El jazmín azul 1937 #4
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1937 #4

Y me ha sonreído al ver que me quedaba sin palabras, que de verdad me quedé sin ninguna, con el cuaderno en las manos y un nudo en la garganta que no esperaba que un cuaderno me pudiera hacer.

Y mira que solo es un cuaderno. Pero ella sabe lo especial que ha sido para mí este cuaderno, sabe todo lo que ha vivido dentro de él, y regalarme el siguiente es como regalarme el permiso de seguir siendo quien soy, de seguir teniendo un sitio donde caber, aunque este ya se esté quedando sin páginas.

Se me han saltado las lágrimas. De esas que no avisan, que se te escapan antes de que decidas si llorar o no.

Y cuando Marta ha visto que hasta me emocionaba, no me ha abrazado, no me ha dicho nada solemne, no ha hecho ningún discurso, que ella no es de discursos.

Se ha levantado, sin más, y ha empezado a preparar la mesa para comer, como si no acabara de darme el regalo más grande de mi vida, como si fuera lo más normal del mundo pasar de eso a poner los platos.

Y yo, con las lágrimas todavía en la cara, me he tenido que reír, porque es tan de ella, tan exactamente de ella, esa manera de dar las cosas enormes con las manos quietas y luego seguir con lo de siempre como si no hubiera pasado nada.

Otra la habría convertido en un momento para recordar toda la vida, con abrazo y con lágrimas de las dos.

Marta lo convirtió en un cuaderno sobre la mesa y un plato al lado.

Y resulta que así, a su manera, calladita, sin aspavientos, es como más me llega todo lo que hace.

Bueno. Ella no ha hecho nada, pero yo no me he podido quedar quieta, y le he dado un buen achuchón. Porque se lo merecía ella, y me lo merecía yo.

Ella ha decidido que el día de su cumpleaños, el primero que menciono en este cuaderno, el regalo me lo lleve yo. Como para no darle arrumacos, y besos, y todo lo que pueda darle.

Me he quedado mirando el cuaderno nuevo un rato largo, con las manos encima de la cubierta verde, sintiendo el lomo rígido y las páginas aún sin tocar, blancas, esperando.

Y he pensado en el día en que madre compró este cuaderno viejo en la papelería de la calle Deanes, en septiembre del treinta y uno, y me lo puso en las manos sin saber del todo para qué ni adónde me iba a llevar.

Me lo dio ella. Y ahora este me lo da Marta.

Las dos personas más importantes de mi vida me han regalado un cuaderno.

Las dos me han dado el mismo sitio: un lugar donde caber, donde escribir las cosas que no se dicen en voz alta, donde ser la Irene entera.

Madre me lo dio sin saberlo del todo. Marta me lo da sabiéndolo todo.

Y yo los guardo, los dos, el gastado y el nuevo, porque son la misma cosa en momentos distintos: el principio y el siguiente. Madre y ella.

He tenido que decirlo en voz muy baja, que casi ni me salía la voz, con un hilo que me temblaba entero: gracias, mi amor.

Bajito. Que hay palabras que, aunque nadie te vaya a oír, aún las tienes que decir bajito, como cuando aprendes el nombre de una planta nueva y lo repites para ver si encaja, si es de verdad el nombre de esa cosa.

Mi amor, mi mujer. Encaja. Desde luego que encaja.

Que aquí sí nos podemos poner nuestros anillos, y lo digo con una alegría que todavía me sorprende, después de tantos años, que algo tan sencillo como decir dos palabras bajito me pueda seguir emocionando así.

Pero antes de empezar el nuevo, tengo que cerrar este. Cerrarlo de verdad, con lo que merezca ser el último apunte de estos casi seis años.

Seis años, cuaderno. Seis años desde aquella tarde de septiembre del treinta y uno en que te estrené sin saber del todo para qué ni adónde llevabas.

A esto llevabas. A este jardín de Dorres, en la ladera sur de la Alta Cerdaña, con la Sierra del Cadí al fondo y doscientos cincuenta días de sol al año y una ventana que mira exactamente donde tiene que mirar.

A esta mujer que ahora duerme a mi lado, y se levanta a mi lado, y me agarra de la mano, y me abraza, y me acompaña, y me sonríe, y me cuida como le prometió a madre cuidarme.

A esta mujer que me cambió el mundo sin proponérselo, enseñándome a abrir las flores por la mitad y a saber su nombre.

A esta Irene que ya no es solo la de los geranios, o sí lo es, pero sabe ahora lo que son los geranios y por qué los regaba y qué otros jardines existen más allá de la reja.

Hace unos días, limpiando el jardín, encontré que el jazmín del cielo que plantamos en abril ha echado un brote nuevo.

Solo uno, pequeño, verde, trepando ya hacia la tapia aunque el muro para él tenga el tamaño de las montañas que nos rodean y vaya a tardar años en llegar al otro lado.

Me quedé mirando mucho rato ese brote, esa cosa mínima y verde y terca, sin flores todavía, sin más ambición visible que seguir creciendo hacia arriba, hacia el sol.

Y pensé, con los ojos otra vez llenos de lágrimas, que Marta tenía razón al decir que nosotras éramos ese brote: uno en una tierra que no era la nuestra, que ya está aquí, que ya crece, que ya busca el sol del sur aunque no lo alcance todavía.

Que lo alcanzará. Las cosas que crecen con esa determinación, tarde o temprano, llegan.

Que el brote nuevo sea el último apunte de este cuaderno me parece lo más honesto que puedo dejar escrito.

No la flor seca, que sería el pasado guardado.

No el adivino del futuro, que sería mentir.

El brote es lo que está pasando ahora mismo, lo que crece mientras escribo, lo que no tiene flores aún pero que las va a tener.

Eso somos Marta y yo en este jardín de Dorres.

No sé lo que vendrá. No sé cuánto durará la guerra, ni si España volverá a ser algo en lo que queramos vivir, ni si volveremos algún día.

No sé si el cuaderno nuevo llenará seis años o seis meses.

No sé si el jazmín llegará al tope de la tapia o si un invierno duro lo prueba antes.

No sé casi nada del futuro. Pero sé que hemos elegido bien.

Que elegimos este jardín con los ojos abiertos y con dos años de cuaderno de números y con el mapa extendido en la mesa y con las cartas de Piedad y con el saber de Marta, que lleva más años que yo aprendiendo a sobrevivir sin traicionarse.

Y que el sacrificio tiene nombre y tiene precio y que ese precio lo pagamos y sabemos lo que compramos.

Lo que sí sé es lo que tengo ahora, en este momento, con el corazón todavía deshecho de tanto llorar y de tanto reírme casi al mismo tiempo: una ventana que mira al sur, un jazmín que crece, un cuaderno que se acaba y otro que espera, y a Marta.

Siempre a Marta. Con el desayuno del silencio y las palabras en francés por la noche y la risa escasa y verdadera y los ojos del color del jazmín del cielo que trepa en el jardín.

Con esa manía suya de dar los regalos más grandes como quien no quiere la cosa y ponerse enseguida a preparar la comida, dejándome a mí temblando de emoción con un cuaderno entre las manos mientras ella pela patatas tan tranquila.

Eso tengo. Y que hayamos podido construirlo, que esté aquí, que sea real y nuestro y elegido, sin que nadie nos lo diera porque lo pedimos ni nos lo quitara porque lo teníamos: eso es lo más grande que hemos hecho.

Eso es lo más grande que haré en mi vida.

Y con eso, cuaderno, me basta y me sobra.

Voy a dejar unas páginas, las últimas, por si algún día regreso a ti.

Buenas noches. Ha sido un honor vivir en ti. Mañana empezamos el otro. Feliz cumpleaños, maestra. Feliz vida, mi amor.

La última flor de este cuaderno: una hoja del jazmín del cielo del

jardín de Dorres, del brote nuevo que trepa hacia el sur.

La misma flor que la primera, en otra tierra.

La flor que Remedios nombró, la que tiene el color de los ojos de Marta,

la que trepa buscando la luz.

El círculo se cierra. El cuaderno también.