1934 #8
Marta me ha dicho que quiere tener todo preparado para después de Navidad, en enero o febrero, cuando el movimiento de personas en los trenes sea menos llamativo que en las fiestas, aunque eso Marta todavía lo está calculando, igual que calcula los ahorros que tenemos.
Que sigue siendo poco. Si nos vamos a Francia, al otro lado de los Pirineos, el invierno no es el mejor momento.
Y es allí donde Piedad nos está buscando acomodo, así que tal vez tengamos que esperar un poco más.
Marta dice que si nos vamos, nos vamos teniendo un lugar en el que quedarnos, y un trabajo con el que mantenernos.
Que no me va a sacar de mi casa sin darme al menos lo mínimo para vivir dignamente.
A mí, la verdad, eso ya me da igual. Sé que estará ella a mi lado, con eso me basta.
Pero tenemos que irnos. Porque yo no tengo miedo por mí, ya tengo miedo por mi familia, y tengo miedo por Marta.
Tengo miedo de que la presión en mi madre la haga hacer o decir algo que no deba, y sea Marta quien pague las consecuencias.
Porque madre a mí me va a proteger siempre, aunque no sepa cómo.
Pero a Marta no la protege nadie, porque no tiene a nadie.
Mas que el respeto de la gente de otros barrios que solo la conocen como la maestra.
En la judería, el escándalo lo di yo al no casarme con Rafael.
Y es a mí a quien ven salir y entrar. Soy yo quien tiene los ojos de las ventanas encima, y es a padre a quien le hablan de mí, y es madre quien escucha de su hija.
Soy yo la que se está saliendo del tiesto, y Marta solo es esa flor de la que me he encaprichado.
No quiero que pierda ese respeto, no quiero que la acusen a ella de comerme la cabeza, como dejó entrever madre.
Y para que no hablen así de ella, la solución es clara.
Nos vamos cuanto antes, cuaderno. Prepárate, que tú también te vienes conmigo.
10 de diciembre
Hace un mes que no te abro, cuaderno. No por falta de ganas, sino por falta de contenido.
Una cosa extraña que está pasando desde el mes pasado es que la vida sigue.
No digo que lo esperara de otra manera. Pero hay algo desconcertante en que el mundo siga siendo igual después del día en que una ha tomado la decisión más grande de su vida para evitar el sufrimiento de tu familia.
Todo sigue igual, y venir aquí a escribirlo, es como repetir el mismo día una y otra vez.
Madre sigue cosiendo. Padre sigue yendo al almacén.
Remedios sigue haciendo el cocido. Los geranios del patio siguen en sus macetas ajenos a todo.
Y yo sigo haciendo lo de siempre, riego el patio, y ayudo a doblar la ropa y ayudo con la costura, y voy a los recados, y ceno en la misma mesa de siempre, con la misma gente de siempre, y nadie ha notado que el mundo que ellos ven es exactamente igual que hace un mes y el que yo veo es completamente distinto.
Eso es lo que tiene una decisión de esta clase.
Que pasa entera por dentro. Que no le hace añadidos visibles a la vida de fuera.
Ahora todo lo que miro lo miro ya de otra forma: ¿cuánto tiempo más veré esto?
¿Cómo será echarlo de menos? Preguntas que no tienen respuesta todavía.
Solo el tiempo y la distancia van a poder contestarlas.
23 de diciembre
Mañana es Nochebuena. Lo escribo y me quedo mirándolo. Nochebuena en casa viene a ser lo de siempre: el nacimiento, el cocido, los villancicos, los abuelos.
Marta y yo apenas nos vemos. No voy por su casa, no hay libros de por medio, ni aprendizaje en sus clases.
Lo he decidido yo, no ella. La quiero proteger, y la voy a proteger, aunque me cueste no verla en semanas.
Pero hoy no he podido evitar acercarme a ella en el mercado, que nos hemos cruzado allí.
Yo con Remedios, ella sola, comprando sus avíos para cenar en Nochebuena.
A mí, saber que cena sola, es algo que me ha provocado siempre malestar, pero ella me dice que no lo sufra, que para ella la Nochebuena es como una noche más.
En un momento que Remedios estaba hablando con uno de los tenderos, me ha dicho que ha recibido noticias de Piedad, y que en enero ni en febrero no va a poder ser lo nuestro, que necesita un par de meses más para recibir respuestas de esos contactos de Piedad.
Que las cartas tardan mucho en llegar, y las respuestas aún más.
Que mejor la primavera. Y así nos da tiempo a ahorrar más y tampoco nos pilla el frío del invierno.
Y yo he sentido dos cosas a la vez: alivio, porque unos meses más en Córdoba son unos meses más con los míos; e impaciencia, porque saber que una se va y no irse todavía es uno de los estados más raros que existen.
Pero hay tiempo. Eso me digo, y esta vez me lo creo: hay tiempo.
La primavera está lejos. Y entre hoy y la primavera hay muchas Nochebuenas pequeñas, muchas tardes normales, que todavía son enteramente mías y de los míos, sin que nada las toque.
Quiero vivirlas así, enteras, sin la cuenta atrás puesta encima de cada una.
Ya habrá tiempo de contar los días cuando los días de verdad se acaben.
Esta tarde he regado el dondiego y me he quedado mirándolo. No florece en invierno, solo sus hojas oscuras, pero sigue. Eso tiene el dondiego: que no desaparece aunque no esté en su estación. Que aguanta. Que espera.
Buenas noches, treinta y cuatro. Ha sido el año más decisivo de mi vida. Lo que venga después es consecuencia de lo que este año decidí. Y lo decidí yo. Pero lo que venga, que venga despacio. Que todavía hay Córdoba para rato.