El jazmín azul 1937
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1937

Ha llegado carta de padre.

Ha llegado hoy, día de Reyes, por el mismo camino largo de siempre, con el mismo retraso de siempre, y a mí me ha parecido, en cuanto la he tenido en la mano, el regalo más grande que me han hecho nunca los Reyes Magos, aunque los Reyes no tengan nada que ver con esto y lo sepa perfectamente.

Nunca me había escrito padre. Nunca. Tampoco yo he estado fuera de casa tanto tiempo, como para recibir misiva ni de padre, ni de madre, ni de nadie.

Pero ha llegado. Y ha llegado gracias al contacto que Piedad tiene en Córdoba, quien le llevaba los recados a Marta.

El mismo que se encargó de llevarle las cartas de su hermana cuando su madre enfermó.

Yo solo lo he visto una vez, y creo que es lo mejor, pero si ya le tenía aprecio por hacer que Marta pudiese saber de la enfermedad de su madre, ahora lo tengo en un altar.

No sé cómo se las habrá apañado padre para confiar en ese hombre, porque le ha tenido que dar la carta en mano.

No lo sé, pero Marta me ha dicho que no me preocupe por eso, y que simplemente disfrute de la carta.

Una carta de su puño y letra, con esa letra cuadrada de hombre que aprendió a escribir para las cuentas del almacén y no para otra cosa.

Dice así, más o menos, que ya me la sé de memoria, y la quiero escribir aquí, por si acaso se me pierde la otra:

Querida hija: espero que sigas bien y que estés estudiando mucho, que eso siempre es bueno para el porvenir.

Aquí estamos todos bien, no tengas ninguna preocupación por nosotros.

Si oyes el parte alguna vez, no te asustes con lo que digan, que aquí en Córdoba estamos todos bien, tu madre, Remedios y yo.

Tu madre reza cada día por ti y por la patria.

Cuídate mucho, y aprende mucho de botánica de tus maestras, que ellas saben y eso es bueno para las muchachas. Tu padre que te quiere.

La he leído diez veces, ahí de pie, sin sentarme siquiera, con el corazón a punto de salírseme del pecho de la felicidad.

Están bien. Los tres. Padre lo dice con sus propias palabras, sin que nadie me lo cuente de segunda mano, y eso, después de tanto tiempo con la angustia metida dentro sin poder sacarla del todo, ha sido como abrir una ventana en un cuarto que llevaba meses cerrado.

Ya más calmada, con la carta todavía temblándome en la mano, me he dado cuenta de los detalles.

Padre no dice «el porvenir» ni firma «tu padre que te quiere», que eso no se dice ni se escribe en esta casa, que en esta casa el cariño se demuestra y no se nombra.

Y ha escrito «la patria» al lado de mi nombre, mi padre, que jamás en su vida ha dicho esa palabra delante de mí más que para maldecir a algún político de turno.

Pero es que además me ha dicho que aprenda de botánica y de mis maestras, que ellas saben.

Ha pensado en Marta, y me ha dicho que aprenda de ella, y yo he recordado lo que me dijo del atril, que no me exponga, que sea como ella.

Padre se ha cuidado escribiendo esto. Se ha cuidado y nos ha cuidado a todos, dejando en el papel exactamente lo que hace falta para que, si alguien la lee antes que yo, encuentre solo a una familia que reza por la patria y a una hija que estudia fuera algo tan sencillo y de mujer como es la botánica.

Lo del parte, avisándome de que no me asuste con lo que diga la radio: es su manera de llegar hasta mí antes que el miedo.

Se la he leído a Marta en voz alta por tercera o cuarta vez, despacio, sentadas las dos en la mesa, al lado de la ventana.

Y cuando he levantado la vista del papel, al terminar, la he visto con los ojos brillantes, llenos, aguantando por no llorar del todo.

Y he entendido, de golpe, algo que llevaba meses sin terminar de ver: que este peso que llevo yo, este no saber, esta angustia por padre y madre y Remedios, también es suyo.

Que ella también los espera. Que ella también reza, a su manera, por esta familia que ya es tan suya como mía, aunque no lleve su sangre ni su apellido.

Y pensé, mientras la miraba, en su propia familia, de la que no habla casi nunca, precisamente porque hablar de ella es un dolor distinto y más viejo que el mío.

Marta no sabe nada de su hermana. Nada. Ninguna carta, ningún recado, ningún Piedad que le traduzca una cosecha en clave.

Y sin embargo no se queja, no lo nombra, deja que sea yo quien reciba las cartas y quien llore de alegría con ellas, sin decir una palabra de su propia ausencia de noticias.

Ella me dice que está tranquila, porque sabe que su hermana tiene que estar bien, que su padre siendo militar, está con los que llevan las de ganar en esta guerra, y que mientras a él no le pase nada, tampoco le va a pasar nada a ella.

Me lo dijo una vez, hace semanas, con una voz muy serena, como si decirlo así, sin adornos, le doliera menos.

Que la persona que la echó de casa es también la que mantiene a salvo a su hermana.

Que no sabe si eso es un consuelo o es otra cosa, pero que es lo único que tiene y se agarra a ello.

Esta noche, con mi carta abierta sobre la cama y su mano todavía en la mía, he pensado que ya no hay dos familias separadas en esta casa, la mía y la suya: hay una sola pena, repartida entre las dos, y una sola esperanza, también repartida.

Yo he tenido la suerte de recibir noticias esta noche.

Ella no espera recibir suyas. Y aun así ha sido capaz de alegrarse conmigo, con los ojos llenos de lágrimas, sin que se le note por fuera ese pesar que también lleva por dentro.

No he podido evitar darle las gracias hoy, otra vez, que ya se las he dado cada día desde que estamos aquí.

Que yo sé que ella muchas veces piensa que si no se hubiera cruzado en mi vida, yo ahora estaría con mi familia.

Y yo le digo que sí, que estaría con mi familia, y estaría casada con Rafael, y a saber cómo me habría afectado esta guerra, pero que me habría privado de eso que ella un día me dijo que todas debíamos tener: la dignidad.

Y yo, gracias a ella, me siento digna por haber elegido ser feliz.

Que las guerras se acaban tarde o temprano, pero la dignidad es para toda la vida.

Y también le ha dado tranquilidad a mi madre, y a mi padre.

Que con esa carta de padre, hace constar que estoy mejor aquí, lejos y cuidada, que allí, con el alma en vilo.

Querer como la quiero me ha librado de una guerra y verme encerrada en un patio para toda la vida. ¿Cómo no le voy a dar las gracias?

Buenas noches, padre. Gracias por el regalo de Reyes más grande que me han hecho nunca. Buenas noches, Marta. Gracias por quererme tanto.

14 de febrero

Hoy te he abierto, cuaderno, y me he dado cuenta de que te quedan pocas hojas. Las he contado esta noche, sin querer, pasando páginas hacia atrás, viendo todo lo que llevo escrito desde aquella tarde en la que llegaste a mí, y me he dado cuenta de que ya casi no queda papel en blanco.

No sé si buscar otro cuaderno o escribir más apretado, o escribir menos, que a lo mejor es la solución más honesta: escribir solo lo que de verdad no quiero perder, y dejar que el resto se lo quede la memoria, que para eso también sirve la memoria, aunque falle más que el papel.

Voy a intentarlo así. Menos páginas, más elegidas. Que lo que quede escrito, quede escrito de verdad.

15 de marzo

Escribir solo las cosas importantes, o cada cierto tiempo si no pasa nada importante.

Eso me dije la última vez que te abrí, cuaderno, y me he dado cuenta de que, si no cuento las cuatro líneas que dejé en febrero, llevo casi dos meses sin escribir nada de verdad aquí.

Dos meses. Qué disparate. A ver si lo recuerdo todo.

Ha llegado la primavera a la Alta Cerdaña y no se parece en nada a la de Córdoba.

No entra de golpe, como la nuestra, que un día amanecía y ya estaba, con el azahar reventando y la luz cambiando de golpe.

Esta primavera llega negociando: un día tibio, luego viento frío del norte, luego sol limpio de alta montaña, luego otra mañana con escarcha.

Y de pronto, sin aviso formal, los prados que eran pardos en febrero son verdes, y los almendros del valle están en flor, y los niños del pueblo han vuelto a jugar fuera.

La primavera que llega ganando terreno poca a poco.

Me ha costado acostumbrarme al ritmo, pero ya lo reconozco.

La primavera de la Cerdaña, como casi todo aquí, tiene su propio tempo y hay que aprenderlo.

Llevamos ocho meses. Ocho meses que pesan como años y que a veces se sienten como semanas, según el día.

En ese tiempo han pasado muchas cosas pequeñas que juntas forman algo que ya empiezo a reconocer.

Reconozco el olor de la mañana en esta casa.

La luz que entra por la ventana del sur a media tarde.

La voz de Annette llamando desde el camino cuando pasa.

El paso del maestro malagueño bajando hacia la escuela.

El sonido de las campanas de la iglesia del pueblo de abajo,  que llegan amortiguadas y bonitas.

Tengo dos vecinas que son ya ancianas, pero no se parecen en nada a Doña Amparo.

Son más como Remedios, de las que solo hablan para decir cosas buenas o importantes.

Me dan mucha ternura. Ya las saludo cada día, y les pregunto si necesitan algo, que una está sola y la otra vive con su marido, que es más viejito y un hijo que trabaja en un pueblo de aquí cerca.

A Marta, cuando la ven llegar de vuelta, le han llegado a dar hasta magdalenas, que las hacen y les salen buenísimas.

Reconocer las cosas de un sitio es el principio de pertenecer a él. Es como aprender los nombres de las plantas: hasta que no sabes cómo se llaman son anónimas y pasan; cuando las nombras son tuyas un poco.