1972
Dorres, Alta Cerdaña.
S abía que iba a volver a escribir en ti.
Por eso, cuando empezamos el segundo cuaderno, no te llené hasta la última página: te dejé estas hojas de atrás en blanco, sin saber muy bien para qué las guardaba, solo con la certeza, muy adentro, de que algún día iba a necesitarlas.
Han pasado tantos años que no quiero contarlos de golpe, y aquí estoy, con la pluma en la mano, cumpliendo esa promesa que me hice sin decírmela con palabras.
Te he encontrado entre los libros de Marta, donde te guardamos aquella vez, y estás más oscuro de lo que te recordaba, con esa pátina que da el tiempo a las cosas que han estado quietas mucho tiempo y han ido absorbiendo el aire de todos los años que pasaron a tu alrededor.
Te he abierto con cuidado, que tienes el lomo muy vencido, y el olor me ha llegado antes que las palabras: papel viejo y el olor de una vida entera.
He pasado tus páginas despacio. He visto las flores, las de España y las de aquí, las que ya son polvo y las que todavía guardan un poco de color.
He visto los tachones, pocos, que nunca fui de tachar mucho, que tú me enseñaste pronto que lo tachado también cuenta.
He leído algunos párrafos, aquí y allá, con esa letra que ya no es del todo la mía, que la letra cambia con los años igual que cambia todo, y he reconocido a la muchacha que te escribió, y he sentido por ella una ternura enorme.
Qué valiente era. Qué asustada estaba. Y qué poco sabía, al estrenarte de lo que venía.
«No sé si mañana voy a poder dormir de los nervios», escribí en octubre del treinta y uno, la víspera de la primera clase de botánica.
Me he reído sola, cuaderno, porque sigo reconociéndome en algo que ya no es del todo yo.
Soy la misma. Siempre la misma, pero con más años encima.
Quiero decirte una cosa antes de seguir, porque llevo años debiéndotela y nunca la había puesto en palabras: tú me enseñaste a escribir lo que sentía, y eso, que parece pequeño, no lo fue.
Fue lo que después me dejó enseñar a otras.
Las mujeres del taller de Marta, en Córdoba, que aprendían a leer con las manos ásperas de trabajar.
Los niños de aquí, en Dorres, a los que yo también he ayudado con las letras cuando la escuela lo necesitaba.
La señora Planas, con sus plantas, con nuestro negocio, aunque eso no fuera enseñar a escribir sino a mirar, que también es una forma de lo mismo.
Cada vez que ayudé a alguien a encontrar sus propias palabras, o su propia manera de nombrar lo que veía, estaba haciendo contigo lo que Marta hizo conmigo la tarde de la malva.
Tú fuiste mi primera maestra, cuaderno, antes que ninguna persona.
Me enseñaste que nombrar las cosas es la manera de empezar a poseerlas, y ese aprendizaje no se quedó solo en mí.
Lo repartí. Y sigue repartiéndose, en manos que ni conozco, de gente a la que enseñaron personas a las que yo enseñé.
Marta está en el jardín, ahora mismo, mientras te escribo.
La oigo hablar con la vecina, con ese francés suyo que ya es tan fluido que parece francesa de nacimiento.
Tiene el pelo completamente blanco, cuaderno, desde el invierno del cuarenta y siete, un invierno que envejeció a mucha gente de golpe.
Pero sigue alta, sigue derecha, sigue con esa manera de moverse que tiene, esa seguridad tranquila que siempre me pareció la cosa más hermosa del mundo.
Y sigue con esos ojos. Los ojos no cambian, o cambian tan despacio que una no se da cuenta.
Todavía son del color del jazmín del cielo.
Todavía, cuando me miran, se me para un momento el aire, y que después de todos estos años me siga pasando eso me parece uno de los mejores regalos que existen.
Tú la conociste antes que nadie, cuaderno, en estas mismas páginas, cuando yo todavía no sabía ponerle nombre a lo que sentía.
Gracias por guardarla también a ella, tal como era entonces, para que yo pueda volver a mirarla joven cada vez que te abro.
El jazmín del cielo que plantamos en el jardín en la primavera del treinta y siete llegó al tope de la tapia hace ya muchos veranos.
Ahora cubre la pared entera del fondo, y en primavera y en otoño, cuando florece, llena el jardín de ese azul que es el color de sus ojos y el color de esta historia.
Annette lo llama la planta de Andalucía, aunque yo sé que no es de allí sino del sur de África, y que el mundo la plantó en España hace siglos, como planta a todos los que terminan en sitios que no son el de origen y que sin embargo echan raíces y florecen y se vuelven de allí con el tiempo.
Eso también somos, cuaderno. Plantas viajeras que ya son de aquí porque aquí echamos raíces y aquí florecemos, aunque el color de las flores lleve todavía dentro el sol del sur.
Te voy a contar lo que pasó, cuaderno, todo lo que no llegué a contarte porque para cuando pasó ya escribía en el segundo, y en el tercero, y ya no volvía a ti más que de visita.
Pero te lo debo, que tú fuiste el primero en saber que existíamos Marta y yo, y mereces saber cómo siguió la historia que empezaste a guardar.
España cambió, pero tardó mucho, más de lo que ninguna de las dos esperaba cuando cruzamos los Pirineos en julio del treinta y seis con la esperanza de que sería cosa de meses.
Fueron años largos y oscuros, mirando desde la ventana del sur, esperando noticias que llegaban tarde y con dolor.
Vimos pasar la Guerra Civil por las cartas retrasadas.
Y cuando esa guerra terminó, en el treinta y nueve, todavía no pudimos volver: el mundo entero se puso a arder poco después, y cruzar una Europa en guerra habría sido una temeridad que ni Marta, con todo su valor, estuvo dispuesta a correr.
Así que esperamos otra vez. La Segunda Guerra Mundial pasó casi sin que nos tocara, que este valle, con sus montañas por todos lados y su lejanía de todo, nos guardó de lo peor.
Eso no lo calculamos cuando Marta puso el dedo en este valle, en aquel mapa extendido sobre su mesa de la casa de las Pérez, cuaderno, ¿te acuerdas?
Tú estabas allí también, guardando esas tardes.
Pero pasó. Lo que elegimos nos protegió más de lo que sabíamos que iba a protegernos.
Volvimos por primera vez a Córdoba en el cuarenta y seis.
Marta no quiso pasar por Madrid, porque temía más que nunca a su padre, y el lugar que ocupaba.
Diez años después de salir, con la guerra de España terminada hacía siete y la del mundo hacía uno, cuando por fin nos pareció que se podía cruzar la frontera sin que fuera una locura.
Yo tenía treinta y siete años. Marta, cuarenta y seis.
No nos reconocimos del todo al llegar, ni Córdoba a nosotras ni nosotras a Córdoba, que diez años cambian una ciudad y cambian a dos mujeres más de lo que una cree cuando los va contando uno a uno.
Fue una visita corta, con el miedo metido en el cuerpo todo el tiempo, que España seguía siendo un país de silencios obligados y de vecinos que miraban y contaban.
Delante de todos fuimos dos amigas que habían coincidido de nuevo después de la guerra, aunque las vecinas intuían la verdad, y nos guardaron.
Delante de madre y de padre fuimos algo más, aunque tampoco hiciera falta decirlo con palabras: ellos ya lo sabían, lo habían sabido siempre, y verme llegar de la mano de la vida que había elegido, aunque fuera con la mano un poco escondida, les bastó.
Abracé a madre en la puerta de la casa de la calle de los Judíos y no pude soltarla en un buen rato.
Padre esperó su turno detrás, con los ojos húmedos y sin decir nada, como siempre.
Cuando por fin lo abracé, me dijo al oído, tan bajito que casi no lo oí: «Ya sabía yo que ibas a volver». Nada más. No hizo falta más.
Nos contaron entonces lo que las cartas nunca habían llegado a contar del todo, por miedo a que las leyera quien no debía.
Los años del almacén habían sido duros. Los militares requisaban el trigo cuando les convenía, con la excusa que fuera, y le cargaban impuestos que un negocio pequeño apenas podía sostener.
Hubo temporadas en que el almacén dio pérdida, y fue la costura de madre la que sostuvo la casa: cosía para las familias del barrio, pero sobre todo para los militares, de sol a sol, con esas manos que yo recordaba siempre ocupadas y que en esos años lo estuvieron más que nunca.
Ella nunca lo contó como sacrificio. Lo contó como lo que había que hacer, y punto.
Pero yo sé, porque me lo dijo Remedios en un aparte, que sin esa costura no sé qué habría sido de todos nosotros en los años peores.
Con el tiempo las cosas se calmaron. El almacén volvió a dar para vivir. Padre recuperó algo de la tranquilidad, aunque nunca del todo la misma, que esos años dejan marca aunque una los supere.
Pude ver a Carmen, y a su familia. Tres hijos criados en plena guerra y post guerra.
En vez de diez años, parecía que habían pasado treinta sobre ella.
Pero sus ojos, esa mirada suya seguía siendo la misma.
No pudimos hablar demasiado, pero hablamos.
Y seguíamos queriéndonos. Antes de despedirme de ella, me dijo que me tenía en sus plegarias cada noche.
A mí, y a la maestra. Y que cada vez que veía sus iniciales y las de Antonio bordadas en sus sábanas, se acordaba de mi cara al ver su ajuar, y de cómo supe elegir el mayor regalo que una mujer puede tener. Su libertad.
Al año siguiente llegó el invierno del cuarenta y siete, el que le encaneció el pelo a Marta de golpe.
A veces pienso que los dos golpes, el de no poder ver a su hermana después de tanto tiempo y el de ese frío que no dio tregua, le cayeron juntos y le pesaron juntos, aunque ella nunca lo haya dicho así.