El jefe Florencia Palacios #2
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Florencia Palacios #2

Ciertamente que Prudence Abigaíl Hamilton no creía nada en la emancipación femenina ni en la independencia. A pesar de haber hecho una carrera corta de bienes raíces y administración de empresas, no le interesaba progresar ni ser independiente al extremo de no buscarse un marido por supuesto. Quizás la independencia llegara luego de que sus hijos fueran grandes entonces a eso de los treinta y cinco retomaría la carrera de emancipación. Porque ahora su prioridad era casarse y vivir para su familia, tener hijos, y para eso había una edad, no haría como todas las mujeres que conocía que esperaban a los cuarenta para conocer a un hombre que valiera la pena y terminaban adoptando porque ya no podían tener hijos. Y aunque sus amigas se rieran de ella por tener sólo veintidós años para buscarse un marido, bueno, ellas no necesitaban marido porque estaban muy ocupadas estudiando o haciendo carrera para tener un buen puesto en su empresa.

Era una mujer práctica, su futuro marido estaba participando en un proyecto ambicioso de una comunidad cristiana en Plymouth y era necesario diseñar un barrio privado cristiano que le tenía muy absorbido y le había hecho rico en poco tiempo. Él mismo le había dicho que luego de la boda quería que se dedicara a él, a ser su mujer y a darle hijos. Y ella soñaba con eso, había esperado tanto por un hombre como él, que la amara y respetara su decisión de llegar virgen al matrimonio.

—Bueno, comprendo su decisión.

La voz de su jefe la despertó de sus pensamientos.

—Entiendo que le asusta ir a ese lugar—agregó.

—Realmente sí.

No tuvo problema en decírselo. Luego de sufrir un ataque cerca de su casa no se arriesgaría a que uno de esos posibles compradores quisiera hacer de las suyas. Al diablo con la seguridad de Berestford.

—Yo iré con usted si quiere, señorita.

Prudence lo miró atónita. ¿Iría como guardaespaldas o porque esperaba una oportunidad para el romance? Rayos, ¿es que no sabía que estaba comprometida?

—Gracias, pero no puedo aceptar su oferta señor MacNeil.

Se alejó en cuanto pudo y regresó a su trabajo. Podía organizar las visitas desde su oficina. Enviar las fotografías entrevistarse con los posibles interesados y luego, otro empleado coordinaba las visitas a la propiedad. No era necesario ir a Berestford. Menos sabiendo que estaba embrujada. Ciertamente que era muy sensible a esas cosas y como buena católica, le tenía terror al diablo y pensaba que los fantasmas eran criaturas impías enviadas por este para incitar al pecado.

Su jefe no volvió a mencionar el asunto, pero Prude se sintió intrigada y buscó información en la web sobre Berestford house.

Rayos. Había un montón de notas, fotografías. Se la llamaba la mansión embrujada. Extrañas muertes, presencias espectrales, sonidos extraños en mitad de la noche. Ahora entendía por qué habían bajado el precio. Por fuera era una propiedad hermosa y confortable, antigua. El sueño americano. Un lugar especial para descansar y relajarse, lejos del mundanal ruido…

Pero por dentro parecía el hogar del demonio. Fantasmas, ruidos extraños, suicidios y accidentes… Una auténtica leyenda urbana en el campo. Y la razón era que se trataba de un lugar muy antiguo de Estados Unidos, no había cementerio indígena ni nada parecido, simplemente que los primeros pobladores eran gente mala e hizo cosas malas. A una de las hijas del dueño de la mansión la envenenaron el día de su boda, porque no querían perderla, la preferían en el cementerio familiar que lejos, con un caballero que vivía a demasiadas millas de distancias y locuras como esas.

Prude se sintió enferma y se preguntó si acaso su jefe quería deshacerse de ella pues enviarla a ese lugar era peor que despedirla.

Claro, los hombres no creían en esas historias, él no creía porque simplemente no le convenía. Sólo quería sacarse de encima el mausoleo, poner a dos chicas jóvenes y entusiastas para ser las guías de la mansión y darle un aspecto “normal” como si eso fuera posible.

Suspiró.

El año verde podrían vender esa casa. Nadie sensato la habría comprado. Además, se decía que todas las personas que vivían allí la vendían al poco tiempo porque no la aguantaban. Los ruidos, las molestas presencias demoníacas, el olor nauseabundo… algo andaba muy mal en esa mansión y de pronto mientras leía todo apareció su jefe.

—Qué está haciendo señorita Prudence? ¿Le picó la curiosidad por la mansión Berestford? —le preguntó.

Ella lo miró espantada. ¿Cómo lo había sabido?

—Qué como lo sé? Vi el reflejo de la pantalla de su portátil, señorita. Ingenioso, ¿no cree?

¿Ingenioso? Estaba invadiendo su privacidad, pero en realidad ella debía estar trabajando y no navegando en la web.

—Señor MacNeil. Lo siento es que buscaba información sobre Berestford house.

Él sonrió levemente.

—Y qué encontró?

—Cosas horribles. No me extraña que esa casa no pueda venderse, señor. Parece algo siniestro y dudo mucho que…

—Sí, es verdad. Es bastante nefasta, pero la propiedad debe venderse, mi amigo necesita el dinero y yo cobrar mi comisión.

—Pero con esta información nadie sensato la compraría.

—Estoy trabajando en eso, pidiendo que cierren y desaparezcan esas páginas. ¿Qué más cree usted que podría hacer? Hemos trabajado en remodelar la casa para que se vea más luminosa y agradable. Hogareña.

—Me temo que eso no será suficiente señor MacNeil.

—¿Ah no? ¿Y qué sugiere usted?

—Debería bendecirla, enviar algún padre con agua bendita y…

—Oh usted cree en esas cosas? por supuesto, lleva siempre una medalla de la virgencita.

Prude sintió que se sonrojaba cuando le dijo eso. sin embargo, no parecía burlarse.

—Sí, es verdad, siempre llevo la medalla de la virgen de Fátima que me regaló mi madre y también una cruz de oro y… creo que siempre me ha protegido.

—Protegido de qué señorita Prudence?

—Del demonio y sus sirvientes, por supuesto.

—Y usted realmente está segura de la existencia de esas criaturas impías de la oscuridad?

Ella asintió muy segura de lo que decía.

—¿Y piensa que ayudaría llevar un sacerdote para purificar la casa?

—Por supuesto. Debe limpiarla por dentro en lo más profundo y verificar que no haya objetos malignos de sus antiguos propietarios. En ocasiones el mal se queda porque hay retratos, objetos malditos y también, porque nadie se tomó la molestia de bendecir la casa. Puedo averiguar en mi congregación si lo desea.

—Haría eso por mí?

—Por supuesto.

—Bueno, no sé nada de los tesoros de ese mausoleo, creo que hay una habitación que guarda ciertas reliquias del pasado y nadie las ha tocado. Quizás estén hechizadas. Es una pena que no pueda ir a la mansión, creo que me serían muy útiles sus conocimientos de estas cuestiones.

—Quisiera ir, pero no puedo. Estoy muy atareada estos días organizando mi boda y además… le confieso que estas cosas me dan mucho miedo.

—¿Oh, va a casarse?

Parecía muy sorprendido.

—Sí, en tres meses. Acabamos de comprometernos.

Él la miró con fijeza.

—Bueno, todavía falta. Muchas cosas pueden pasar en tres meses y si me ayuda a vender esa casa… le haré un lindo regalo de bodas.

—Lo ayudaré en lo que pueda, pero no me pida que vaya por favor, moriría del susto si veo algo de lo que dicen estas páginas.

Su jefe sonrió.

—Pero señorita Prudence por favor, son sólo historias. Además, yo la acompaño si quiere. Pero sé que su presencia le dará un aire fresco a la casa, estoy convencido de que usted sería una estupenda anfitriona.

—Y pasar un fin de semana allí? No… moriría del susto. Estas cosas me asustan mucho, no puedo… tendría que ir acompañada por el padre Alfred y por la hermana Mary. Ellos sí podrían neutralizar la maldad que hay en esa casa.

Él pareció considerar esa posibilidad.

—¿Y cree que querrían venir a la casa a espantar a las horribles criaturas? Prometo ser muy generoso si lo hacen y también con usted. Imagino que le agradaría algún obsequio especial con motivo de su boda.

—Oh no es necesario por favor. De veras. Mi prometido ya compró todo. Los muebles, la casa… la casa fue diseñada por él y en verdad que no quiero que piense que…

—Vaya… Entonces todo va viento en popa. Pero usted no tenía novio señorita y ahora me entero de que se casará en tres meses. Ha sido toda una revelación.

—Rayos, espero que no sea de las mujeres que renuncia a su puesto para cuidar de su esposo. Es muy anticuado y tan poco recomendable en estos tiempos.

Otro más que pensaba de esa forma negativa, que los maridos no merecían tanta atención, que las bodas duraban lo que un suspiro y que lo único que debía uno cuidar era el dinero que tenía en el bolsillo. Dinero y más dinero. Era un hombre muy rico y sabía que se había hecho de abajo, no era como los millonarios que habían nacido en cunas de oro y simplemente lo tenían todo en bandeja, ese hombre había trabajado duro por tener lo que tenía y era terriblemente desconfiado o eso decían.

—Es que me mudaré a Providence, señor MacNeil.

Ahora su jefe se reía.

—¿Y vivirá Providence, la tierra de los puritanos?