo en Boston y le gustaba, no quería salir corriendo porque un vecino le dijo un par de tonterías.
Buscaba algo con ella, o quizás no tuviera con quién charlar o estuviera bajo el efecto de alguna sustancia. Pues por lo general ese sujeto no hablaba con nadie y ni siquiera la saludaba.
Trató de no darle importancia. Pero no podía sacarse de la cabeza lo aterrada que estuvo el momento que ese hombre se plantó frente a su puerta y no la dejaba pasar.