El jazmín azul 1934 #5
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1934 #5

Hubo un momento, antes de irse, en que se quedó callada un instante de más, mirando la taza vacía.

Y dijo, sin venir mucho a cuento, que se alegraba de que nos viéramos así, de vez en cuando, aunque fuera solo para hablar de mermeladas.

Que ella sabía que las cosas ya no eran como antes entre nosotras, que no podían serlo, pero que prefería esto a nada.

Lo dijo rápido, casi atropellada, y luego cambió de tema antes de que yo pudiera contestar, como si decirlo ya hubiera sido suficiente y no necesitara respuesta.

Y tiene razón. Prefiero esto a nada. Aunque "esto" sea cada vez menos y "nada" cada vez esté más cerca.

3 de agosto

Sé que casi te tengo abandonado, y que cuando escribo, ya solo escribo por cosas importantes que pasan.

Ya no vengo a contarte solo que he regado los geranios, o que la zapatilla de la reina de la tapia está enorme porque sigo regándola, aunque no lo necesite.

Pero hoy si tengo que contarte algo muy importante.

Tan importante que creo que es la cosa más bonita que te he contado jamás.

Esta tarde, como otras tantas, he ido a ver a Marta.

Fui a ayudarle a preparar unas cuartillas para las clases de octubre.

Y es verdad que he ido a ayudarle. No ha sido una excusa.

Eso es lo que escribiría aquí si fuera honesta solo a medias.

Pero este cuaderno merece la versión entera, o casi: que sí fui con esa intención, que sí había cuartillas encima de la mesa cuando llegué, y que estuvieron ahí toda la tarde sin que ninguna de las dos las tocáramos.

El calor de agosto en Córdoba a las tres de la tarde es, bueno, ya lo sabes, cuaderno.

Ya sabes como son las tardes de verano en esta ciudad, que llevo repitiéndolo cada verano.

Y como son esas tardes en la casa de Marta.

La persiana entornada, la luz entrando oblicua, el sonido de las chicharras en la calle.

Y nosotras en su cama, que es donde se acaba terminando cuando el calor aplasta y las cuartillas pueden esperar y hay algo mucho mejor que hacer que preparar clases para octubre.

No voy a escribir lo que pasó antes. Ya sabe este cuaderno lo suficiente de mí. Lo que sí voy a escribir es lo que vino después, que merece guardarse y merece ser lo que cuento cuando me pregunten, si algún día alguien me pregunta, cuál fue el día más feliz de mi vida en Córdoba.

Estábamos las dos quietas, con ese silencio de después que ya conozco y que ya me sabe a casa.

Yo embobada en cómo las rendijas de luz a través de las persianas trata la piel de Marta, ese dorado de las cuatro de la tarde que lo pone todo del mismo color, y ella como que se ilumina de una forma que no puedes apartar la mirada.

Y entonces Marta me cogió la mano. Así, sin más, y se la acercó, y empezó a mirarla.

A mirar mis dedos, uno por uno, como los miraría si fueran una planta que no conoce todavía, con esa curiosidad suya tan seria que me da risa y me da ternura al mismo tiempo.

Los ponía a contraluz, los giraba. Como si en mi mano hubiera algo que aprender.

Le pregunté qué miraba.

—Sus manos —dijo, sin dejar de mirarlas—. Tengo buena memoria para las manos. Las suyas las voy a recordar siempre.

Y luego se quedó callada un momento, todavía con mi mano entre las suyas, y dijo, muy bajito, sin mirarme a la cara, mirando aún los dedos:

—¿Sabe qué? Si pudiera casarme con una mujer, la elegiría a usted.

Me quedé sin decir nada. Me quedé tan sin decir nada que creo que dejé de respirar un momento.

Porque lo dijo así, sin prepararme, sin avisarme de que estaba a punto de decirme lo que me iba a decir.

Y yo dejé de mirar su piel, para mirarla a ella, a la cara, a los ojos, que seguían fijos en mis manos.

Lo había dicho como si fuese una evidencia, como si lo tuviese claro desde el día en el que me conoció.

Y se quedó tan tranquila después de haberlo dicho.

Y entonces, no sé de dónde me vino, sentí que tenía que hacer algo con lo que acababa de decirme, que guardarlo en el pecho no era suficiente, que necesitaba un gesto a la altura de esas palabras, aunque fuera ridículo, aunque no tuviera nada con qué hacerlo.

Me levanté de la cama.

Marta me miró, sorprendida, con esa ceja levantada que usa cuando no entiende lo que estoy haciendo.

Y yo, sin pararme a pensarlo, fui hacia la mesa.

Allí tenía un ramito de flores pequeñas para prensar: eran jazmines del cielo.

Sus jazmines, los que son del color exacto de sus ojos cuando le da el sol.

Los tenía atados con una cuerdecita fina. Se la quité. Y volví a la cama.

Me arrodillé delante de ella. Marta me miraba con una expresión que no le había visto nunca: entre la risa y algo mucho más serio que la risa.

Le cogí la mano, y le até la cuerdecita alrededor del dedo anular, despacio, sin nudo.

Y le pregunté si quería ser mi prometida hasta el día que pudiéramos casarnos de verdad.

Se rio. Una risa de las suyas, de las que le salen del todo, que no tiene muchas pero cuando las tiene iluminan la habitación entera. Y luego me miró, todavía con la risa en los ojos, y dijo:

—Irene. Va usted desnuda.

—Ya lo sé —dije—. No tengo ajuar, no tengo anillo, no tengo nada que ofrecerle que valga algo. Solo le puedo prometer que la voy a querer con toda mi alma mientras viva. Y que lo de ir desnuda es circunstancial.

Se volvió a reír. Y luego, cuando la risa bajó un poco, me miró con dulzura, y dijo, muy bajito:

—Sí. Quiero ser su prometida.

Le até el nudo. Le besé el dedo. Y lo que pasó después no lo escribo aquí, que ya hay suficiente en esta página y el resto es solo nuestro.

Pero esto si quería guardarlo, que no quiero que se me olvide nunca.

Ni como me miraba las manos, ni cómo se iluminaba su piel, ni cómo le sonreían los ojos al verme desnuda caminando por la habitación.

Yo, Irene Carmona Aguilar, le he pedido a Marta Salgado Quiroga si quiere ser mi prometida, y eso, cuaderno, tiene que quedarse aquí para siempre.

¡Ah! La cuerdecita sigue en su dedo esta noche.

Me lo dijo cuando me fui: que no se la iba a quitar.

Y si ella lo dice, es que es verdad. No sé cuánto va a durar una cuerdecita de atar flores en el dedo de una maestra que cuida trata con plantas, y tierra, y agua.

Pero mientras dure, ella lleva algo mío puesto.

Buenas noches, cuaderno. Quiero bordar un pañuelo con nuestras iniciales. A ver si puedo.

10 de agosto

He pasado la tarde en el patio con Remedios, pelando ajos para el adobo, escuchándola contar historias de cuando era joven. En un momento se quedó callada, y me dijo sin levantar la vista:

—Tú te vas a ir, ¿verdad, niña?

No sé cómo lo sabe. Nadie se lo ha dicho. Me quedé con el ajo en la mano, no negué ni confirmé, que con Remedios lo uno vale lo otro. Y ella siguió pelando ajos y dijo:

—Bien hecho. Las que se quedan cuando tienen que irse se van marchitando por dentro. Como las plantas sin agua: por fuera aguantan un tiempo, pero por dentro ya se han ido. Tú te vas con agua. Eso es lo importante.

Y no dijo más. Siguió con los ajos como si no hubiera dicho nada del otro mundo, que para Remedios probablemente no lo era. Me lo guardé, que es lo que hago con todo lo que dice Remedios: guardarlo, porque suele ser de las cosas que necesitas años después.

28 de agosto

Marta me ha dicho esta tarde que ha escrito a Piedad para que le busque un contacto en la frontera con Francia.

Hasta ahora hablábamos de Barcelona como destino, sin más, como si llegar allí fuera ya el final del camino.

Pero esta tarde Marta me ha explicado que Barcelona, aunque esté lejos y aunque allí nadie nos conozca todavía, sigue siendo España.

Y que lo correcto sería tener también un contacto al otro lado de la frontera, por si las cosas en España empeoran y Barcelona deja de ser un sitio seguro.

Me ha dicho que no me asuste, que ella solo quiere tener todo el plan bien preparado.

Pero a mí me ha asustado un poco, lo confieso.

Porque hasta hoy Barcelona era el horizonte, y ahora el horizonte tiene algo más detrás.

Otro país. Otro idioma. Otra vida todavía más lejos de esta.

Pero luego lo he pensado con calma, y me he dado cuenta de que tiene razón.

Que un plan que solo tiene un destino no es un plan, es una esperanza.

Y nosotras ya no podemos permitirnos esperanzas sueltas: necesitamos algo más firme.

Así que sí, Francia. Suena a muchísimo, suena a una vida entera al otro lado de una montaña que ni siquiera he visto nunca.

Pero lo he sentido, más allá del susto, con una especie de confianza rara.

Supongo que así se siente tener una decisión tomada de verdad: que cuando la realidad avanza y se vuelve más grande de lo que esperabas, no te sorprende del todo.

Solo te encuentra, y te ensancha un poco para que quepa.

La cuerdecita sigue en su dedo.

14 de septiembre

El verano se va. El aire de las mañanas ya no es el mismo.

Los geranios siguen rojos pero ya no con el rojo imposible de julio: ahora es un rojo más tranquilo, de los que han florecido y están bien.

Me alegra haberlos mirado tanto este verano.

Me alegra haber prestado esa atención de las cosas que se saben temporales.

Marta empieza las clases en breve. Y con el otoño volverá también la tensión: las miradas, los rumores, el cerco.

Lo siento ya en el porte de padre cuando llega del almacén, y me ve salir con un libro entre los brazos, en cómo doña Amparo nos miró ayer en el mercado, a Remedios y a mí, desde el otro lado del puesto de aceitunas. Como quien lleva la cuenta.