El jazmín azul 1934 #7
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1934 #7

Me quedé con el hilo en la mano y el corazón parándome, porque era la primera vez que madre lo decía así, directo, sin dejarme la salida de hacerme la tonta.

Y supe, en ese segundo, que podía pero ya no quería esquivarlo.

Que ella lo sabía, pero no quería creerlo, a pesar de haberme visto cómo me ha visto.

Que o le mentía de verdad, con rotundidad, con convicción, y a lo mejor ella se agarraba a esa mentira y las dos seguíamos adelante fingiendo como todo este tiempo; o le decía algo cercano a la verdad y lo que pasara después sería lo que tuviera que pasar.

Pensé en el dondiego en la ventana, que estaba allí, sin flores pero vivo, y le dije:

—Madre, la maestra es mi amiga. Me ha enseñado más de lo que nadie me ha enseñado nunca. La quiero mucho. Y lo que diga la gente sobre eso es cosa de la gente, no mía.

No lo negué. Tampoco lo confesé. Pero lo que dije era suficiente verdad para que madre lo entendiera, y las dos lo sabíamos.

Madre se levantó de la silla, fue a la ventana, estuvo un rato mirando la lluvia. Cuando habló, la voz le había cambiado: no era la voz de cuando manda, sino la de cuando tiene miedo, que son muy distintas y yo las conozco bien.

—¿Sabes lo que le pasó a la hija de los Fuentes, en la calle Romero, hace tres años?

—No esperó respuesta—. La tuvieron que mandar a un convento.

Su propio padre. Porque hacía cosas que no se podían contar.

Dicen que está allí todavía. Y los Fuentes son gente decente, Irene, gente como nosotros.

—Se volvió a mirarme—. Yo no voy a mandar a mi hija a ningún convento.

Pero necesito que me digas que esto tiene arreglo.

Que es una equivocación, una cosa que pasa, que con el tiempo se pasa. Dímelo, hija. Necesito oírtelo decir.

Era la misma súplica de Carmen, pero desde otro lugar, desde el amor de una madre que tiene miedo de perder a su hija o de que le hagan daño.

Y volvió a ser la misma tentación de siempre: solo una frase.

Solo decirle que sí, que se equivoca, que con el tiempo pasa, y agarrarnos las dos a esa mentira y seguir.

Y no pude. Esta vez tampoco pude. Le dije, con la voz lo más tranquila que fui capaz de poner:

—No me va a pasar, madre. No porque sea una equivocación.

Sino porque no lo es. —Y antes de que pudiera hablar, añadí—: No se lo voy a explicar todo, porque hay cosas que no tengo palabras para explicar todavía y otras que no creo que pueda oír ahora.

Pero no le voy a mentir diciéndole que esto se pasa.

No se pasa. Es cosa mía. Y no quiero que siga esperando algo que no va a ocurrir.

Hubo un silencio largo. La lluvia en la reja.

El hilo de mi costura en el suelo, que se me había caído sin darme cuenta.

Madre de espaldas junto a la ventana, con los hombros tensos, y luego vi cómo los dejaba caer despacio, ese gesto de quien asume algo que no quería asumir.

Y cuando se volvió, su cara no era la de la rabia.

Era la de la pena. Una pena grande, quieta, sin remedio.

—¿Y esa mujer? —dijo, con una voz que no tenía acusación, solo cansancio—. ¿Qué te ha hecho esa mujer, Irene?

La pregunta tenía trampa, porque daba por hecho que Marta me había hecho algo, que había una influencia que le había torcido a su hija. No podía concebir que yo hubiera llegado sola a donde he llegado, que el camino empezara en mí y no en Marta. Le dije:

—Me ha enseñado a pensar, madre. Eso es todo lo que me ha hecho. A mirar las cosas por dentro y a preguntarme el nombre verdadero de cada una. Lo demás lo he encontrado yo, dentro de mí, que ya estaba antes de conocerla. Ella solo me enseñó a mirarlo. Y yo no quiero ser una infeliz.

Madre me miró durante mucho tiempo. Y luego dijo, con una voz que nunca le había oído, rota y muy serena a la vez:

—Pues ojalá no te hubiera enseñado. Ojalá siguieras sin mirar. Porque lo que ves te va a costar todo, hija. Todo. Y yo no sé cómo protegerte de eso. Y eso es lo que más me duele: que no sé cómo protegerte.

—Ya lo está haciendo, madre —le he dicho yo sin saber de dónde me salía el valor—. Lleva toda la vida protegiéndome, y lo sigue haciendo.

Hay una cosa que madre dijo antes de irse, casi sin querer, que me quedó dando vueltas toda la noche. Lo dijo mirando al suelo, con la costura ya recogida en el cesto, y creo que ni ella misma supo del todo lo que estaba diciendo:

—Yo no sé qué es lo que sientes, Irene. No lo entiendo y no lo voy a entender, porque nadie me lo ha explicado nunca.

Pero sé una cosa, y es que tú eres mi hija y que te quiero, y que eso no te lo quito yo aunque quisiera quitarte otras cosas que me dan miedo.

Que te quiero aunque no te entienda. Que son compatibles, esas dos cosas, aunque duela que lo sean.

Y se fue a su cuarto y cerró la puerta. Y yo me quedé sola en el cuarto de estar con la lluvia y el hilo en el suelo, y estuve un rato sin moverme, simplemente siendo, simplemente sintiendo el peso de lo que acababa de pasar.

12 de octubre

No hemos hablado hoy. Hemos desayunado juntas, hemos comido, hemos cenado, con esa cortesía de las guerras frías domésticas en que todo sigue igual por fuera y nada está igual por dentro.

Padre no sabe nada, o finge no saber, que en él es difícil distinguir las dos cosas.

Remedios me ha mirado varias veces con una expresión que nunca le había visto, como si supiera, como si lo hubiera sabido siempre, como si lo de Remedios fuera saber las cosas que nadie le cuenta igual que sabe los nombres de las plantas que nadie le enseñó.

No me ha dicho nada. Pero me ha puesto en la mano, al pasar por la cocina, un trozo de pan recién hecho y una pizca de romero del tiesto, sin explicación.

Y ese gesto, pequeño, discreto, ha sido lo más tierno que me ha dado nadie en estos días.

Esta noche he vuelto a la frase de madre: «te quiero aunque no te entienda, que son compatibles aunque duela».

Es la cosa más grande que mi madre me ha dicho en toda su vida, y es muy posible que no sepa que la ha dicho, que le saliera sin calcularla.

Pero la dijo. Y yo la oí. Y aunque nos hayamos ido al frío las dos, al silencio, me llevo eso.

Que en el peor momento, cuando podría haberme dado la espalda del todo, eligió decirme que me quiere aunque no me entienda.

Eso no lo borra nada. Ni la marcha, ni el tiempo, ni lo que venga.

La quiero, madre. La quiero con una claridad y una tristeza que no había sentido juntas hasta hoy.

La quiero y me voy a ir y no va a entenderlo y no puedo hacer nada para que lo entienda, porque entenderlo exigiría ser distinta de cómo es, y nadie puede ser distinto de cómo es de golpe, sin el tiempo y sin el camino que yo he tenido.

Solo puedo dejarle una carta, y quererla desde lejos, y esperar que algún día pueda leer lo que le escribo y entender, si no todo, al menos que la quise.

Que la quise siempre. Que me fui queriéndola. Buenas noches, madre. Buenas noches.

3 de noviembre

Hay cosas que se deciden un día concreto, con fecha y hora, y hay cosas que se han ido decidiendo durante meses sin que una se dé cuenta hasta que de pronto mira atrás y entiende que ya no había más que decidir, que la decisión estaba tomada desde hacía mucho y que lo único que faltaba era pronunciarla en voz alta.

Mi decisión es de las segundas. La tomé hace tiempo: quizá el día que puse el dondiego en la ventana, quizá el día que Marta me tomó de la mano y no la soltó, quizá el día que estrené este cuaderno y escribí la primera página sin saber todavía a dónde me llevaba.

No lo sé. Pero no ha sido hasta hoy cuando lo he dicho en voz alta.

Y decirlo en voz alta es distinto de saberlo en silencio, porque las palabras salen fuera y no vuelven, y lo que sale fuera y no vuelve ya pertenece al mundo, ya no solo a una.

Hoy se lo he dicho en voz alta a Marta. Que nos vamos.

Así, en plural, sin condiciones, sin «si tú quieres» ni «quizá» ni «habría que pensar».

Nos vamos. Y Marta, que estaba de pie junto a la mesa ordenando unos papeles, se quedó quieta un momento, y luego se volvió despacio, y me miró con una cara en la que había tantas cosas a la vez que no sabría nombrarlas todas: alivio, miedo, ternura, algo parecido a la gratitud, algo parecido al asombro, como si a pesar de todo lo hablado y lo preparado todavía no acabara de creerse que yo fuera a decirlo de verdad y de esa manera, sin titubear.

—¿Está segura? —me preguntó. Solo eso.

—Completamente —le dije. Solo eso.

Y no hubo más. No me ha preguntado por qué lo digo ahora así, y yo tampoco lo he pensado hasta este momento, en el que escribo.

Supongo que lo que me ha pasado estos días atrás con madre, que ella sepa cosas que yo pensaba que no sabía, y que se las calla, es lo que me ha hecho darle voz.

Yo sé que ser quien soy le puede hacer sufrir.

Y también sé que mis decisiones le puede hacer mucho daño.

Yo no voy a dejar de ser quien soy ni voy a dejar de tomar mis decisiones, pero las decisiones si las puedo tomar sin que a ella le toquen.

Sin que ella me vea llegar de madrugada.

Y la única opción para eso, es marcharme.