El jazmín azul 1934 #3
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1934 #3

Y ya está. No he hecho mucho más estas semanas que no sea coser, coser y coser.

Y caerme de sueño cuando subo aquí a dormir.

Lo siento, cuaderno. No me lo tengas en cuenta.

Por contarte algo más, te diré que estas semanas han sido también un poco raras para mí, y creo que es lo que le ha hecho la certeza a los días.

Desde que Marta me enseñó el cuaderno y me contó como una amiga suya la delató, el plan ha dejado de ser algo que habría que hacer algún día y se ha convertido en algo que vamos a hacer.

Y ahora los días en Córdoba han cambiado de tesitura para mí.

No de contenido, que los geranios siguen siendo los mismos, madre sigue cosiendo en la misma silla, Remedios sigue sabiéndolo todo.

Pero yo ya los miro distinto. Con esa atención nueva que se le da a las cosas que se saben temporales.

El rojo de los geranios me parece más rojo.

El olor del patio más hondo. La voz de madre más de guardar.

Hasta la sabiduría de Remedios me sabe más importante aún.

Y todo porque sé que todo eso se me va a acabar.

Que lo voy a perder algún día, y que ese día ya es una certeza.

Buenas noches, cuaderno. Te cierro, que ya no me mantengo en pie. No me eches de menos.

03 de mayo

No ha sido un buen cumpleaños.

Ha llegado un recado a casa de Marta, traído por un conocido suyo de Madrid, uno de esos contactos que le quedan de sus años en la Residencia.

Y la noticia que trae es muy fea. Que su madre está enferma.

No de muerte, o eso dice el recado, pero sí de las que cambian el paso de una vida.

La madre de Marta vive en Madrid con una de sus hermanas desde que el padre las separó a todas, como se separan los muebles cuando se disuelve una casa: con eficiencia y sin preguntarle a los muebles.

Esto es algo que me contó, pero yo no he querido contar aquí, porque me daba hasta miedo que lo supieras, cuaderno.

Fui a verla por la tarde, que me iba a invitar a tomar café y pastas en su casa, para celebrar mi cumpleaños, y me la he encontrado sentada en el sillón con un libro abierto en el regazo y sin leer, mirando la pared.

Marta sin leer con un libro delante es una imagen que no existía en mi cabeza hasta hoy.

Eso solo me dijo todo lo que necesitaba saber antes de que abriera la boca.

La pobre está que no está. Primero hace unas semanas lo de Elena, y ahora esto de su madre.

Le pregunté si quería que me fuera. Dijo que no, con una voz más pequeña que la suya de siempre, y nos quedamos las dos en silencio, ella con el libro cerrado y yo sentada a su lado, sosteniéndola.

No hice nada. No dije nada. Estuve. Y a veces lo único que necesita la gente es que alguien esté y no se vaya.

16 de mayo

Han sido unos días realmente extraños. Tengo una desazón que no se me quita desde las noticias de la madre de Marta, y como ella lo está sufriendo. Y ni siquiera me apetece sentarme delante del cuaderno y escribirlo.

No es una persona que lo muestre, pero se le nota.

Sobre todo en los ojos. Los tiene más apagados, más oscuros.

Lleva una pena que la arrastra, aunque ella lo trate de disimular.

Y yo que ya la conozco, o que ya he aprendido a verla de todas las formas posibles, se lo veo enseguida.

Pero no sé cómo ayudarla. Ella me dice que no tengo que hacer nada, que ya hago todo.

Que me siente a su lado. Pero yo me vuelvo a casa cada vez que la veo con las manos vacías de no saber qué hacer.

Esta tarde Marta me habló de su padre. Nunca lo había hecho, al menos no de esta manera, no como pieza de una historia sino como persona real, con nombre y rango y decisiones propias.

El padre de Marta es coronel del ejército.

O lo era, que Marta habló de él en pasado como quien lleva tiempo practicando borrar a alguien del tiempo presente.

Coronel, apellido conocido en Madrid, hombre de carrera y de honor, de los que entienden el honor como una arquitectura que hay que mantener en pie a cualquier precio.

Cuando lo de Elena llegó a sus oídos, lo que sintió no fue dolor de padre sino daño de apellido.

Marta me lo dijo así, sin rabia ya, con esa comprensión agotada que tiene para las cosas que no puede cambiar:

—Para él yo no hice algo malo. Fui algo malo.

Que es distinto. Lo que una hace se puede corregir, disculpar, tapar.

Lo que una es no tiene remedio. Y una hija que es lo que yo soy es un agujero en una reputación que él lleva cuarenta años construyendo.

Así que me apartó como se aparta lo que estropea la figura.

Ordenadamente. Sin escenas, que las escenas también manchan.

Un aquí así no, un intermediario, mi ropa recogida.

Y yo fuera de Madrid antes de que nadie en su círculo tuviera tiempo de preguntar demasiado.

Le pregunté si su madre lo sabía. Si había intentado detenerlo. Marta se quedó un momento mirando el suelo.

—Mi madre lleva treinta años queriendo a un hombre que toma decisiones que ella no puede contradecir.

Eso tiene un nombre y no es cobardía: es sobrevivencia.

Aprendió hace mucho tiempo qué batallas no se pueden ganar y cómo conservar lo suficiente para seguir en pie.

Me quiere. Siempre me ha querido. Pero el día que mi padre decidió que yo me iba, ella no tenía manera de ganar esa batalla.

Solo de perderla entera o de perder algo menos.

Eligió perder algo menos. No se lo reprocho.

Le costaría más de lo que ella cree. Lo sé.

Le pregunté si podía ir a verla. Negó con la cabeza, despacio.

—Si aparezco en Madrid, en casa de mi hermana, mi padre lo sabe en veinticuatro horas.

Y lo que él pueda hacer ahora, con el gobierno que hay, es más de lo que podía hacer cuando yo me fui.

Un coronel con contactos, en este país, en este momento, puede hacer mucho daño si quiere.

Y mi presencia también puede repercutirle a él.

No le llevaría ese riesgo a mi madre ni a mi hermana.

Y aunque pudiera ir sin que él lo supiera…

—aquí la voz le cambió de tono, más baja, más de adentro—: soy muy consciente de que es probable que esta sea la última enfermedad de importancia que mi madre tenga.

Y que yo no voy a estar cuando llegue el final.

Hay hijas que se van y luego vuelven. Yo no soy de esas.

Se quedó callada. Yo también. La lluvia de los primeros calores golpeaba la ventana, ese sonido blando de agua sobre la cal caliente de las paredes.

Y no había nada que decir que no saliera pequeño al lado de lo que acababa de decir ella.

Así que no dije nada durante un rato. Solo estuve.

Y luego, cuando sentí que podía decir algo sin que fuese poca cosa, le dije:

—Lo que hace usted, ponerse entre las personas que quiere y el daño que podría llegarles, eso también es una forma de quererlas.

No es lo mismo que estar, ya lo sé. Pero no es poca cosa.

Es la manera más difícil de querer: quedarse fuera para que los de dentro estén seguros.

Su madre lo sabe. Las madres saben estas cosas aunque no las digan.

Marta me miró un momento con una expresión que no le había visto antes. Como si le hubiera dicho algo que no esperaba que yo pudiera decir. Y luego asintió, muy despacio, y dijo:

—Usted ha crecido mucho, Irene. Y yo no siempre me doy cuenta.

Me puse colorada. Todavía me pongo colorada con ella después de todo. Lo cual me parece a la vez ridículo y completamente natural. Ella se rio algo cansada, y el peso de la tarde bajó un poco. Con un poco a veces basta para llegar a mañana.

2 de junio

Marta ha escrito a su hermana. Una carta corta, medida, con las palabras justas para que se sepa que está al tanto y que piensa en su madre, sin decir nada que no deba ponerse en papel.

Me la leyó antes de cerrarla. No vi nada que cambiar.

Ocho líneas que decían todo lo importante sin decir nada peligroso.

He pensado mucho estos días en el padre de Marta.

En que ese hombre vive en Madrid con su carrera y su apellido intactos, y que probablemente no piensa en ella más de lo que se piensa en algo que se resolvió.

Y que el daño que hizo sigue viviendo en ella cada día: en cada carta que no puede mandar, en cada enfermedad de su madre que le llega por conducto de desconocidos.

Esa es la cuenta de lo que hizo ese hombre. No la paga él. La paga ella.

Me ha dado rabia. Una rabia limpia, sin confusión.

Y después de la rabia, algo más parecido a la claridad: que lo que Marta cargó sola todos estos años, mientras yo todavía regaba geranios sin mirarlos, tiene una dimensión que no había entendido del todo hasta ahora.

Y que compartir esa carga, aunque sea un poco, desde aquí y desde ahora, es también lo que soy para ella. Eso también quiero ser.

12 de junio

Tenemos noticias de la madre de Marta: está mejor.

El recado llegó por el mismo conducto, breve, sin detalles, pero con suficiente información.

Marta lo leyó dos veces, lo dobló, lo guardó.

Y la calma en cierto modo ha vuelto a ella.

La calma de antes era contención. Esta es descanso.

Ya sé distinguirlas. Hoy sus ojos ya no estaban tan oscuros.

No me ha querido leer la carta, yo tampoco se lo he pedido, pero si me ha dicho que ha sido su hermana quien le ha escrito esas palabras, y que ha reconocido a la hermana con la que compartía confidencias antes de dormir.

Y que ella cuida de su madre por las dos, y que su madre sabe que ella está bien.

Ya está. Eso es todo. Y a mí me ha parecido suficiente, porque a Marta también le es suficiente.

Hoy sus ojos han recuperado el color del jazmín del cielo.

17 de junio

Hoy ha pasado algo que yo no esperaba, y que merece tinta. Que cada vez abro menos este cuaderno.