1934 #6
Pero aún no. Todavía es el último trozo del verano. Todavía el aire huele a lo que huele en septiembre en Córdoba, al azahar ya pasado y el membrillo que empieza. Todavía tengo este cuaderno y este patio y el sonido del agua en la fuente. Todavía tengo alguna siesta.
Y aun así lo siento ya. Siento que ya me quedan pocos septiembres de esta manera, sentada en este patio, escribiendo en este cuaderno, con este olor exacto entrando por la ventana.
El año que viene, o el otro, o el otro, si todo va como Marta dice, y tenemos los ahorros, será otro septiembre, en otro sitio, con otro olor que todavía no conozco.
Y no sé si lo voy a echar de menos o si me voy a alegrar de no tenerlo, o las dos cosas a la vez, que es lo más probable.
Pero por ahora todavía es este. Todavía es Córdoba.
Todavía soy la Irene que riega los geranios cada mañana sin que nadie sospeche que cuenta los días que le quedan para hacerlo.
7 de octubre
Hay una clase de tensión que se acumula despacio, durante meses, sin que pase nada grande, sin que nadie grite ni llore ni diga las palabras gordas, y que sin embargo va llenando el aire de una casa, de una calle, de una vida, hasta que el aire no cabe más y cualquier cosa pequeña puede ser la chispa.
Llevo semanas sintiendo que el aire de mi vida está así, lleno hasta el borde, y que la chispa puede ser cualquier cosa.
Esta semana ha sido varias cosas a la vez, y no ha explotado todavía, pero escribo con la sensación de quien escribe al borde de algo.
Lo primero fue padre. Padre, que habla poco y que cuando habla pesa, que no se mete nunca en lo que él llama «cosas de mujeres», me llamó aparte el lunes por la tarde, al volver del almacén.
Se sentó en la silla del escritorio, la silla donde firma los papeles del negocio y donde yo de niña nunca me atrevía a sentarme, y me miró un rato sin decir nada, con esa manera de tomar impulso antes de hablar que siempre me pone en guardia.
Y me dijo, sin rodeos, que había oído cosas.
Que no iba a repetirlas porque le daban vergüenza solo de pensarlas.
Que él confiaba en mí, que yo era su hija y él sabía cómo me había criado.
Pero que si había algo, lo que fuera, alguna locura, alguna cosa que pudiera manchar el nombre de la familia, él necesitaba saberlo.
Así lo dijo: para arreglarlo. Como si lo que soy fuera una avería del fontanero.
Le dije que no había nada, que la gente habla sin saber.
Me miró un momento más, con esos ojos suyos que no dicen nada y lo ven todo, y asintió.
Pero la conversación quedó flotando en la casa como queda el humo cuando ya se ha apagado el fuego: presente aunque invisible, recordándonos a los dos que se dijo, que existe, que la siguiente vez que pase algo ya no podrá fingir que no lo sabía.
He pensado en madre. En lo que ella debe sospechar, o simplemente saber, porque ver a una hija escaparse de madrugada y volver antes del amanecer, es suficiente para saber que algo pasa. Y si padre me pregunta, es porque madre me guarda, me protege.
Lo segundo fue Carmen. Carmen que me evita desde hace semanas, que cuando nos cruzamos en la calle es cariñosa pero breve, que ya no viene a casa por las tardes como venía antes.
El martes me la encontré en la plaza del hospital y vi en su cara algo que no había visto antes: no cautela, sino miedo.
Un miedo distinto al de antes, más inmediato, más personal.
Me cogió del brazo y me apartó un poco de la gente, y me dijo, muy bajito, que Antonio había hablado con alguien y ese alguien le había dicho cosas.
Cosas concretas, no solo rumores. Y que Antonio le había preguntado a ella si era verdad, y que ella le había dicho que no, cómo iba a ser verdad.
Pero que Antonio no se había quedado del todo tranquilo.
Y que ella estaba asustada, muy asustada, y que me lo decía porque me quería pero también para que supiera que ya no dependía solo de ella, que Antonio también estaba en el mapa ahora.
—Antonio es bueno —me dijo, con los ojos llenos—. Pero es hombre, y tiene su honra, y si cree que yo sabía algo y no se lo dije, no sé lo que puede hacer. Por favor, haz algo. Porque esto ya no lo puedo sostener yo sola.
Se fue deprisa, sin esperar respuesta, porque venía gente.
Y me quedé en la plaza sola, con el sol de octubre en la cara y el corazón haciéndome el mismo estruendo que hace el río cuando baja crecido.
Todo ese ruido dentro y fuera la calle tranquila de siempre, como si nada.
Como si el mundo no se me estuviera cayendo encima en pequeños trozos desde hacía semanas.
Fui a ver a Marta esa misma tarde, sin avisar, cosa que no hago casi nunca por precaución. Llamé a su puerta tres veces, como tenemos acordado, me abrió enseguida, vio mi cara y me hizo pasar.
Le conté lo de padre y lo de Carmen y lo de Antonio. Lo fui soltando todo de corrido, sin orden, como salía. Ella escuchaba de pie junto a su mesa, con los brazos cruzados, con esa quietud que tiene cuando está procesando algo que le pesa. Cuando terminé hubo un silencio largo. Y luego dijo:
—Irene, escúcheme. Lo que me acaba de contar no es una crisis.
Es el final de una etapa. La etapa en que podíamos sostener esto aquí, en Córdoba, con cuidado y con suerte, ha terminado.
No hoy, no con lo de Carmen o con lo de su padre: terminó hace meses, quizá desde lo de Rafael, y solo estábamos aplazando lo inevitable.
Lo que me acaba de contar es el aviso de que ya no queda más tiempo para aplazar.
—Me miró muy fija—. Con lo que tenemos ahorrado, no nos da para marcharnos ya.
Pero si la cosa se pone fea, nos podemos marchar donde sea y como sea.
Esa es la última de las opciones, porque marcharnos sin nada es peligroso.
Muy peligroso para nosotras, Irene. Si queremos hacerlo bien, tenemos que tener ese dinero.
Y para tener ese dinero necesitamos unos meses más.
No me lo dijo con palabras, pero yo lo he entendido por la intención con la que lo ha dicho. Si necesitamos unos meses más, tenemos que evitar que hablen de nosotras. Eso es todo. Así de simple. Pero a mí ya se me hace un mundo dos días sin verla.
10 de octubre
He pasado estos días pensando en lo que voy a dejar aquí cuando nos vayamos, y me parece que debo apuntarlo antes de que la razón me convenza de que lo estoy exagerando. No lo estoy exagerando. Lo voy a dejar de verdad, y merece ser nombrado.
Dejo los geranios del patio. No los geranios en general: estos geranios, los de este patio, los que he regado cada mañana desde que tengo memoria, los que han florecido veinte veranos y aguantado veinte inviernos y que ya conocen el peso de mi mano y la temperatura del agua que les echo. No son flores. Son historia.
Dejo el olor de la cocina de Remedios a las doce del mediodía, que es un olor que no se puede describir y que para mí es el olor de estar en casa.
Dejo el sonido del agua en la fuente del patio, ese sonido de fondo que lleva debajo de todos los ruidos de mi vida desde que nací.
Dejo la calle de los Judíos vista desde mi ventana, con su cal y su reja y quien se para a mirar los geranios.
Dejo a madre. Dejo a padre. Dejo a Remedios. Dejo a Carmen, con todo lo que Carmen ya no puede ser pero sigue siendo.
Todo eso se queda aquí cuando yo me vaya.
Y esto no lo voy a resolver con ninguna carta ni con ninguna explicación.
Lo único que puedo hacer es llevármelo por dentro, que es donde caben las cosas que de verdad importan.
La cal de las paredes. El sonido del agua.
El rojo de los geranios en agosto. Lo llevo.
Ya está empacado, aunque yo no haya hecho todavía la maleta ni sepa cuando marcho.
Esta noche he regado el dondiego. Ya no florece, es otoño, pero sigue vivo. Lo he mirado mucho rato. Buenas noches, dondiego. Buenas noches, Córdoba. Nos queda poco tiempo juntas. Y aun así te quiero. Por todo lo que me apretaste y por todo lo que me enseñaste a querer a pesar de ti.
Una hoja de dondiego, la última que le corto.
Sin flor: es otoño y el dondiego espera su primavera.
Yo también la espero, pero en otro sitio.
11 de octubre
Lo sé desde que era niña: las tormentas más grandes no avisan con trueno.
Llegan como llega el frío en octubre, despacio, sin que ningún día parezca distinto al anterior, hasta que una se da cuenta de que ya tiene frío y de que el verano se fue hace mucho sin que nadie dijera adiós.
La tormenta con madre llegó así. No hubo un día de inicio.
Lleva semanas acumulándose en la casa, en los silencios del desayuno, en las frases a medias, en cómo deja de preguntarme cosas que antes preguntaba.
Y esta tarde, cosiendo las dos en el cuarto de estar con la lluvia golpeando la reja, se rompió.
Sin gritar. Sin llorar, casi. En voz muy baja.
Que es la única manera que tiene madre de romperse, que ella nunca fue de escenas.
Empezó preguntándome por Marta. Por la maestra esa, dijo, como lo dijo siempre doña Amparo, con ese «esa» que marca distancia.
Me preguntó cuándo la había visto últimamente.
Le dije la verdad, que hacía ya bastantes días que no la veía, porque no tenía libros para prestarme.
Y es la verdad, porque Marta y yo hemos puesto un cerco entre nosotras, para evitar de verdad que se hable más.
Y madre dejó la costura en el regazo, se quedó mirando la reja mojada un momento, y me dijo, sin volverse:
—Irene. Dime que no es verdad lo que dice la gente.