El jazmín azul 1935 #2
73%

1935 #2

Lo que pasó en Asturias llegó a trozos, por la radio y por los silencios de la gente en la calle, que hay noticias que se entienden mejor por cómo se callan, que por quien las dice.

Algo grande y feo que el gobierno llama orden y que Piedad llama otra cosa.

Lo que dice en la carta es que cuando un país empieza a apretar, aprieta todo a la vez.

Y que entre los apretados hay también gente por razones como las nuestras, aunque eso no salga en ningún periódico.

Marta, al terminar de leerme la carta, ha doblado el papel con cuidado y me ha dicho mirándome muy seria:

—Si se pone la cosa fea, nos vamos a ir, Irene, pero nos vamos porque queremos una vida, no huyendo.

Que esas son razones distintas y las dos son buenas, pero no las confundamos.

Si la puerta se va a cerrar, nosotras salimos antes.

¿Me oye? No quiero que esto lo contemos como si hubiéramos huido.

Nos vamos porque elegimos y porque ya lo tenemos decidido.

Nos vamos porque elegimos. Lo guardo. Eso es exactamente lo que quiero poder decir. Que a mí nadie me echa, que soy yo la que se va porque quiero vivir siendo yo.

14 de marzo

Cuaderno, que últimamente te tengo tan abandonado que a lo mejor ya ni te acuerdas de mí.

Es que pasa lo de siempre: que cuando todo va bien y según lo previsto, no tengo mucho que contarte que no sea lo mismo de antes.

El plan sigue. Los céntimos crecen despacio.

Marta y yo nos vemos cuando podemos y cuando no podemos nos miramos de lejos en el mercado y con eso tiramos. La vida de espera, ya sabes.

Pero hoy ha pasado una cosa que merece página, aunque sea corta. Una cosa que no tiene ninguna importancia en el gran esquema de todo lo que está pasando, y que sin embargo me ha alegrado la tarde entera y que necesito dejar escrita porque si no se me pierde y no quiero que se me pierda.

Remedios me ha dado un esqueje de tuberaria para que se lo llevase a la maestra, que aquí los consejos se agradecen con plantas y flores, y a mí me ha dado la excusa perfecta para poder volver a su casa sin que nos miren.

Hemos estado con el mapa, como casi siempre que nos vemos.

Y Marta, que ha estado leyendo sobre la zona a la que vamos y sobre la gente de allí, ha decidido que el francés básico va a hacer falta, y que más vale empezar.

Así que ha dicho una frase. Una sola frase, sencilla, de las de presentarse al llegar a un sitio. Y me ha pedido que la repitiera.

La he repetido. Marta me ha mirado de una manera que no sabría describir exactamente pero que tenía dentro algo parecido al horror educado.

—Inténtelo otra vez —ha dicho, con una paciencia que francamente no sé de dónde sacaba.

La he repetido. Ha habido un silencio bastante largo.

—¿He dicho algo mal? —le he preguntado.

—Ha dicho algo... —ha buscado la palabra— distinto.

Y yo le he pedido que me lo repitiera una vez más, muy despacio, que esta vez seguro.

Me lo ha repetido. Lo he intentado. Y en ese momento he visto pasar por su cara, muy rápido, la lucha entre la maestra que lleva dentro y algo que la maestra no podía ganar esta vez.

Y ha perdido. Se le ha escapado la risa, la de verdad, la que no tiene nada de protocolo ni de contención, esa que le sale de dentro cuando algo la supera del todo y que yo colecciono como si fueran flores raras porque no aparece casi nunca.

—¿Qué he dicho? —le he preguntado, ya riéndome yo también.

—Algo —ha dicho, cuando ha podido— que no existe en ninguna lengua conocida por la humanidad.

Y nos hemos reído las dos, con el mapa de Francia arrugándose un poco entre tanto, muy paciente, esperando que nos pusiéramos serias. Que nos hemos puesto, que el francés de una servidora lo necesita con urgencia y no hay tiempo que perder.

Pero esos cinco minutos, cuaderno, me los quedo. El mapa arrugado y el francés imposible y la risa de Marta llenando el cuarto. Me los quedo y los guardo aquí, que para eso estás tú.

29 de abril

Ha pasado algo con madre que necesito escribir mientras lo tengo cerca.

Esta tarde estaba yo en el patio, regando, y madre salió a sentarse al sol un rato, que últimamente hace eso, sacar una silla al patio y estar.

No hace nada, no cosía ni rezaba el rosario.

Solo estaba. Y estuvimos un rato las dos en silencio, yo con la regadera y ella con las manos en el regazo, y el patio con su olor de abril y los geranios que empiezan a dar las primeras flores del año.

Y en un momento, sin mirarme, me dijo:

—Tú ya no estás aquí, ¿verdad, hija?

Lo ha dicho como pregunta, pero ha sonado más a confirmación. Yo me he quedado quieta, y la he mirado sin saber muy bien qué decirle. Ella seguía con la vista en el patio, en los geranios.

—¿Dónde estás? —preguntó—. No te lo pregunto para saber. Te lo pregunto porque me pregunto si estás bien, que no es lo mismo.

Me quedé con la regadera en la mano, sin saber qué decir. Y le he dicho lo más honesto que podía decir sin decir todo:

—Estoy bien, madre. Estoy mejor de lo que he estado en mucho tiempo. Solo pienso en un sitio.

—¿Y en ese sitio podrás estar bien?

Creo que es la primera vez que me atrevo a mirar a mi madre a los ojos, y no esconderme, para decirle que sí, pero que no solo yo estaré bien en ese sitio, sino que lo estará ella también aquí. Que es el mejor sitio para las dos. Y creo que me ha entendido.

Madre asintió despacio. Y no ha dicho nada más.

No me ha preguntado dónde es ese sitio. Ni tampoco me ha preguntado sin ese sitio estaría sola, o acompañada.

Se quedó un rato más en su silla, luego se levantó, recogió su silla, y se fue a la cocina.

Y yo me quedé en el patio con la regadera y los geranios y la sensación de que madre sabe, a su manera, todo lo que necesita saber.

Y de que ha elegido no preguntar el resto.

Que es la forma de amor más difícil que conozco: saber que tu hija no está donde tú puedes verla, y elegir no buscarla para no perderla del todo.

3 de mayo

No pensaba escribir hoy. Es mi cumpleaños. Veintiséis años, y debería estar contenta, muy contenta solo por poder vivirlos. Pero hoy no ha habido celebración.

Hace dos días se fue la abuela.

Se ha ido tranquila, consciente de que se marchaba, pero eso no hace que duela menos. Me pude despedir de ella. Me tocó la cara por última vez con sus manos —siempre frías, siempre suyas— y me dijo que estoy en la mejor edad. Como siempre lo decía. Solo que esta vez lo he entendido de verdad.

Y aun así no lo creo. No creo que esta sea la mejor edad, porque ahora me pesa todo mucho más que cuando tenía veintidós y lo único que tenía era el patio y los geranios. Entonces el mundo cabía ahí y no me importaba.

Adiós, abuela. Me la llevo conmigo.

11 de junio

Marta y yo hemos tenido esta semana una conversación que quiero guardar entera, porque es la más importante que hemos tenido sobre lo que viene. No sobre el cómo ni el cuándo. Sobre el qué.

Fue en su casa, ya nos vemos un poco más a menudo, y la hora de la siesta es la mejor para salir de casa y que poca gente me vea, con el calor de junio ya encima y las persianas entornadas. Yo le estaba ayudando a ordenar unos papeles y en un momento, sin que viniera a cuento, le pregunté:

—¿Qué quiere que sea nuestra vida allá? No el plan. La vida. ¿Cómo la quiere?

Marta se quedó quieta con el papel en la mano. Me miró. Y vi que la pregunta le gustaba, que no era la pregunta que esperaba y que era exactamente la que necesitaba que alguien le hiciera. La dejé pensar.

—Una casa —dijo al fin, despacio, como quien va construyendo algo mientras habla—.

Pequeña. Con una ventana que dé al sol de poniente.

Un jardín donde poder poner plantas. Trabajo, que yo soy maestra y eso no se me va a quitar.

Tiempo para leer. Y que por las mañanas, cuando me despierte, usted esté allí.

Que no haya que calcular nada antes de empezar el día.

Que el día empiece ya y ya. —Hizo una pequeña pausa—. ¿Y usted?

No contesté enseguida. Me quedé con esa imagen: Marta despertándose y yo estando, como eran nuestros despertares en Sevilla.

Con mis bostezos y sus buenos días. Sin calcular nada antes de empezar el día.

Que el día empiece ya. Y pensé que en toda mi vida, en veintiséis años, nadie me había preguntado lo que yo quería que fuera mi vida.

Ni una sola vez. Lo habían decidido padre, madre, el barrio, la costumbre.

Y aquí estaba Marta, preguntándome, y yo sabía exactamente la respuesta.

—Eso mismo —le dije—. Eso exactamente.

Y de pronto sentí como cuando abres una ventana y entra un aire que no esperabas, y de pronto el sitio es distinto sin que nadie haya movido nada. Eso es lo que quiero. Lo he dicho en voz alta: eso exactamente.

6 de julio

Hoy es un día precioso. No lo voy a nombrar más que así, cuaderno, porque Marta no quiere que hable nunca de este día, y yo la voy a respetar incluso aquí, en estas páginas que ella no lee.

A pesar de que este día es, para mí, uno de los más bonitos desde que la conozco.

Como no quiere que hable de él, yo me limito a pensarlo, que pensándolo no incumplo su petición.

Y desde hace tres años, despierto cada seis de julio con una sonrisa en la cara, aunque no sepa explicarle a nadie, ni siquiera a este cuaderno, por qué sonrío este día en concreto y no otro.

Pero hoy esa sonrisa se me ha truncado un poco, porque hoy, en el ratito que la he visto, Marta estaba triste. O tal vez ofuscada, no sé bien decir cuál de las dos cosas era, que en ella a veces se parecen. La ha tomado con el cuaderno, aunque yo creo que es una excusa por ser el día que es.