El jazmín azul 1934 #4
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1934 #4

Hoy Marta ha venido a casa por la tarde, que casi nunca viene, que siempre soy yo la que va.

Pero hoy vino ella, con la excusa de un libro que quería prestarle a madre, no a mí, sino a madre, de esos de cocina que a madre le gustan, con recetas y dibujos, porque yo le he dicho que le gustan.

Y se quedaron las dos en la cocina mirando el libro juntas, hablando de guisos, mientras Remedios pelaba las primeras habas del año en la mesa de al lado.

Yo me quedé en la puerta de la cocina, mirándolas, sin que ninguna de las dos se diera cuenta de que las miraba.

Madre señalando una receta, Marta asintiendo con esa atención suya que pone en todo, como si las recetas de guisos de madre merecieran la misma seriedad que un artículo de botánica.

Y pensé: esto también me lo voy a llevar.

No solo a Marta. Esto. A Marta en mi cocina, con mi madre, hablando de guisos, un martes cualquiera de junio que madre nunca sabrá que fue especial.

No sé por qué lo ha hecho. A mí no me ha dicho nada de venir a casa, pero como ya la conozco lo suficiente, creo que lo ha hecho por todo lo de su madre de estos días. Que como no puede ir a ver la suya, ha venido a ver la mía.

3 de julio

Remedios dice que este verano es de los calurosos, que lo sabe por los pies: cuando le duele más el izquierdo es de los que matan gallinas. Este julio le duele más el izquierdo.

Marta ha cerrado las clases hasta septiembre.

El verano es nuestro, dentro de lo que puede ser nuestro en esta ciudad.

Las horas muertas del mediodía siguen siendo las más nuestras: las que el calor le roba a todo el mundo y que nosotras hemos aprendido a habitar.

La visita a mi madre sembró una semillita, y la excusa ahora es que Marta me permite usar sus enciclopedias allí, en su casa, para mi formación.

Le dijo que yo tenía la misma buena mano para los geranios que para enseñar, y a mi madre eso le ha quitado un poco la pena de todo lo de Rafael. Que todavía le pesa.

Esta tarde hemos estado dos horas en su casa con la persiana entornada y ella leyéndome en voz alta, y he pensado que podría pasarme el resto de la vida así: oyendo su voz mientras fuera Córdoba se derrite.

Que ese deseo tan sencillo e imposible de tener en abierto sea también de las razones por las que nos iremos.

Hoy leía un libro de viajes, de un hombre que cruzó los Alpes a pie hace muchos años, y en un momento dejó de leer y se quedó mirando la página.

Le pregunté qué pasaba. Dijo que nada, que solo pensaba que algún día tendríamos que cruzar montañas nosotras también, aunque fueran otras y de otra manera.

Y luego siguió leyendo, como si no hubiera dicho nada importante.

Pero yo me quedé con eso. Con la idea de unas montañas que todavía no conocemos y que algún día van a ser nuestras también, de la misma forma en que ahora es nuestro este sillón y esta persiana entornada y esta voz suya leyendo despacio.

Me quedé dormida un rato, ahí mismo, con su voz de fondo. Y cuando me desperté ella seguía leyendo, bajito, sin darse cuenta de que yo ya no escuchaba la historia sino solo el sonido de su voz, que también es una manera de escuchar.

14 de julio

Remedios tiene razón en lo del calor. Este julio mata.

Y esa es la excusa que me pongo a mí misma cuando ya no puedo más con las cuatro paredes y el dondiego que huele demasiado bien y el cuaderno mirándome desde la mesilla: que es el calor el que me saca, que cualquiera dormiría con este bochorno.

Mentira piadosa. Me saca el calor y me saca saber que ella está a diez minutos andando y que el verano es corto y que hay noches que no hay que desperdiciar.

He esperado a que la casa se quedara quieta del todo.

La respiración de madre a través de la pared, lenta y honda, es la que me indica que ya se puede, como muchas otras veces.

Me he puesto el vestido más oscuro que tengo.

Como muchas otras veces. He bajado las escaleras como sé hacerlo ya, pisando los bordes, que el centro de los peldaños cruje y los bordes no.

La calle estaba dormida, solo el calor y los gatos y mi propia sombra en el empedrado.

He hecho lo que vengo haciendo desde hace dos veranos. Siempre igual.

Lo que ha pasado en su casa no lo escribo aquí. Que ya hay cosas que este cuaderno sabe de mí y cosas que solo sé yo, y así tiene que seguir siendo. Pero lo que sí escribo es lo de la vuelta, porque esta vez no ha sido como las otras muchas veces.

Salí de casa de Marta cuando el cielo empezaba a cambiar de negro a ese azul oscuro que no es todavía luz pero ya no es noche entera.

Crucé la Judería despacio, sin prisa, con esa sensación rara que tengo siempre al volver: que soy otra que la que salió, y que sin embargo tengo que entrar en la misma cama y ser la misma Irene de por la mañana. Empujé la puerta. Subí las escaleras

Y madre estaba en el pasillo.

De pie, con la bata de las noches de calor, la gris, con el cabello suelto. Me quedé helada en el umbral, sin saber qué decir ni qué cara poner ni si había excusa posible a esa hora con ese aspecto. Se me cayó el mundo encima en ese segundo.

Pero madre no dijo nada. Me miró. Me miró de esa manera suya que lo ve todo sin necesitar preguntar nada.

Y luego dio media vuelta, despacio, y volvió a su cuarto.

Cerró la puerta sin hacer ruido. Como si no hubiera visto nada.

Como si yo hubiera llegado a las once y no a las cuatro y media de la madrugada con el calor de julio pegado a la piel y la cara que se me había quedado.

Me he quedado un momento en el pasillo, sin moverme.

Y entonces entendí, o empecé a entender, que quizá no era la primera vez que me veía.

Que quizá madre lleva semanas, meses o en este caso, veranos, viendo cosas y eligiendo no verlas.

Que eso también es una forma de decirme algo, la más difícil y la más generosa: que sabe y que me lo permite, y que nunca me lo va a decir con palabras porque si lo dice con palabras ya no puede hacer como que no sabe.

Y que las dos necesitamos que siga sin saberlo, de cara al mundo, aunque las dos sepamos que sabe.

Me he metido en la cama, pero no puedo dormir.

No paro de pensar en madre en su cuarto, con su bata gris, eligiendo darme la espalda.

Y pienso que hay maneras de querer que no tienen nombre en ningún libro, que no se parecen a nada de lo que te enseñan, y que son las más difíciles y las más reales.

Que madre, sin decirme nada, me acaba de decir que sigue siendo mi madre aunque yo sea esto que soy.

Y que eso es demasiado grande para que quepa en esta página, pero lo intento de todas formas, porque si no lo escribo se me va a perder, y no quiero perderlo. Nunca.

14 de julio

No hemos hablado ello. Ni madre ni yo. Y mira que apenas he pegado ojo porque temía como nada en el mundo que amaneciera y bajar a la cocina a desayunar.

Resulta que ha sido una mañana normal: el café, los geranios, Remedios con sus cosas, y madre preguntándome nada más entrar en la cocina, si había dormido bien.

Y yo le he dicho que sí, pero que hace mucho calor, y tenía la excusa ahí en la punta de la lengua, por si me preguntaba, decirle que tuve que bajar al patio a tomar el fresco, porque no podía dormir.

Pero ella no ha preguntado, y yo he preferido no mentir.

Madre ha asentido como si eso fuera todo. Y fue todo. Y fue suficiente.

He pensado mucho durante todo el día en qué significa el silencio de madre.

He llegado a la conclusión de que no es un silencio de resignación ni de rendición.

Es un silencio de elección. Madre ha elegido no hacer una pregunta cuya respuesta la obligaría a hacer algo con esa respuesta.

Y al no hacer la pregunta me está dando algo que no tiene nombre pero que pesa como un regalo: el espacio para ser lo que soy dentro de esta casa, aunque sea de noche y con el vestido más oscuro que tengo.

No sé si lo entiende del todo. A lo mejor entiende solo que salgo a ver a alguien y que ese alguien no es precisamente algún muchacho del barrio.

A lo mejor entiende más. Las madres, me ha enseñado este año, entienden más de lo que dicen entender, y dicen menos de lo que entienden. Es su manera de sobrevivir a las hijas.

Esta tarde, cosiendo juntas, se levantó para coger unas bobinas de hilo, y al pasar a mi lado, me ha puesto la mano en el hombro un momento, así, sin venir a cuento, como si se le escapara.

Y la ha retirado enseguida y ha seguido cosiendo como si no hubiera pasado nada.

Pero había pasado. Y yo lo he guardado aquí, donde guardo las cosas que no caben en ningún otro sitio.

26 de julio

Ha venido Carmen a tomar café. Lleva semanas sin venir. Cuando llamó a la puerta me alegré de una manera que me sorprendió a mí misma.

No hablamos de nada importante. Del calor, de un vestido que está haciendo para el otoño, de que a su cuñada le ha salido mal la mermelada de higos.

No hablamos de Marta ni de Antonio. Y sin embargo estuvo bien.

El café, el calor, la mermelada. Carmen es, debajo de todo, mi amiga del alma, y el alma a veces necesita exactamente ese tipo de tarde: sin grandes verdades, sin negociaciones, solo el café y dos personas que se conocen desde niñas y que, con todo, siguen sabiéndose querer.

Cuando se fue me quedé en la puerta mirándola bajar la calle con su vestido de verano. Pensé que la voy a echar muchísimo de menos. Que hay personas que no puedes llevarte pero que se te quedan pegadas por dentro de todas formas. Carmen es de esas.