El jazmín azul 1935 #6
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1935 #6

Tu Marta.

He leído la carta tres veces, ahí sentada en el que es nuestro banco de la plaza del hospital, y a la tercera ya no veía bien las letras de las lágrimas.

Marta acaba de sufrir el mayor dolor que puede sufrir una hija, y a la primera persona a la que escribe es a mí.

Ha pensado en mi a la mañana siguiente, y ha firmado sus palabras con Tu Marta.

Me ha llamado tuya. Por primera vez, por escrito, en un papel que ha viajado desde Madrid con esa palabra dentro: tuya.

Y entonces me ha venido, de golpe, la carta de Elena.

La que Marta me enseñó aquella mañana, de pie junto a la ventana.

Aquella carta terminaba igual: Tu Elena.

Dos palabras que fueron, durante años, lo único que le quedó a Marta de un amor que el mundo no dejó ser.

Y ahora Marta las ha vuelto a escribir, pero esta vez no las firma otra persona para ella.

Las firma ella para mí. Tu Marta. No sé si lo ha pensado, si lo ha hecho a propósito o si simplemente le ha salido, como salen las cosas verdaderas, sin pensarlas.

Pero yo lo he visto, y no se me va a olvidar nunca: el sitio que tuvo Elena en su corazón, ahora soy yo quien lo ocupo.

Y lo sé porque ella me lo ha escrito, sin querer o queriendo, con las mismas dos palabras.

Su madre ha muerto. Lo siento por Marta con un dolor que es casi mío, porque en estos días Marta y su madre se han convertido, sin que yo la conociera, en algo que también me pertenece.

Pero por debajo de ese dolor, y no me da vergüenza escribirlo, hay un alivio tan grande que casi no me cabe en el pecho: Marta está bien. Marta vuelve. Marta me ha llamado suya.

Llegó a tiempo. Eso es lo que importa. Llegó a tiempo, y no va a cargar con eso que ninguna de las dos queríamos que cargara.

Va a tener el todo: la mano de su madre en la suya hasta el final.

Eso se lo di yo. O se lo dio ella misma, que fue ella quien subió al tren.

Pero yo puse la palabra que hacía falta para que subiera.

Y con eso, con solo eso, ya ha merecido la pena este mes entero de no saber.

30 de noviembre

Marta ha vuelto. Llegó anteayer, de noche, y ayer no pudimos vernos, que llegó agotada y necesitaba dormir, y hoy por fin, esta tarde, en su casa, con la persiana entornada como siempre, he podido verla.

No hizo falta que dijera nada al entrar.

La abracé, sin más, sin esperar a que cerrara la puerta del todo, y nos quedamos así un rato largo, abrazadas.

Me ha parecido que ahora ella es la más pequeña.

Trae hasta la cara distinta. No triste, o no solo triste.

Tiene la cara de quien ha cerrado algo que llevaba abierto mucho tiempo, una herida que ya no sangra pero que deja cicatriz, y la cicatriz se nota.

Me contó cómo fue. El viaje, su hermana, los últimos días, el final, que fue tranquilo, que su madre estuvo consciente casi hasta el último momento y que llegó a decirle algo, una cosa que Marta no me ha querido contar todavía, que dice que es solo suyo, de las dos, y que algún día quizá.

Lo respeto. Hay cosas que no hace falta compartir para que una las entienda.

De su padre no dice apenas nada. No fue a echarla, no hubo escena.

Que solo se vieron en el entierro y decidió no hacer nada, quizá ya ni le importa lo que haga una hija que para él hace tiempo que dejó de existir.

Marta dice que no importa. Que fue, que estuvo, que su madre supo que estuvo, y que eso es lo único que se llevaba de este viaje y lo único que necesitaba traerse.

Y entonces me dijo una cosa que no esperaba. Me cogió las dos manos, me miró, y dijo:

—Ayer, en el tren, de vuelta, no he podido dejar de pensar en una cosa. En que si algo le pasara, lejos, sin que yo lo supiera, sin que pudiera estar… Yo no podría soportarlo. Y he entendido, viéndolo desde el otro lado, lo que le hice pasar este mes. Lo siento.

—No lo sienta —le dije—. Volvió. Eso es lo que importa. Y yo sabía lo que hacía cuando le dije que se fuera. Sabía que iba a pasar miedo. Lo volvería a hacer.

—Lo sé. Por eso lo siento más.

Nos quedamos un rato así, sin decir más, con las manos cogidas.

Y pensé que este mes, que ha sido de los peores de mi vida, también ha sido de los que más he aprendido.

He aprendido lo que es el miedo de perderla de verdad, sin plan, sin cerco, sin nada que tenga que ver con Córdoba ni con España ni con ningún sitio.

Solo el miedo de que el mundo, sin avisar, se lleve a alguien y ya no haya nada que hacer.

Y he aprendido que ese miedo no me hace querer menos.

Me hace querer con más urgencia. Con menos margen para esperar.

8 de diciembre

He escrito las cartas que voy a dejarles cuando me vaya. Ya están. Las he escrito y reescrito hasta que han quedado como tienen que quedar.

Después de este mes, después de lo de la madre de Marta, escribir estas cartas ha sido distinto de cómo pensaba que sería.

Antes las hubiera escrito con miedo, con la prisa de quien quiere dejarlo todo dicho por si no hay otra oportunidad.

Ahora las escribo con calma, porque sé, de una manera que no sabía antes, lo que vale decir las cosas a tiempo, antes de que sea tarde.

Marta me lo ha enseñado sin querer, yéndose a Madrid.

Y ahora yo le hago lo mismo a mi familia, aunque ellos no lo sepan: les digo lo que siento mientras todavía puedo decirlo, mientras todavía estoy aquí para decirlo.

La carta para madre: ni muy larga, que la longitud no añade verdad; ni muy corta, que la brevedad parecería desprecio.

Le cuento que me voy porque que es una elección mía y no un arrastre de nadie, que estoy bien y que voy a estar bien.

Le digo que la quiero, que siempre la he querido, que el amor no cambia por el hecho de que la vida de una se vaya por un camino distinto al que ella había trazado.

Le digo que el mundo que me construyó era el mejor que ella sabía construir, y que eso lo sé y se lo agradezco aunque no me cupiera.

Y le digo, al final, lo que me prometió en octubre: el hilo.

Que escribiré. Que siempre querré que sepa que estoy bien. Que eso no se rompe.

No sé si leerá la carta o la romperá sin abrirla, porque me ha dicho que no quiere saber nada.

Las madres tienen sus propias maneras de sobrevivir a las hijas, igual que las hijas tienen sus propias maneras de sobrevivir a las madres, y yo no tengo derecho a elegir la suya.

Lo único que puedo hacer es dejarle la carta, y quererla desde donde esté, y esperar.

La nota para Remedios es más corta, sin explicaciones que ella no necesita porque ya lo sabe sin que nadie se las dé.

Solo le digo que el herbario de sus plantas está en mi cuaderno, que algún día ojalá alguien lo encuentre y sepa que hubo una mujer en Córdoba que conocía los nombres verdaderos de todas las cosas aunque nunca hubiera ido al colegio.

Y que le doy las gracias por el pan y el romero, que entendí lo que quería decir, que no se me olvidará nunca.

A padre solo le dejo escrito que le quiero. Para qué más.

30 de diciembre

El año se acaba. Escribo esto como se escriben los balances: con calma, un poco de lejos, tratando de ver el todo y no solo la última entrada.

Lo que ha pasado este año ha sido grande.

Hemos pasado de tener una decisión a tener un plan.

De tener un plan a tener un lugar. El lugar todavía no tiene nombre de pueblo, pero tiene forma: un valle de los Pirineos orientales, en el lado francés, que mira al sur y tiene mucho sol.

Marta ha hablado dos veces con el contacto de Piedad que conoce esa zona.

La primera vez para preguntar si era posible.

La segunda, para saber cómo. Y ya por fin hay una respuesta.

Hay un cómo. No hay fecha todavía, pero hay todo lo demás.

Y ha pasado otra cosa, que no estaba en ningún cuaderno de números y que para mí pesa tanto como todo lo demás junto: que este año he sabido, por primera vez, lo que es tener miedo de perder a Marta sin que tenga nada que ver con el plan ni con Córdoba ni con nadie más que el mundo y sus cosas, que a veces se lleva a la gente sin avisar.

Y he sabido también que ese miedo no me ha hecho dudar ni un segundo.

Al contrario. Me ha dejado más segura que nunca de que esto, lo nuestro, es lo único que de verdad no quiero perder, pase lo que pase con lo demás.

Lo que ha cambiado en mí es que ya no pienso en irme como en dejar Córdoba.

Pienso en ello como en llegar a alguna parte.

La diferencia parece pequeña y es enorme.

Dejar Córdoba me llena de tristeza, de esa tristeza real que no se disimula ni se esconde.

Llegar a alguna parte me llena de otra cosa, más difícil de nombrar, que tiene dentro la ilusión y el miedo y algo que se parece mucho a las ganas.

El año que viene. Eso es lo que hay. Buenas noches, treinta y cinco.

Buenas noches, Córdoba, que ya cuento las noches que me quedan contigo.

Sigues siendo mía, seguirás siendo mía cuando no esté aquí.

Eso es lo que he aprendido este año: que los sitios que te han hecho se quedan dentro aunque salgas de ellos.

Que me voy y me llevo Córdoba entera. Que nadie me la quita.