El jazmín azul 1935 #3
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1935 #3

El cuaderno de ahorros cada vez está más lleno, pero Marta sigue sin recibir lo que espera recibir de Piedad para tener el lugar concreto al que nos vamos.

Y eso la frustra, porque, como ella dice, parece que no avanzamos, que estamos siempre varadas en el mismo sitio, pensando en irnos pero sin poder decir tal día nos vamos.

La frustra tanto que pierde hasta la claridad en sus ojos, esa luz suya que casi nunca se le apaga y que hoy, por un rato, se le había apagado.

Pero como para mi este día siempre va a ser bonito, he tomado la decisión de intentar hacerle cambiar de actitud, al menos, y le he pedido que me señalara en el mapa dónde le gustaría ir a ella, qué cosas podríamos ver, como quien no habla de números sino de sueños.

Y ha empezado a dibujar un jardín con los dedos sobre unas montañas imaginarias, ahí donde todavía no hay ningún pueblo con nombre, solo la idea de un valle que mira al sur.

Y ahí le ha cambiado la expresión. Y la luz que le había faltado toda la tarde le ha vuelto a los ojos, despacio, como vuelve el sol después de una nube.

Yo también he visto ese jardín, cuaderno.

Lo he visto tan claro como si ya estuviera plantado.

Y he pensado que ahí, en ese jardín que Marta dibujaba con los dedos sobre un mapa, vamos a plantar nosotras nuestras propias plantas algún día.

Hemos terminado las dos sonriendo, solo de imaginar lo que va a ser nuestra vida juntas.

Y ha sido, sin que ella lo supiera, el mejor regalo que me podían hacer hoy, y que yo he podido hacerle. Verla sonreír un ratito.

26 de julio

Hoy he tomado otra decisión importante que me afecta a mí, y que espero que ayude a Marta, a liberarse de esa frustración que viene padeciendo en estos días por culpa de las cuentas, y de los ahorros, y de la falta de respuestas por parte de Piedad.

Esta mañana fui a verla, pero solo de pasada, que iba a hacer unos recados, y decidí rodear todo el barrio solo para verla unos minutos.

Y llamé, y me dejó entrar, que estaba preparando material, y vi que sobre la mesa tenía el cuaderno de los ahorros abierto.

Me ha dicho que estaba sacando números, que cada dos o tres días lo repasa, aunque no haya suma ni resta,  y siempre llega a la misma conclusión: que no nos alcanza.

Que todavía no tenemos suficiente. No porque hayamos gastado más de la cuenta.

Sino porque cruzar y llegar y tener unos meses de respiro al otro lado necesita más de lo que tenemos, y entre lo suyo y lo mío y lo que llevo ahorrando de la compra, no llegamos.

No con la holgura suficiente para no pasar los primeros meses mirando cada céntimo.

Y pasar los primeros meses mirando cada céntimo en un sitio desconocido, sin trabajo todavía, sin nada, no es la manera de empezar bien nada.

Así que he tomado una decisión, así, casi sin pensarla, y se la he dicho allí, conforme la pensaba.

Le he dicho que familias en Córdoba, familias de las de siempre, las que tienen casa grande y verano en el campo y niños que necesitan quién los lleve y los traiga y los entretenga y los ayude con las letras.

Las que pagan bien porque pueden y porque no preguntan demasiado mientras la chica sea de familia conocida y tenga buenos modales.

Yo soy de familia conocida. Tengo buenos modales, que madre se encargó de eso.

Y sé estar con niños, que de pequeña ayudaba a las vecinas y los niños siempre me han tenido paciencia, que es lo más importante.

Voy a ofrecerme como cuidadora. Tardes, mañanas si hace falta, lo que necesiten.

El dinero que gane va directo al sobre que guardo.

A ella no le ha parecido mal del todo, pero me ha dicho que antes de tomar una decisión así, lo consulte con madre, y eso he hecho.

Lo he dicho en casa mientras cenábamos. Sin rodeos, que con rodeos estas cosas siempre quedan a medias.

Padre ha levantado la vista de sus papeles, me ha mirado un momento, y a su sopa.

Que en padre eso es un sí. Madre ha preguntado para qué familias, y cuando le he dicho algunos nombres ha asentido, que ella conoce a esas mujeres del mercado y de la iglesia y le parece bien la compañía.

Remedios no ha dicho nada, pero esa noche me ha traído al cuarto una taza de hierbaluisa sin que yo se lo pidiera, para que duerma bien, que en Remedios eso vale más que diez discursos.

Nadie ha preguntado para qué quiero el dinero.

O lo saben, o prefieren no saberlo. Con mi familia, a estas alturas, ya no distingo bien las dos cosas.

Pero ninguno se ha opuesto. Y eso, que podría no haber sido así, que en otra casa podría haber sido una escena, ha sido silencio.

El silencio de los que entienden que una ya ha decidido.

Que no me lo dicen, pero tampoco me lo impiden. El silencio que vale.

19 de agosto

No sé cómo escribir esto. Llevo un rato con la pluma en la mano y la página en blanco y no sé por dónde empezar, que hay cosas que le pasan a una y son tan grandes que la tinta parece pequeña para contenerlas.

Pero si no lo escribo se me va a ir el detalle, y el detalle esta vez lo es todo, y no quiero perderlo, así que voy a intentarlo aunque me salga mal.

Esta tarde hemos quedado con la excusa de siempre, la de los libros.

Las horas del mediodía, las nuestras. Marta tenía el cuaderno de números y el mapa sobre la mesa como viene siendo habitual en estos meses, que ya no hablamos de flores, ni de novelas, sino números y cuentas.

Y empezó a explicarme algo sobre una posible ruta, con esa concentración suya de cuando está en lo que está.

Pero yo la notaba distinta. Nerviosa, que en ella el nerviosismo no es agitación sino una quietud demasiado quieta, como el agua de un vaso tan lleno que no se mueve porque no puede. La conozco. Sé cuándo hay algo debajo.

A mitad de la explicación paró. Dejó el lápiz.

Se quedó mirando el papel un momento, y luego abrió el cajón de la mesa y sacó algo pequeño envuelto en un trozo de paño.

Lo puso sobre el mapa sin decir nada. Lo miró un ratito, luego me miró a mí, y lo desenvolvió despacio.

Cuando he visto lo que era, me he quedado sin saber qué decir.

Era una alianza. Sencilla, fina, de plata sin florituras, de las que no llaman la atención, de las que no tienen nada que las distinga a primera vista.

Marta la cogió con dos dedos y me la puso en la palma de la mano. Y me ha dicho:

—Mírela por dentro.

La miré. Grabadas por dentro, pequeñas, limpias: M e I.

Y una fecha. Veintiséis de septiembre de mil novecientos treinta y uno.

No he tardado ni dos segundos en situar la fecha, porque es casi el mismo día en el que empecé a escribir aquí.

El día que empezó todo. El día que la vi a través de la reja.

Aquí es donde la tinta se me queda pequeña y no sé qué escribir. Así que escribo lo que ha pasado y ya está, sin adornarlo, porque los adornos le quitarían verdad.

Yo no sabía qué hacer, ni qué quería decirme con ella.

Se ha puesto tan nerviosa, que me ha provocado una ternura infinita.

Y lo único que me ha dicho ha sido que no me la pusiera en casa, porque no podría darle excusa alguna.

Y ya está. Y se ha quedado seria, nerviosa y mirándome.

Y entonces le he dicho que ¿qué es? ¿Qué por qué motivo?

Y ahí se ha llevado la mano a la frente, como si se le hubiera olvidado algo, y se lamentase por su mala cabeza, o por los nervios.

Que yo creo que ha sido algo más de los nervios, y me ha dicho:

—Usted sabe que yo he llevado la cuerdecita que me puso en el dedo hasta hace muy poco, y si me la he quitado es porque se ha roto, pero la guardo.

La llevo conmigo siempre. Este anillo no se estropea con el agua ni con el roce de los dedos.

Este es para siempre. Y quiero que sea de usted también, que aquí las prometidas somos dos, no una sola.

Pero no se la ponga, que no tiene excusa para llevarla.

Yo no sé de dónde saca esas cosas Marta.

Lo escribo y no me lo creo. Que una mujer hecha y derecha, maestra, con todo lo que sabe, con todo lo que ha vivido, se ponga nerviosa por darme a mí, una muchacha de un barrio de Córdoba que no ha visto nada de mundo, una alianza, hasta el punto de olvidarse lo que me tenía que decir, es algo que sigo sin asimilar.

Pero así es. Así ha sido. Y a mí me han entrado ganas de estrujarla a achuchones y darle besos hasta en la coronilla.

Pero me he comportado, y le he dicho que aquí sí me la iba a poner.

Que ahora sí me la ponía. Y que me la tenía que poner ella, en el dedo anular de la mano izquierda, donde van las cosas que pesan.

Y Marta me ha mirado, y ha cogido la alianza, y le temblaban las manos, y me la ha puesto como si fuera la cosa más delicada del mundo.

Y mientras me la ponía, le he dicho que la M y la I son las iniciales que pondría en el ajuar, si tuviera ajuar, si el mundo fuera otro.

Y se ha reído bajito y ha dicho que el ajuar ya lo tiene ella muy claro: libros, cuadernos y plantas.

Que lo demás lo bordábamos cuando llegáramos.

Y ahí ya no me he podido contener, y me la he comido a besos.

Y ya no escribo más, cuaderno, que no hace falta.

Bueno, sí, escribo que me la he quitado antes de salir. Que me la he traído en el bolsillo, en el mismo paño, y esta noche la guardo con este cuaderno, que son las dos cosas que más sé que son mías.