EL BROTE
M i habitación huele a Marta. Y eso que ya es de noche y hace horas que se fue, pero el olor sigue aquí, ese perfume suyo tan suyo, discreto, que no se nota pero que cuando está lo llena todo.
No sé si es el abrigo, o el pelo, o simplemente ella, que hay personas que dejan su olor en los sitios como dejan su huella sin proponérselo.
El caso es que está aquí, en mi cuarto, y esta noche voy a dormir con él.
Voy a contar lo que ha pasado hoy, que si no lo cuento esta noche no me lo voy a creer mañana.
Esta mañana caía una lluvia de las de verdad, de las empiezan y no paran.
Padre estaba en el almacén, madre y Remedios en una misa de difunto, yo sola en casa con el ruido del agua en los tejados y el frío metido en las paredes.
Estaba en el cuarto de estar cuando vi por la ventana que una de las macetas del escalón del patio se había volcado con el viento, y la tierra se estaba saliendo.
Cogí la toquilla, salí al patio tapándome la cabeza, y me agaché a colocarla.
Y cuando me levanté, al otro lado de la reja, había una silueta bajo un paraguas negro mirándome.
Me quedé quieta un segundo. Y luego la reconocí. Claro que la reconocí. Reconocería esa manera de estar de pie en cualquier sitio del mundo. Era Marta.
Me miró. Yo la miré. Y las dos nos quedamos así un momento, con la reja entre las dos y la lluvia cayendo, que yo ya me estaba empapando.
Y he abierto el portón, y ella me han hecho el gesto así, con la mano, como diciendo, no Irene, que se va a enterar todo el barrio.
Pero a mí me ha dado igual, y la he cogido del brazo, y la he obligado a entrar.
Y en la puerta ya, bajo el umbral, toda agobiada me ha dicho:
—Pasaba por aquí de casualidad. Venía de la librería.
La miré. La librería de la calle Deanes, que es a la que ella va siempre, no está en el camino de ningún sitio que esté en esta dirección desde donde vive Marta.
No tiene que pasar por mi calle para ir a la librería ni para volver de ella.
Las dos lo sabemos. Pero no le dije nada de eso.
Solo le sonreí y la obligué a entrar dentro.
—Pase —insistí.
Se resistió, como era de esperar, que Marta ante una puerta que no debe cruzar siempre se resiste un momento antes de cruzarla.
—No quiero molestar —dijo.
—No hay nadie —le dije—. Madre y Remedios están en una misa de difuntos. Al menos séquese los pies, que tiene los zapatos empapados.
Entró. Y no solo eso. La senté junto al brasero de cisco del cuarto de estar, que todavía tenía calor de la mañana.
Le quité el paraguas, lo dejé en el zaguán.
Le ofrecí café. Dijo que no. Le insistí.
Dijo que bueno, que uno solo, que no quería dar trabajo.
Le di el café y me senté enfrente y estuvimos un rato así, con la lluvia afuera y el cisco entre las dos, hablando de poco, de la librería, de un libro que había encontrado, de lo que había leído esta semana.
La conversación de siempre, la que podría tener cualquiera que nos oyera.
Pero no éramos cualquiera, y los dos lo sabíamos, y eso se notaba en el cuarto también.
Y en un momento, no sé bien cómo, le dije que quería enseñarle una cosa.
—¿Aquí? —dijo, y en esa sola palabra había todo lo que no decía: que estábamos en mi casa, que podría volver alguien, que esto ya era más de lo que había planeado cuando se paró bajo la lluvia al otro lado de mi reja.
—No, aquí no —dije—.Venga.
Me la traje aquí, a la habitación.
No había pensado en lo que iba a sentir al verla aquí.
No había pensado en eso en absoluto, estaba pensando en las flores prensadas, en enseñarle las flores prensadas del cuaderno, y no había pensado que traerla a mi cuarto era una cosa que nunca había imaginado que pasaría.
Y pasó. Marta, en mi habitación, con la luz de enero entrando por la ventana y la lluvia en los cristales y el olor a cisco.
Marta en el sitio donde duermo y sueño y escribo esto.
Saqué el cuaderno. Le mostré las flores.
Se quedó callada. Lo cogió con el cuidado que siempre tiene cuando maneja las cosas que importan, con las dos manos, y fue pasando las páginas despacio.
Las flores prensadas, una por una, cada una en su entrada, cada una con su fecha.
La malva del principio. El dondiego de diciembre.
Los jazmines del cielo. El romero de Remedios.
Iba despacio, sin saltarse ninguna, con atención.
No leía el texto. O si lo leía, no se le notaba. Solo miraba las flores. Y yo la miraba a ella.
He intentado muchas veces imaginar cómo sería tener a Marta en mi cuarto.
Lo he intentado y nunca me ha salido del todo, que hay cosas que la imaginación no alcanza porque son demasiado concretas, demasiado de carne y luz y olor.
Y ahí estaba. Sin que yo lo hubiera planeado, sin que ninguna de las dos lo hubiera buscado exactamente así, ahí estaba.
Marta en mi cuarto, con mi cuaderno entre las manos, mirando cuatro años de mi vida flor por flor.
Cuando llegó a la última página con flores, me miró.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto? —preguntó con una voz más quieta, más de dentro.
—Desde el principio —le dije—. Desde casi el ese día en el que me viste regando geranios.
Asintió despacio. Siguió mirando la última flor un momento más. Y luego cerró el cuaderno con el mismo cuidado con que lo había abierto, y me lo devolvió, y dijo, muy bajito:
—Esto es extraordinario, Irene.
—Ha venido a verme, ¿verdad?
Le he dicho sin darle importancia a su halago, y no sé cómo me ha salido el valor, que yo todavía hay cosas que me contengo de decirle, porque la veo y me pongo nerviosa como el primer día. Y ella me ha mirado, se ha puesto seria, pero enseguida se le ha escapado la sonrisa.
—¿Usted que cree? ¿Qué voy a dar toda la vuelta al barrio con esta lluvia, y este viento, y estos truenos, solo por ver de casualidad si a través de la reja podía verla cosiendo, junto a su madre?
Y ahí cuando la he escuchado casi me da un vahído.
Porque si ha dicho eso, es porque lo ha hecho más veces, solo que yo no la he visto mientras cosía con madre.
Y no lo he podido evitar. Me he acercado, te he arrancado de sus manos, cuaderno, que ahora ya sabes cómo son sus manos, y como tocan y la delicadeza con las que pasa las hojas, y la he besado.
Y ella ha hecho una cosa así, como de susto, y se ha puesto a mirar a todos lados, como si en este cuarto estuviera toda la ciudad metida mirándonos.
Me ha dado tanta ternura, que la he abrazado.
Cerquita del oído me ha dicho que las misas de difuntos no duran tanto, y he entendido que tenía demasiado miedo como para obligarla a quedarse un ratito más.
Así que no he dejado que se pusiera más nerviosa.
Volvimos al cuarto de estar. Terminó el café, que ya estaba frío.
Cogió el paraguas, y asegurándose de que no había nadie en la calle, se ha ido regalándome una sonrisa nerviosa, que ya me la guardo para siempre.
Yo me quedé en el zaguán viendo cómo se alejaba bajo la lluvia, con su manera de caminar, derecha, sin prisa, como si la lluvia no la mojara del todo.
Y ahora es de noche y mi habitación huele a Marta y estoy escribiendo esto con el cuaderno encima de la mesa y pienso que hoy ha pasado algo extraordinario.
Que Marta ha estado en el sitio donde soy más yo, y ha sostenido en las manos el registro de todo lo que he aprendido a ser desde que la conozco.
Y que eso, que yo lo hice para mí, también era un poco para ella.
Que siempre lo fue, desde la primera página.