El jazmín azul 1935 #5
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1935 #5

Ahí se le han caído las primeras lágrimas, y he podido consolarla. Yo he aguantado, pero no me han faltado ganas de llorar también. No me ha dicho si lo va a hacer o no, pero si me ha dicho que lo va a pensar. Que necesita pensarlo muy bien. Para mí eso ya es un acierto, y me doy por satisfecha.

Buenas noches, cuaderno. Buenas noches, mi amor.

28 de octubre

Marta se ha ido esta mañana, muy temprano, antes de que la calle tuviera gente.

Ha sido todo muy rápido una vez decidido.

Ha decidido que sí. Dos días para los preparativos, una excusa que no hizo falta inventar mucho para cancelar las clases hasta que vuelva, una maleta pequeña, y un billete de tren a Madrid solo de ida.

La acompañé hasta la estación, con cuidado, separadas como siempre, ella unos pasos por delante y yo detrás, como dos desconocidas que casualmente van al mismo sitio.

En el andén, un momento antes de que llamaran para subir, se volvió y me miró.

No nos podíamos abrazar, que había gente.

Pero me miró de una manera que valió por el abrazo, y me dijo, muy bajito:

—Le prometo que volveré.

Y subió. Y el tren se fue. Y yo me he quedado en el andén un rato, sola, viendo el humo alejarse, con esa sensación tan rara de haber hecho lo correcto y de que lo correcto, esta vez, me dejaba a mí con las manos vacías y el corazón en un puño.

No sé cuánto va a estar fuera. Una semana, dice ella, quizá dos, depende de cómo esté su madre y de cómo pueda organizarse en casa de su hermana.

No sé qué va a encontrar al llegar. No sé si su padre se va a enterar, y si se entera, qué va a pasar, qué puede pasar, si puede hacerle daño de verdad o si ya no tiene ese poder o si lo tiene y no lo usa.

No sé nada. Solo sé que la persona que más quiero en este mundo se ha subido a un tren hacia un sitio que para ella siempre ha sido peligro, y que yo la he empujado a subir, y que lo volvería a hacer, y que aun así esta noche no voy a poder dormir.

1 de noviembre

Cuatro días sin Marta y ya sé una cosa que no sabía: que hay una diferencia enorme entre estar separadas porque toca, por precaución, por el cerco, y estar separadas porque ella no está en Córdoba.

La primera es una distancia que se puede acortar cuando se quiera.

La segunda es una distancia de verdad, con un mapa de por medio, con un tren de por medio, con cosas que pueden pasar de las que yo no me voy a enterar hasta que ya hayan pasado.

He hecho lo de siempre. He regado los geranios.

He ayudado a Remedios. He cosido con madre.

Por fuera, todo igual. Por dentro, ando con una oreja puesta en la puerta todo el día, esperando un recado que todavía no puede haber llegado, que el tiempo del correo es el que es y lo sé, y aun así espero.

Esto es nuevo. Llevo dos años viviendo con un secreto, con un plan, con una cuenta atrás.

Pero nunca había vivido sin ella aquí, en la misma ciudad, al alcance de tres llamadas a la puerta.

Y resulta que el plan, el cerco, los ahorros, todo eso lo llevaba bien.

Esto no lo llevo bien. Esto es otra cosa.

5 de noviembre

Hoy, en la comida, padre ha dejado el cubierto en el plato, me ha mirado y me ha dicho:

—¿Te pasa algo, Irene?

Así, sin más, sin esperar a que termináramos, delante de madre y de Remedios sirviendo.

Y yo me he quedado un momento sin saber qué decir, porque padre no pregunta esas cosas casi nunca, que las cosas de dentro de las personas no son su terreno, y que lo preguntara delante de todos quería decir que se me notaba más de lo que yo creía.

—Nada, padre. Cansada, nada más.

Me ha mirado un poco más de lo normal, con esos ojos suyos que no dicen nada y lo ven todo, y ha vuelto a su plato. Pero madre, que no ha dicho nada en ese momento, después, mientras recogíamos, me ha puesto la mano un segundo en el brazo. Solo eso. Un segundo. Y ha seguido recogiendo.

No sé disimular esto. He aprendido a disimular muchas cosas estos años: el plan, el dinero, lo que siento por Marta delante de la gente, los ojos cuando alguien la nombra.

Pero esto no. Esto se me sale por donde puede, en cómo como, en cómo miro la puerta cada vez que llaman, en lo callada que estoy.

Llevo una semana entera con el estómago hecho un nudo y no sé cómo decirle a mi cuerpo que se calme, que no pasa nada, que solo estoy esperando una carta.

Y no llega esa carta.

12 de noviembre

Hoy ha pasado algo que no esperaba. Justo después de llegar a casa, esta tarde, tras dejar a los niños de doña Eulalia, me he sentado con madre a ayudarla con la costura. Y me ha preguntado por Marta.

Lo ha hecho como pregunta todo madre últimamente, sin levantar la vista del hilo:

—¿Y la maestra? Hace tiempo que no la nombras.

Y yo, que llevo dos semanas con esto cerrado por dentro, sin poder hablarlo con nadie, sin Marta para hablarlo con ella, he sentido que ya no podía más con el peso de cargarlo sola. Y le he dicho la verdad. Toda, o casi toda.

—Se ha ido a Madrid. Su madre está muy enferma. Puede que se esté muriendo. Y se ha ido a verla, a despedirse, antes de que sea tarde.

Madre ha dejado de coser. Me ha mirado. Y no ha dicho lo que yo medio esperaba, que hubiera podido decir cualquier cosa sobre Marta, sobre lo que es o no es para mí. Ha dicho:

—Vaya por Dios. ¿Y tú cómo estás con eso?

Solo eso. Cómo estoy yo. No qué es Marta, no cómo es su familia, no nada de lo que hace unos meses habría sido la pregunta. Un lamento, y cómo estoy yo. Y se me ha roto algo por dentro, ahí, con la aguja en la mano, y le he dicho la verdad también:

—Mal, madre. Estoy mal. No sé nada, no sé si está bien, no sé si su padre se ha enterado, no sé cuándo vuelve ni en qué estado va a volver. Y no puedo decírselo a nadie, porque nadie sabe que para mí esto es… —y aquí no encontré la palabra, y madre no me la pidió.

Madre se quedó un momento callada. Y luego dijo, muy bajito, volviendo a la costura:

—Pues ya se lo has dicho a alguien. A mí. No hace falta que sea más gente. Pero ya no estás tan sola con esto.

Y seguimos cosiendo. Sin decir más. Pero algo había cambiado, otra vez, entre madre y yo. No es la primera vez que pasa este año. Cada vez que pasa, queda algo nuevo entre las dos, algo que antes no estaba.

20 de noviembre

Me he dado cuenta de que no me gusta escribir en el cuaderno, mientras Marta está ausente.

Y no me gusta no por ti, cuaderno, sino porque me hace mal ver muchas páginas escritas sin que ella esté aquí.

No quiero contar los días, porque son muchos.

Tres semanas ya, de hecho. Casi un mes sin saber nada de Marta.

Y en estos días he aprendido lo que es el miedo de verdad, el miedo a secas: que le pase algo a la persona que quieres y que tú no estés, y que ni siquiera te enteres a tiempo de que ha pasado.

He pensado muchas cosas estos días, cosas que no había pensado antes de esta manera.

He pensado en lo que sería mi vida sin Marta.

No la vida de antes de conocerla, que esa ya la viví y ya no me sirve de nada pensarla, sino la vida después: después de haberla conocido, después de haber sabido lo que sé, después de quererla como la quiero, sin ella.

Y no me sale. No me sale imaginarlo. Es como pedirle al dondiego que no sea dondiego, que sea otra planta.

No se puede. Ya soy esto. Ya soy esto que soy con ella dentro, y sin ella no sé qué quedaría, pero sé que no sería yo del todo.

Eso también lo he aprendido estos días: que quiero a Marta de una manera que no tiene vuelta atrás.

Que no es una elección que se pueda deshacer, como no se puede deshacer haber aprendido a leer.

Una vez que sabes, sabes. Una vez que quieres así, quieres así.

Para siempre, me parece. Aunque para siempre sea una palabra muy grande y yo solo tenga veintiséis años para sostenerla.

Esta noche he regado el dondiego, aunque no haga falta, aunque sea noviembre y no necesite tanta agua.

Lo he hecho porque necesitaba hacer algo con las manos, y porque hablar con el dondiego, aunque no conteste, es mejor que hablar con nadie esta noche.

Le he dicho: vuelve, Marta. Vuelve. Y no sé si las plantas oyen, pero si oyen, que se lo digan a las de Madrid, a ver si llega.

24 de noviembre

Ha llegado una carta. La he visto antes que nadie porque llevo días bajando yo a por el correo, con una excusa o con otra, para ser la primera en verlo.

Y en cuanto he visto la letra, esa letra apretada y derecha que reconocería entre mil, me he tenido que sentar en un banco de la plaza porque las piernas no me sostenían.

La he abierto ahí mismo, sin esperar a subir. La había escrito tres días atrás.

Querida Irene:

Mi madre ha fallecido esta madrugada. Tranquila, dormida, sin dolor, con mi hermana y conmigo al lado, las dos cogiéndole las manos. Se ha ido sabiendo que yo estaba allí. Eso es lo que me llevo de estos días, y es más de lo que tenía derecho a esperar, y es gracias a usted.

No voy a poder escribir mucho más, que hay mucho que hacer estos días y poco tiempo, y porque escribir esto ya me ha costado lo que me ha costado.

Pero necesitaba que lo supiera ya, por carta, antes de verla, porque hay cosas que se dicen mejor escritas, que la voz a veces no aguanta lo que el papel sí.

Gracias por no dejarme equivocarme. Gracias por decirme lo que yo no me atrevía a pensar.

Si no llega a ser por usted, yo habría seguido allí, en Córdoba, calculando, esperando un momento mejor que no habría llegado nunca, y mi madre se habría ido sin que yo estuviera, y yo habría cargado con eso el resto de mi vida, como usted dijo.

Usted me lo quitó de encima antes de que pesara.

Eso no se paga. Pero quería que lo supiera.

Vuelvo en unos días, en cuanto pueda dejarlo todo arreglado aquí con mi hermana. Cuento las horas para verla. Cuídese, y cuide el dondiego, que en estas fechas no necesita tanta agua.

Con todo mi amor.