El jefe 2
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—Sí, es que mi novio es arquitecto y está diseñando un nuevo barrio en ese lugar. Una aldea cristiana llamada Old Providence.

Prudence se sonrojó como le pasaba siempre que le pedían que le hablara de su novio. Le pareció extraño que ese jefe tan frío que siempre la había ignorado estuviera tan al tanto de su vida privada.

—Es que nos conocimos hace poco, en una kermese para ayudar en la congregación.

Se conocieron, charlaron, se hicieron amigos y un día comenzaron a salir. Luego de darle su primer beso en su departamento de Boston le pidió que fuera su esposa. Ella se quedó tan emocionada, no esperaba que tan pronto se lo pidiera. No era como esos hombres que sólo buscaban sexo, ni siquiera intentó nada, pero cuando le pidió que fuera su esposa pensó que era un sueño hecho realidad. Dios se lo había envidado como regalo, eso pensó entonces. Era tan bueno, tan noble y, además, tenía treinta años. Le gustaban mucho los hombres que eran hombres, maduros, jamás se habría casado con uno de veinte años. Los hombres de esa edad estaban verdes y sólo querían sexo, además.

—Me imagino. Todo un caballero atento a los detalles—dijo su jefe.

Ella lo miró perpleja y entonces recordó su conversación pendiente. De repente sentía que él estaba muy interesado en sus asuntos. Porque quería algo… convencerla de que fuera con él a esa mansión embrujada por supuesto. Ella podía ser inexperta pero no tenía un pelo de tonta. Cada vez que un hombre fingía interesarse en ella y la escuchaba tan atento era porque buscaba algo. Por lo general sexo, dinero, algún favor. Como algunas compañeras de trabajo.

No había nada espontáneo en los citadinos de Boston, nada desinteresado tampoco.

—Sí, por supuesto señor MacNeil. Yo puedo ayudarle y hablar con el padre Alfred y la hermana Mary. Ellos son muy buenos alejando demonios, fantasmas, espectros…Es su pasión… no tienen ningún miedo sabe, han luchado contra las criaturas impías toda su vida.

Su mirada se iluminó de gratitud y entusiasmo.

—Oh ¿de veras haría eso por mí?

—Por supuesto señor MacNeil.

—Los recompensaré por supuesto, a ellos y a ellos. Seré muy generoso.

Allí estaba la segunda falla de los citadinos. No sabían recibir, creían que todo tenían que pagarlo, que todo tenía un precio.

Prudence apretó los labios y negó con un gesto.

—Señor MacNeil, no es necesario. El padre Alfred se disgustará mucho si le ofrece dinero. Porque él lo hace de corazón, porque nace de su corazón ayudar y hacer el bien. Lo mismo pasaría horas escuchando su confesión y le daría consejos para ayudarle a mejorar su vida sin esperar una gratificación. Creo que se sentirá más que satisfecho si logra espantar el demonio que mora en esa casa.

—Señorita Prudence, tiene usted mucha imaginación. Quizás sólo sea una casa vieja con un ambiente pesado, nada más. Pero esas historias no son verídicas, parecen productos de una imaginación histérica de algún escritor frustrado y mediocre. Cosas que no tienen demasiado sentido.

—Pero ¿la joven que murió que fue envenenada por su familia para evitar que se fuera con su marido?

—Bueno, eso es una leyenda. Vaya uno a saber si no es como la joven que fue enterrada con su vestido de novia y jamás envejeció y apareció en las excavaciones de una casa hace años. Son historias raras que quizás tengan alguna explicación científica. Como Berestford house señorita. Si cambia de opinión y decide acompañarme, hágamelo saber.

Prudence asintió con una sonrisa muy convencida de que ni loca se metería en esa casa. Sentía terror por todo lo demoníaco y pensaba que esas casas sólo eran encantadas con un fin perverso, arrastrar al pecado a la locura y al suicidio. ¿Realmente sería buena idea vender esa casa? ¿Por qué mejor no la demolían y vendían el predio que era espacioso y hermoso?

Pero su jefe trabajaba en bienes raíces, viajaba por todo el país en busca de buenos negocios y desde hacía algunos años se había radicado en la costa este de los Estados Unidos. Se dedicaba a vender esas casas así, antiguas, señoriales y se imaginaba que él mismo viviría en una de esas mansiones campestres.

Esa noche, cuando llegó a su departamento tuvo la inquietante sensación de ver una sombra agazapada en las escaleras y se santiguó mientras tocaba su medalla. Rezó en silencio en busca de protección. Ni siquiera se atrevió a ver quién la seguía, pero supo que no era la primera vez que tenía esa sensación.

Pensó en ese loco universitario, pero se dijo que fue hacía años.

Quizás algún pervertido la había visto salir del trabajo siempre a la misma hora. Subió corriendo y llegó con la lengua afuera y agitada. Lo suyo no era el deporte, nunca había sido buena corriendo ni en ninguna disciplina.

Cerró la puerta con varios cerrojos y luego miró hacia la calle.

Estaba desierta, no había nadie y sin embargo a la distancia tuvo la sensación de que había algo maligno agazapado en la oscuridad mirándola. Se persignó y rezó y cerró todas las ventanas.

Entonces sonó el teléfono.

Era su novio Peter, qué alivio oír su voz.

—Peter. ¿Cómo estás? ¿Vendrás el sábado?

—Me temo que no podré ir. Surgió un imprevisto y deberé quedarme una semana más en May, pero ¿qué tal si vienes tú? Mandaré a mi chofer a buscarte y pasas el fin de semana aquí.

Prudence vaciló.

—Quieres que vaya?

—Por favor. Te echo tanto de menos preciosa. Me pregunto sí… podríamos pedir autorización al padre Alfred y casarnos antes. Falta tanto para nuestra boda. Tanto tiempo. Demasiado.

Ella sonrió.

No era la primera vez que se quejaba de la espera. Se preguntó si no se moría por hacer el amor como ella, cada vez que la besaba se sentía volar. Empezaba a sentirse sola en esa ciudad, sola porque no estaba con Peter ni con sus padres. Ni con sus amigas. Vivir sola fue divertido al principio. Hasta que comenzó a sentirse vigilada. A imaginar que una sombra la seguía. El diablo estaba detrás de sus pasos.

—Está bien, iré. Te echo mucho de menos.

—Cielo, deja ese trabajo y conviértete en mi esposa. Ya no quiero esperar, te necesito aquí.

Prudence tembló al recordar sus besos y caricias. Habían pasado una noche juntos, en su casa cuando se vieron el mes pasado. Pero no hicieron nada. Y sin embargo sintió cuánto la deseaba y cuánto la amaba.

Amor a primera vista, eso le dijo su novio entonces. Que en el instante en que la vio supo que quería que fuera su esposa.

Y ella sintió algo especial cuando fueron presentados por el padre Alfred líder de la congregación cristiana. Vio un hombre agradable y bueno, su mirada era franca y…

Iría el sábado por supuesto, al diablo su jefe y la casa embrujada.

No quería quedarse sola el fin de semana.

—Iré, lo prometo. También te extraño, ¿sabes? —le dijo.

Sus padres no le perdonarían que hiciera una boda apurada y escondida pero no le importó.

Su estancia en la ciudad llegaba a su fin. Ya había estudiado, progresado, hecho unas pocas amistades y siempre volvía al departamento a sentirse sola y vulnerable. Odiaba sentirse así. Fue un gran paso dejar su casa y las comodidades y a sus padres sobre protectores. Estudió en la universidad, y le fue bastante bien pero ahora quería tener una familia, formar su familia. Y dedicarse a su esposo y a sus niños. Quería tener una familia numerosa y le encantaba May.

Suspiró pensando en Peter. Sabía que era el hombre ideal, como caído del cielo y mientras preparaba su cena de vegetales y pollo y picoteaba algo dulce. Siempre comía algún bocado dulce cuando estaba nerviosa y prendió la tele para sentir una voz.

Quizás vivir sola la estaba afectando.

O tal vez fue su jefe que le habló de la casa embrujada. Cada vez que alguien le hablaba de fantasmas o demonios comenzaba el terror, el tormento, las pesadillas y la sensación de que mencionar al maligno era como llamarlo.

Comió las galletas y luego atacó el balde de helado de chocolate y nueces, todo lo que encontró y entonces se metió en la cama y suspiró.

No quería pensar en nada y puso una documental sobre la vida marina para tranquilizarse.

**********

Pensó que ese viaje le haría mucho bien, pero al día siguiente mientras lo planeaba pensó que debía llamar al padre Alfred. Su jefe se lo había pedido. Quizás no fuera tan ateo como decía. O esperaba que la casa dejara de ser tan sombría.

Así que a media mañana llamó al padre Alfred.

—¿Berestford house? —preguntó intrigado.

—Ha oído hablar de la casa, ¿padre Alfred?

—Sí…—pareció vacilar—nunca ha podido ser habitada y es muy triste que sea parte de lo más antiguo de Boston.

—¿Entonces, ayudará al señor MacNeil?

—Por supuesto, pero he oído que ya lo han intentado, Prudence.

—Que ya lo han intentado?

—Sí, en el pasado. Pero no tuvieron mucho éxito al parecer. Esa casa está endemoniada y has hecho bien en no aceptar visitarla.

—¿Entonces no cree que tenga arreglo, padre?

—Quizás… es que no sé qué hay allí, pero he oído historias muy tristes de personas que han perdido la vida por algo malo que les pasó mientras vivieron allí. Es como si esa casa tuviera vida y fuera maligna y peligrosa. Muy peligrosa.

—Ay padre, me está asustando.

—No es mi intención Prudence. Lo siento. Sólo he sido sincero. No me parece bien que esa propiedad se venda y siga ocasionando muertes. Deberían derribarla.

—Pero usted siempre ha sido bueno bendiciendo casas y expulsando entes malignos.

—Quizás. Pero algunas veces he fracasado Prude. Y las historias que se cuentan de esa mansión no son muy alentadoras.

Prude no imaginó que sería así pero luego de haber leído las páginas no le sorprendía.

—Debo hablar con mi jefe, explicarle—dijo al fin.

—Eso sería lo más prudente, creo. Pero no creas que me niego a ir. Iré si me necesitan y avisaré a la hermana Mary, aunque ella ahora está en California ayudando a una familia que ha perdido a un ser querido, regresará la semana entrante.

Prude buscó la oportunidad de hablar con su jefe, pero ese día estaba bastante complicado todo. Un nuevo proyecto de venta acababa de entrar, un nuevo barrio privado en las afueras de la ciudad captó toda su atención y apenas cruzaron un saludo en todo el día.