1937 #3
La carta es corta y directa como ella, sin rodeos.
Dice que me echa mucho de menos, pero está contenta porque sabe que estoy bien.
Que ahora le toca a ella regar cada día, y que ha visto como una polilla se posaba en el dondiego de mi ventana, que sigue allí, que ella lo riega, que el otoño pasado floreció, cuando se supone que no debe florecer, y que no quiere bajarlo de la ventana, porque ese es su lugar.
Que padre y madre están bien. Que madre está cosiendo mucho, y que está cosiendo ropa de militares.
Marta me ha dicho que eso es una buena noticia, que si los militares le encargan los remiendos a mi madre, es que están bien mirados.
Y si están bien mirados, ya sabemos que en esta guerra, es un salvoconducto.
Me dice también que se cruzó con Carmen, y que ella me manda muchos besos, y muchos abrazos, y que está muy feliz de saber que estoy estudiando mucho, y que trae familia, que va a ser madre.
Eso me ha dado un vuelco en el estómago al leerlo.
Y al final, en una letra que reconozco como de otra mano pero que sé que es su voz: «Que viva, señorita Irene. Que sean buenas. Que florezcan».
Me quedé con la carta en las manos mucho tiempo.
Que viva. Que sean buenas. Que florezcan.
Tres frases de Remedios que caben en media línea y que pesan como tres libros.
Marta las leyó por encima de mi hombro, sin decir nada, y luego me puso la mano en la nuca, un momento solo, como se hace cuando algo es demasiado grande para palabras.
La carta de Remedios me dice todo lo que necesito saber.
Que la familia sigue bien. Que el dondiego floreció, que es lo que hacen los dondiegos, y que Remedios lo regó pensando en mí, que es lo que hace Remedios con lo que quiere: cuidarlo, no porque alguien se lo mande sino porque entiende que las cosas que se quieren necesitan agua.
Y que ha mandado la carta. Que ha encontrado la manera de mandar la carta, de hacer llegar su voz hasta aquí, porque Remedios sabe que el herbario que copio en este cuaderno era de ella antes de ser mío, y que yo lo llevo, y que llevar algo de alguien es una manera de no perderlo del todo.
Que florezcan. Como si supiera, Remedios, que estamos plantando jazmín del cielo en el jardín.
Como si supiera, porque Remedios sabe las cosas sin que se las cuenten, igual que sabe los nombres de las plantas sin haberlos estudiado.
Que florezcan, sí. Eso es exactamente lo que pienso hacer.
Florecer. En este jardín de Dorres, en esta tierra nueva que ya empieza a ser un poco mía, con esta mujer que me enseñó a mirar las flores por dentro y a saber mi propio nombre.
Que florezcan, Remedios. Que así sea. Buenas noches, cuaderno.
Buenas noches, ventana del sur. Buenas noches, jazmín del cielo.
9 de junio
Marta me ha preguntado esta mañana, mientras desayunábamos, si iba a seguir escribiendo cuando este cuaderno se acabara. Le he dicho que sí, sin pensarlo. Y ella ha asentido con esa cara que pone cuando algo le parece bien pero no necesita decirlo.
Luego se ha ido a la escuela y yo me he quedado aquí con el café y el cuaderno y esa pregunta, dándole vueltas. Si iba a seguir escribiendo. Como si hubiera alguna posibilidad de que no. Como si pudiera. Qué pregunta, Marta. Mira quién me la hace. La protagonista de estas páginas.
En realidad sé por qué me lo ha preguntado.
Porque ella ve igual que yo, aunque no lo lea, que se está acabando.
Que ya escribo menos porque quedan pocas páginas en blanco.
Se le nota también en el grosor que queda cuando lo sostengo, en cómo el lomo ha ido cediendo a lo largo de estos casi seis años hasta quedarse casi plano, sin resistencia.
Un cuaderno gastado es una vida vivida. Un cuaderno que cierra bien y tiene las páginas crujientes y blancas es una promesa sin cumplir.
Este ya no cierra del todo: está lleno de protuberancias de flores prensadas, de dobleces, de páginas con manchas de agua o de tinta corrida o de la presión de haber escrito encima de una superficie irregular, en un tren, en un campo, en una cama de pensión, en un jardín de montaña con el sol de la Cerdaña en la espalda.
Está usado. Que es lo mejor que puede decirse de un cuaderno.
Hoy lo he cogido desde la primera página y he pasado despacio, sin leer del todo, solo mirando, como se mira un camino andado desde lo alto.
El geranio rojo de septiembre del treinta y uno, el de la reja, el que no daba guerra.
La malva sylvestris abierta por la mitad, la primera flor que Marta me enseñó a ver por dentro.
La zapatilla de la reina, la del color de aquella tarde.
El jazmín del cielo con el nombre de Remedios al lado, en letra de niña porque la estaba aprendiendo.
La dama de noche, cerrada, de día. Las páginas tachadas, que nunca arranqué y que se quedan, que los tachones también son parte de lo que fui.
El romero del belén de Nochebuena. Las páginas en blanco de los días de julio del treinta y dos, con la única flor de adelfa.
La hierbaluisa de Remedios. La hoja del cesto de Marta, de aquel día en el que me enamoré de ella, aunque no lo supiera.
El tomillo del jardín de Annette. Y al final, todavía fresco, el esqueje de jazmín del cielo de nuestro jardín.
La primera flor y la última. El círculo.
Llevo un rato pensando en las flores prensadas como metáfora de lo que he hecho con este cuaderno, y de lo que ha hecho conmigo.
En alguno de los primeros días escribí que no quería ser una flor prensada, que las flores prensadas duraban mucho pero estaban muertas, que yo prefería estar viva aunque durara menos.
Sigo creyendo eso. Sigo prefiriendo la flor viva.
Pero estas flores prensadas que tengo entre las páginas no son lo que temía que fuera mi vida: no soy yo misma aplastada y muerta para conservarme.
Son las flores de los momentos que viví, guardadas para que no se pierdan.
La diferencia importa. Yo no soy la flor prensada.
Soy quien la prensó y quien la guarda. Sigo estando viva.
Y las flores prensadas son la prueba de que lo estuve también entonces, en cada uno de esos momentos, viva y sintiendo y nombrando las cosas por sus nombres verdaderos.
A eso lo llamo ahora mi vida. Las cosas que se prensan.
Las que se guardan entre páginas. Las que no caben en la boca pero sí en la tinta.
Las flores de una vida que el mundo no habría dejado florecer si hubiera podido, y que florecieron igual, tercas, fuera de temporada, en las grietas de las tapias y en los jardines prestados y en los pasos de montaña y en las ventanas que miran al sur.
Este cuaderno es el herbario de todo eso.
Y ya está casi lleno. Cuando llegaste a mi no tenía nada que contar, cuaderno.
Y ahora tienes una vida entera entre tus páginas.
6 de julio
Creo que es la primera vez que menciono su cumpleaños en este cuaderno. No el mío, sino el de Marta. Ha sido hoy. Seis de julio.
La primera vez que me lo dijo, en el treinta y dos, me dijo que no le gustaba celebrar su cumpleaños, y que tampoco le gustaba que nadie lo supiera.
Que me lo decía a mí por ser quien era, y porque estábamos como estábamos.
Y lo más curioso es que me lo dijo riéndose muchísimo, porque dice que no le gustaba hablar de su cumpleaños, porque de pequeña siempre le dijeron que si su madre no hubiese tenido el valor de plantarse ante su padre, ahora se llamaría Fermina, por haber nacido en la víspera de San Fermín.
Que su padre quería que hubiese sido ese su nombre: Fermina Salgado Quiroga.
Pero su madre se opuso. Ella dice que le va a agradecer toda la vida que, al menos en eso, su madre tuviese su propia decisión.
Y no precisamente porque el nombre fuera feo, sino porque no se veía ella llamándose así, con esa cara tan seria que pone para las cosas de verdad y que se le desmonta entera cuando algo le hace tanta gracia como esto.
Se llama Marta por su abuela, por la madre de su madre, de quien también sacó los ojos azules y la curiosidad por aprender y enseñar.
Cada vez que me cuenta esto se ríe igual, como si fuera la primera vez, y a mí me da tanta ternura verla así, deshecha de risa por un nombre que nunca tuvo, que me tengo que morder los labios para no reírme yo también solo de mirarla reírse a ella.
Pues este mediodía Marta ha llegado a casa antes de lo que esperaba.
Yo le tenía preparado un bizcocho de limón, todavía tibio, para celebrar su día.
Pero ella ha entrado con esa cara que pone cuando trae algo y necesita decírmelo, pero también quiere que sea yo quien lo descubra, esa cara de niña que se le escapa por debajo de toda su seriedad de maestra y que a mí me derrite cada vez que la veo, porque es la prueba de que debajo de la mujer que mide cada palabra sigue viviendo una que no puede aguantarse las ganas de dar una sorpresa.
Se ha sentado enfrente de mí en la mesa, ha sacado un paquete pequeño del bolso y lo ha puesto entre las dos, sin decir nada, con esa parsimonia suya que a veces me desespera de lo despacio que va cuando yo ya me muero por saber. Lo he mirado. Ella me ha mirado a mí. Y me ha dicho que era para mí.
Cuando lo he abierto, me han empezado a temblar un poco las manos, no sé por qué, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que algo grande estaba a punto de pasar.
Era un cuaderno. Nuevo, con el lomo rígido y la cubierta de un verde oscuro que tiene algo del color de las plantas en sombra, de esas que crecen donde no les da el sol directo y que tienen ese verde más profundo, más callado.
—Para el siguiente —ha dicho.