El jazmín azul 1935 #4
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1935 #4

Justamente un año hace de mi locura con la cuerdecita del ramito de jazmines.

Marta lleva un año guardando esta fecha.

Un año con esto dentro, esperando el momento.

Eso no se improvisa. Eso se decide. Y que lo haya decidido ella, que sea ella quien ha cruzado esta vez: eso vale más que la plata y más que el grabado y más que cualquier cosa que yo pudiera haber imaginado que iba a pasar esta tarde cuando he llegado con la excusa del libro.

Cuando lleguemos al otro lado me la vuelvo a poner. Y ya no me la quito.

14 de septiembre

Las clases de Marta para mujeres trabajadoras han tenido que parar.

El local donde se reunían ha cerrado, que el dueño ha recibido «una visita» que no ha querido explicar pero que ha bastado para que la llave ya no esté disponible.

Marta lo cuenta sin rabia, como cuenta todas las cosas difíciles: con la calma de quien ha visto esto antes y sabe que la rabia gasta energía que hace falta para otras cosas.

Pero lo que no cuenta sin que se le note es lo demás.

Piedad ha escrito. Pero no para darnos noticias de nuestro lugar, sino para decirnos cosas que a mí me abren las carnes.

Que una mujer del círculo de Sevilla ha desaparecido, que nadie sabe si está detenida o si se ha ido a otro lugar.

Que un hombre que ayudaba a pasar cartas entre Madrid y Bilbao ha tenido que marcharse de urgencia.

Que el ambiente no es de tormenta pasajera sino de algo más largo, más sostenido.

Le he preguntado a Marta si quiere que nos vayamos antes de lo planeado. Y ella, después de pensarlo un rato, ha dicho:

—No aún. No podemos arriesgarnos a irnos así, sin tener seguro lo que vamos a encontrar allí. Pero si tenemos que estar precavidas, Irene. Por si acaso.

Me lo ha dicho con una quietud que no era tranquilidad. Era otra cosa: la seriedad de quien ya ha decidido y solo espera el momento. Y yo, que llevo ya tiempo aprendiendo esa seriedad, la reconocí. Y asentí.

12 de octubre

Hoy he tenido la conversación con madre que no sabía cómo iba a llegar pero que sabía que llegaría. Y ha llegado, y ha sido distinta de todo lo que me esperaba.

No fue de noche, como suelen ser las conversaciones grandes de esta casa. Fue de mañana, pelando judías en la cocina, con la luz de octubre entrando por la ventana y Remedios trajinando en el fondo. Madre estaba callada, y en un momento, sin levantar la vista de las judías, me ha dicho:

—Irene. Sé que te vas a ir más pronto de lo que me esperaba.

No lo dijo como pregunta. No lo dijo como reproche. Lo dijo como se dice algo que se ya lleva tiempo rumiando, y que ya no tiene sentido seguir callando, porque una hija es una hija, y una madre es una madre.

—¿Lo sabe? —dije.

—Sí. No sé cuándo ni a dónde pero si con quién.

Aunque quisiera no saberlo, que lo que no sé no me pesa tanto.

Pero sé que te vas. Lo veo en cómo miras las cosas de la casa, en cómo estás más ausente, en ese trabajo que te has buscado con los niños de doña Eulalia, y hasta como estás leyendo ese diccionario con palabras en francés.

Tú ya no solo no estás aquí, tú ya te estás yendo. Y yo me doy cuenta.

No le pregunté cómo lo llevaba. Se lo veía. Lo llevaba con toda la pena del mundo, la pena quieta de quien ya ha llorado por dentro todas las lágrimas que tenía y ahora ya solo queda el peso seco. Pero lo que me dijo después me cogió tan de sorpresa que tuve que dejar las judías en el barreño.

—No te lo impido. Quiero que sepas eso. Que podría, que aún puedo, que tu padre y yo podríamos hacer cosas para que no te fueras.

Y no las vamos a hacer. Porque tú eres mi hija y lo que te hace bien a ti, aunque me haga mal a mí, es lo que tiene que ser.

Eso lo entendí el día que naciste aunque no sabía todavía que alguna vez iba a tener que decirlo en voz alta.

—Me miró por fin—. Sólo te pido una cosa.

—Lo que quiera —le dije, con la voz que no me salía del todo.

—Que escribas. Que me hagas saber que estás viva y que estás bien. Que no desaparezcas del todo, aunque desaparezcas de aquí. Que quede un hilo.

Un hilo. Como el de la costura que recogí del suelo el día de la tormenta. Madre pidiendo un hilo. Le dije que sí. Que le escribiría. Que siempre habría un hilo.

Y seguimos pelando judías, las dos, en silencio, como si nada hubiera pasado.

Pero había pasado todo. Madre me había dado permiso sin darme permiso.

Me había dicho que no lo iba a impedir. Que lo que me hace bien, aunque le haga mal.

Y eso, que no hace que la separación duela menos, la hace, de alguna manera, posible.

No, yo no soy como la hija de los De la Fuente. Ni ella es como su madre. Ni como probablemente lo sean la mayoría de las madres a las que una hija se les va buscando la libertad.

La voy a echar tanto de menos, madre.

20 de octubre

Ha llegado una carta de la hermana de Marta, y me ha pillado justamente allí, en su casa.

La traía el mismo conducto de siempre, el conocido de Madrid que ya ha hecho este camino otras veces, y en cuanto Marta la vio en su mano supo, antes de abrirla, que no era una carta cualquiera.

La abrió de pie, junto a la ventana, igual que aquella vez de la de Elena.

Yo estaba sentada y la vi leer, y vi cómo se le iba quedando la cara, línea a línea, hasta que terminó y se quedó con el papel colgando de los dedos, mirando un punto que no era la pared ni la calle ni nada.

La madre ha empeorado. No es como la otra vez, dice la hermana.

La otra vez fue un susto que pasó. Esta vez el médico ha hablado con palabras que no se dicen a la ligera, y la hermana, que no es de escribir cartas largas ni de poner cosas feas en el papel, ha escrito de todas formas: que no sabe cuánto tiempo hay.

Que podría ser semanas. Que podría ser menos.

Marta dobló la carta despacio, con ese cuidado suyo de doblar las cosas que duelen, como si el papel también pudiera sentir el golpe si se manejaba mal.

Y no dijo nada. Se sentó. Y yo, que ya la conozco en todas sus formas, supe que por dentro estaba haciendo lo de siempre: pesar, calcular, decidir sin decirlo todavía.

Le pregunté si quería que me fuera. Negó con la cabeza.

Nos quedamos las dos en silencio un rato largo, con la tarde cayendo afuera y la carta encima de la mesa, entre las dos, como una tercera persona que no se movía.

Me he tenido que venir cuando han llegado las niñas de la clase. No sé cómo va a abrir hoy la flor que le toque abrir.

24 de octubre

He estado cuatro días dándole vueltas a esto, y hoy se lo he dicho. Se lo tenía que decir, aunque me costara, aunque no fuera asunto mío decirlo, porque a veces querer a alguien es precisamente eso: decir lo que la otra persona no se atreve a pedir.

Marta no había vuelto a hablar de la carta desde el lunes.

Seguía con su vida de siempre, las clases, el cuaderno de números, el plan, todo igual por fuera.

Pero yo la veía. Veía cómo se le iban los ojos, a media frase, a un sitio que no estaba en la habitación.

Veía que dormía mal, que se le notaba en las ojeras.

Y esta tarde, en su casa, mientras ella miraba sin ver un libro que llevaba media hora sin pasar de página, le he dicho:

—Tiene que ir a verla.

Me ha mirado como si no hubiera entendido, o como si hubiera entendido demasiado bien y prefiriera no haberlo oído.

—Irene, ya hablamos de esto. Mi padre…

—Lo sé —le corté, con una calma que no sabía que tenía hasta que la oí salir de mi boca—.

Sé lo que es su padre, y el miedo que tiene, lo sé.

Y aun así tiene que ir. —Me senté delante de ella, le quité el libro de las manos, despacio, y se lo dejé en la mesa—.

La otra vez no fue porque no fuera grave.

Fue porque podía no serlo. Esta vez usted misma me ha dicho que su hermana no escribe así si no es de verdad.

Esto no es la otra vez. La vida le está dando una segunda oportunidad.

—Y si voy y mi padre se entera, y si…

—Y si no va —dije, y aquí me costó, aquí se me cerró un poco la garganta, pero seguí—, y si no va, y dentro de un mes, o de dos, llega otra carta, esta vez con otras palabras.

¿Va a poder vivir con eso? ¿Voy a poder yo verla vivir con eso, el resto de la vida, sabiendo que pudo ir y no fue, sabiendo que la última vez que pudo abrazar a su madre fue antes de ayer y no lo sabía?

No contestó. Y yo seguí, porque ya había empezado y no podía parar a medias:

—Yo me despedí de mi abuela. Le tuve la cara entre las manos.

Y aun con eso, aun con todo lo que tuve, todavía la echo de menos cada día.

Imagínese lo que es no tener ni eso. Imagínese cargar con eso el resto de su vida, en otro país, lejos de todo, sin nadie que se acuerde de ella más que usted.

Eso no se cura con tiempo, Marta. Eso se queda.

Y yo no quiero eso para usted. No lo soporto.

No soporto verle los ojos oscurecerse de miedo y de pena cada vez que llega una carta de Madrid, sabiendo que hay algo que todavía podría hacer y no lo está haciendo por su padre, por el plan, por lo que sea.

Vaya. Yo la espero. Aquí estaré, esperándola, y el plan espera también, que el plan lleva dos años esperando y puede esperar unas semanas más. Pero esto no espera. Esto no.

Marta se quedó mirándome mucho rato. Y entonces hizo una cosa que no esperaba: se le llenaron los ojos de lágrimas, despacio, sin que se le cayera ninguna, solo llenándose, como cuando se llena un vaso con mucho cuidado para que no rebose. Y dijo, con la voz muy baja:

—Usted ha estado guardándose esto desde el lunes.

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

—Porque yo no sabía que podía decirle algo así sin romperla. Porque me daba un poco de miedo ofenderla. Pero ya lo he pensado con calma, ya asumo las consecuencias de lo que le estoy diciendo, porque me niego a que pierda a su madre por miedo.