El jazmín azul 1935
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1935

Primera entrada del año nuevo. Lo abro y no sé muy bien qué escribir, que el uno de enero siempre me parece un día inventado, un convenio de que algo empieza cuando en realidad las cosas siguen como estaban.

Los geranios del patio son los mismos del año pasado.

Remedios ha hecho el mismo cocido de siempre.

Padre ha brindado con el mismo vino de siempre.

Lo que no es lo mismo es que este año ya sé a dónde vamos.

Lo dije en noviembre y sigue siendo verdad esta mañana, que es la prueba.

Que las cosas que se dicen de noche a veces a la mañana se han encogido, y esta no se ha encogido.

Sigue entera. Sigue siendo lo que era. Eso es todo lo que necesitaba comprobar.

Buenas noches, año treinta y cinco. A ver lo que traes.

Hoy he ido al mercado con Remedios, que en enero el mercado es de los pocos sitios adonde una puede salir sin dar explicaciones. Y la he visto.

No me he acercado, que no tocaba, que enero es el peor mes y lo sé y lo acepto aunque me pese. Pero la he visto, y con verla desde lejos ya es algo, que el ojo también tiene su manera de querer y de alimentarse.

Estaba en el puesto del pescado. De espaldas a mí, con el bolso en el brazo y esa postura suya tan derecha que la reconocería entre cien.

Y estaba discutiendo. No a gritos, que Marta no da gritos, pero sí con esa firmeza suya de cuando algo no le cuadra y no está dispuesta a dejarlo pasar.

La pescadera le decía algo, y Marta negaba con la cabeza, muy despacio.

La pescadera levantaba las manos. Marta señalaba el pescado.

La pescadera volvía a decir algo. Marta volvía a negar.

No podía oírlas desde donde estaba. No sé de qué era exactamente la discusión, aunque por las caras y el besugo que había sobre el mostrador entre las dos, me lo imagino.

Y yo estaba allí, con la cesta de Remedios en la mano, mirando a la mujer que conoce el nombre latino de cada planta que crece en tres provincias pelearse con una pescadera probablemente por la frescura de un besugo con una seriedad absoluta, como si fuera lo más importante del mundo, como si le pusiera a eso la misma atención que le pone a todo.

Me he reído. Sola, en el mercado, con la gente pasando, me he reído bajito como una boba. Remedios me ha mirado.

—¿Qué te ha dado?

—Nada —le he dicho—. Una cosa que me ha venido.

Y Remedios ha puesto su cara de saber más de lo que dice, y ha seguido andando.

Desde lejos, sin poder acercarme, sin poder decirle nada: también así se puede querer a alguien.

A lo mejor es incluso más, porque cuando no puedes hacer nada más que mirar, miras de verdad, con toda la atención que tienes, sin distraerte en lo que vas a decir ni en lo que ella va a contestar.

Solo mirando. Y en ese mirar tan quieto, tan contenido, cabe todo.

La pescadera acabó cediendo. Marta se fue con el besugo.

Yo me fui con Remedios. Y cada una a lo suyo, como siempre.

Pero yo me llevo la imagen guardada: Marta y el besugo y la pescadera y esa seriedad suya aplicada a las cosas pequeñas, que es una de las cosas que más me gustan de ella y que no le he dicho nunca.

Algún día se lo digo. Que la quiero también por cómo discute con las pescaderas.

24 de enero

Hoy he podido hablar con Marta por primera vez en casi un mes. No en su casa, no con excusa preparada: en el mercado, que es donde más nos vemos últimamente, sin que cuente como vernos, porque el mercado es de todo el mundo y nadie le pregunta a nadie qué hace entre un puesto y otro.

Ha sido gracias a Remedios, que tiene la manía de no poder pasar delante del alfarero sin pararse.

Hoy se le ha metido entre ceja y ceja que necesita una maceta nueva para la tuberaria que tiene en el patio, esa que cada primavera le sale con más fuerza y que ya está reventando el tiesto de barro.

Y claro, la pregunta era si tiesto grande o tiesto pequeño, que para Remedios eso no tiene respuesta sencilla y hay que consultarlo.

Estuvimos un buen rato las dos mirando los tiestos, yo diciéndole que el mediano era suficiente, ella que el grande o no valía la pena, que la tuberaria necesita sitio para extenderse o se pone triste.

Que si se pone triste. Que yo qué sé si una planta se pone triste, Remedios, pero que el grande pesa mucho y no vamos a poder llevárnosla entre las dos.

Que sí que vamos a poder. Que no. Que sí.

Y entonces Remedios, con esa lógica suya que no tiene vuelta, señaló hacia el puesto de las verduras y dijo: ahí está la maestra, le vamos a preguntar a ella.

Y antes de que yo pudiera decir nada ya estaba llamándola.

Yo la había visto antes, claro. Y ella a mí.

Y hemos hecho lo que hacemos en estas últimas semanas, mirarnos de reojo, saludarnos de lejos, y seguir cada una a lo nuestro, pero sin perdernos de vista.

En ese instante estaba mirando unas acelgas con esa concentración que pone en todo, levantó la cabeza, vio como Remedios le hacía un gesto, y vino.

Y yo me quedé con la cara que se me quedó, que era la cara de quien no sabe si reírse o esconderse detrás de los tiestos.

Remedios no tardó en exponerle la situación, que tenía una tuberaria hermosísima en el patio, y necesita trasplantarla, y que si un tiesto grande es mucha cosa, o el mediano se le queda pequeño.

Marta miró a Remedios, hizo un cálculo mental del tamaño de la planta, según abría los brazos Remedios, miró los tiestos, preguntó cómo de grande estaba el tiesto actual, y en menos de un minuto dijo que el mediano, con un poco de arena mezclada en la tierra, y que la tuberaria iba a agradecer el cambio sin necesitar más espacio del que tiene.

Remedios la miró, asintió, y se volvió hacia mí con una cara de por esta vez te hago caso, niña y compró el mediano. Asunto resuelto.

Y ha sido en ese momento, mientras Remedios pagaba, que me quedé un momento con Marta, los dos pasos de siempre, la distancia de siempre, la voz baja de siempre.

Le pregunté cómo estaba. Me dijo que bien, que el invierno se le hacía largo pero que bien.

Tenía buen color, los ojos despejados. Un mes sin verla de cerca y me ha dado cuenta de que la había estado echando de menos de una manera que no sabía medir hasta que la he tenido delante.

Me ha dicho, muy bajito, que seguimos haciendo bien en vernos poco.

Que enero es el peor mes, que la gente tiene menos donde mirar y mira más.

Que la primavera está cerca y que entonces.

Y yo le he dicho que sí, que entiendo, que lo sé.

Y lo entiendo y lo sé. Pero hay una diferencia enorme entre entenderlo con la cabeza y que no te pese en el cuerpo, y esta mañana, con Remedios ya tirándome del brazo para volver a casa, me ha pesado bastante.

Lo bueno es que Remedios y su tuberaria me han dado cinco minutos que no me habría dado nadie más.

A veces las plantas hacen lo que no puede hacer una misma.

Aunque ahora que lo pienso, tal vez Remedios no tenía tantas dudas, y solo me ha visto la cara, y como ella sabe más de lo que cuenta, y no solo de plantas como para tener que andar pidiendo consejos, pues ha querido quitarme ese desconsuelo.

No lo sé. Buenas noches, tuberaria. Gracias. Buenas noches, Remedios, gracias. Buenas noches, mi amor. Te echo de menos.

2 de febrero

La radio, últimamente, dice cosas que antes no decía, o las dice de otra manera.

Padre la escucha por las noches, después de cenar, con su cara de estar oyendo algo que no le gusta pero que tampoco le sorprende.

Yo no entiendo bien de política, lo confieso, que en esta casa nunca se ha hablado de eso delante de las mujeres, y lo poco que sé lo sé por lo que pesca el oído de pasada, o por lo poco que he aprendido en Sevilla o con Marta.

Aunque Marta no quiere hablarme de política casi nunca.

Pero algo se nota. Se nota en cómo cambia la cara de la gente cuando se habla de las cosas que pasan en Madrid.

Se nota en que doña Amparo, en el mercado, ya no solo habla de quién se casa con quién, sino de «lo que se está liando» y «cómo va a acabar esto».

Se nota hasta en Marta, y eso que ni la veo, y cuando la veo no hablamos de nada de eso.

No sé qué es exactamente lo que se está liando.

Pero sé que cuando varias personas distintas, que no se conocen entre sí, empiezan a tener la misma cara de fondo al mismo tiempo, es que algo de verdad se está moviendo.

Lo apunto aquí, sin más, porque tengo la sensación de que dentro de un tiempo voy a querer acordarme de cuándo empecé a notarlo.

8 de febrero

Esta mañana volví a ver a Marta en el mercado, y me ha hecho un gesto con la cara, que yo he entendido mejor que nada en el mundo.

Teníamos que vernos. Eso es lo que he entendido, y esta tarde le he dicho a madre que quería ir a la librería de la calle de Deanes, y me he desviado del camino y he llegado hasta su casa, justo cuando terminaban las clases con las niñas.

Ha llegado una carta de Piedad. Esa era la urgencia, y Marta ya cuenta conmigo para leerla, porque lo que dice Piedad ya me incumbe a mí también.

No entera, que hay cosas que Piedad no quiere que anden en papel más del tiempo necesario.

Pero sí lo esencial, y dice que después de lo que ha pasado en Asturias, el ambiente en Madrid y en otras ciudades se ha puesto muy distinto.

Que la gente que ella conoce, gente de los círculos en los que se mueve Piedad, empieza a pensar en irse.

No todos. No todavía. Pero algunos ya lo han hecho, o lo están haciendo, silenciosamente, sin despedidas, buscando salir del país.