El jazmín azul 1937 #2
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1937 #2

La primavera ha hecho algo que el otoño y el invierno no podía: ha sacado los colores del valle.

El verde de los prados, el amarillo de los campos, el blanco de los almendros en flor.

Y al fondo, la Sierra del Cadí ha perdido algo de nieve en las cimas y asoma más oscura, más concreta, más ella misma.

En los días claros de marzo, que aquí son más de los que yo esperaba, la sierra al sur parece tan cerca que dan ganas de caminar hasta ella.

Marta y yo hemos pasado muchas tardes de estas semanas sentadas junto a esa ventana, con el café o con un libro o sin nada, mirando las montañas calladas, sabiendo las dos lo que la otra piensa sin tener que decirlo.

España está ahí. La guerra sigue. El maestro le trae a Marta cada martes un periódico francés que cuenta todo lo que está pasando.

Y cada día hay más víctimas, hay más desolación, y pena, mucha pena.

Y nosotras aquí, arriba, con nuestra ventana.

Lo que sentimos mirándola no es solo tristeza.

Es algo más complejo, que lleva dentro la tristeza y también el amor, y también la gratitud de estar vivas y juntas y con una ventana propia desde la que mirar, aunque lo que se mire desde ella sea lo que se dejó.

Es la mirada del trasplante: la planta ya tiene raíces nuevas, ya bebe de esta tierra, ya crece en esta dirección, pero no olvida la tierra de antes.

Y no tiene por qué olvidarla. Las dos tierras caben.

Quiero apuntar cómo es un día normal aquí, porque los días normales son los que de verdad construyen una vida, y son los que más se olvidan cuando pasa el tiempo.

Me despierto antes que Marta, casi siempre.

Salgo a la cocina, enciendo el fogón, pongo el café.

Mientras espero, miro por la ventana, si el día es claro, le doy los buenos días a mi patio, a mis geranios y a madre y padre, y a Remedios.

Si está nublado y solo se ve el gris del horizonte, también le doy los buenos días a mi patio, a mis geranios, a madre, a padre y a Remedios.

Y se lo doy porque aunque no se vea con las nubes, la sierra sigue estando detrás, como lo está la luz aunque esté una en lo oscuro.

Marta aparece con el pelo sin recoger y esa cara suya de madrugada, que es la cara más verdadera que tiene, la de antes de ponerse la máscara del día.

El domingo se le pegaron las sábanas, y llegó con la camisa del revés y no se dio cuenta hasta las diez de la mañana, que se miró y puso una cara de no entender cómo había pasado que me hizo reír tanto que tuve que salir al jardín para tomar aire.

Los días que va al colegio, yo le pongo el café delante y ella refunfuña, porque dice que no tengo que hacer eso, que ella se levanta con tiempo, y que puedo quedarme un ratito más durmiendo, hasta irme al invernadero, pero a mí me gusta hacerlo porque así nos sentamos las dos en silencio un rato antes de que el día empiece de verdad.

Ese rato es lo mejor del día. Ese silencio de las dos con el café es lo más parecido a casa que tengo en este sitio.

Y cuando digo casa, no digo la calle de los Judíos: digo esta, la que hemos construido entre las dos, la que tiene esa ventana.

Con las clases está encantada. Dice que le gusta la mezcla.

Que los Pirineos siempre han sido tierra de mezcla y que sus alumnos lo llevan en la sangre mejor que ella.

Llega a casa a mediodía con esa cara que tiene cuando ha hecho bien lo que sabe hacer: tranquila y viva a la vez.

Yo la espero con la comida. Hago la comida yo, que en eso sí que resulto más útil que en la mayor parte de las cosas que requieren idiomas.

Las mañanas mías, cuando no estoy en el invernadero de la señora Planas, estoy sembrando el nuestro.

Ya ni siquiera tenemos que comprar verduras, porque las sacamos de nuestro huerto.

Y el marido de la señora Planas, que se llama Carles, vende muchísimas más verduras y hortalizas en los pueblos de toda la comarca.

Me estoy ganando un sueldo con el que no contábamos ni Marta ni yo cuando llegamos.

Y mira por dónde, yo estoy aportando casi lo mismo que ella a ese cuaderno de cuentas que ahora tenemos juntas, y que ella quiere que sigamos teniendo por si un día queremos salir de allí.

Yo le he dicho que casi prefiero gastarlo en viajar.

Que me gustaría mucho conocer Francia, y ella me sonríe, y me dice que tenga mucha paciencia, que algún día lo haremos.

Después sigo dedicándole tiempo a estudiar francés, a escribir en este cuaderno, y a copiar el herbario de Remedios en limpio para que no se pierda.

A ese herbario le voy añadiendo las plantas nuevas que Marta me enseña: la genciana azul, el tomillo de montaña, la lavanda silvestre de los caminos.

El herbario de la calle de los Judíos y el herbario de la Alta Cerdaña, los dos en el mismo cuaderno, en las últimas páginas. Las dos mitades del mismo libro.

Por las tardes, si el tiempo lo permite, salimos a caminar por los prados y los caminos de la montaña, y Marta nombra las plantas del camino y yo las apunto, y a veces nos encontramos con Amaia y Maite, y hablamos de España y de lo que dicen los periódicos y de cómo va la guerra y de qué puede pasar.

Y luego volvemos a casa, a nuestra casa pequeña con la ventana del sur, y cenamos y leemos y nos dormimos.

Es una vida. Una vida pequeña y real y nuestra. Que es lo único que le pido a una vida.

Está siendo duro, cuaderno, no lo oculto. Pero estoy bien, estoy encontrando lo que necesito para ser feliz. Estoy viviendo.

1 de abril

Hemos plantado un jazmín del azul en el jardín. Lo cuento a pesar de que queden pocas páginas para escribir, porque creo que es importante. De las cosas más importantes que hemos hecho desde que estamos aquí.

Fue idea de Marta, como casi todas las cosas buenas que tenemos.

Un día llegó a casa con un esqueje enraizado en una macetita, lo puso sobre la mesa sin decir nada y me miró con esa media sonrisa de cuando sabe que va a gustarme.

Y supe enseguida qué era, sin que siquiera tuviese flores que lo delataran.

Porque yo ya soy capaz de reconocer una planta por cómo tiene el tallo, o por sus hojitas.

Y esas hojitas pequeñas, ese tallo fino no podía ser de otra planta que no fuera la del jazmín azul.

La de la flor de ese azul celeste tan particular, el color que lo cambió todo, el color de sus ojos la primera vez que la vi detrás de la reja, el color de la flor que Remedios me nombró en la cocina hace ya seis años, el color de la primera flor azul que encontré en la tapia sin saber aún cómo se llamaba.

Plumbago auriculata. En esta nueva tierra lo llaman gessamí blau, pero yo sigo llamándolo jazmín azul, el jazmín del cielo.

El que trepa buscando la luz por encima de las tapias.

Ella no me lo ha reconocido mucho, porque le da vergüenza, pero creo que para ella que yo le dijese que sus ojos eran del color del jazmín, ha sido la mejor declaración de amor que ha tenido. Y no se ha olvidado jamás de ello.

—¿Aquí aguantará? —le pregunté, porque la primavera de la Cerdaña no es la de Córdoba. Las noches son mucho más frías, y húmedas.

—En la esquina del sur aguanta —me dijo—. Mira tú lo que hemos aguantado nosotras en sitios donde se suponía que no debíamos estar. Hemos aguantado inviernos, y miradas, y frío, y mucho calor… Si nosotras hemos podido, él puede.

Lo plantamos juntas en el jardín, en la esquina más resguardada, donde la pared da al sur y el sol le da directamente desde las nueve de la mañana.

Marta hizo el agujero en la tierra, yo puse el esqueje, las dos lo cubrimos con tierra húmeda, las dos lo regamos.

Y luego nos quedamos mirando un rato ese tallo pequeño y verde con sus pocas hojas, en la tierra nueva de la Cerdaña. Marta dijo lo que yo estaba pensando:

—Va a tardar en crecer. Y en florecer, más todavía.

Pero es la planta más terca que conozco.

Trepa aunque no la dejen. Florece aunque no sea su estación.

Y cuando coge el sol del sur, ya no hay quien la pare.

—Me miró—. Dices que tiene el color de mis ojos, pues mira por dónde, yo también necesité la luz del sur para brotar de nuevo. Este jazmín es como tú y como yo.

Eso somos. Una planta de jazmín del cielo en la esquina soleada de un jardín de Dorres, plantada con las manos de las dos, que va a tardar en florecer pero que lo hará, porque es lo que hace, porque no sabe hacer otra cosa.

En la tierra equivocada, en la estación equivocada, fuera de la reja donde nació, pero viva, creciendo, buscando el sol del sur desde la montaña.

Eso somos. Y ya no me da pena serlo. Me parece, esta tarde de abril, con el jazmín pequeño en la tierra y la Sierra del Cadí al fondo de la ventana, que es casi un privilegio ser esta clase de flor.

3 de mayo

Nunca, jamás pensé recibir lo que he recibido hoy. Justamente hoy, que es tres de mayo. Que es mi cumpleaños. Por eso vengo a escribirlo, aunque ya apenas quede espacio.

Ha llegado una carta de Remedios. De mi Remedios.

Se la han llevado a Marta al colegio, y venía casi corriendo para dármela, con una cara, con una emoción y una ilusión que casi lloro más de verla a ella, que por la carta en sí.

Me ha dicho que ha pasado por tres manos distintas antes de llegar a las nuestras, que así funcionan estas redes, con la lentitud y la precariedad de todo lo clandestino.

Pero ha llegado. Remedios está viva, Remedios sabe dónde estamos, Remedios, que apenas sabe escribir, ha dictado una carta a alguien de confianza y la ha mandado.