1972 #2
Madre siguió escribiendo hasta que no pudo escribir más, con la letra que se le fue encogiendo con los años pero que yo reconocía desde el primer trazo, y siempre guardaba el hilo: que estaba bien, que los geranios seguían, que Remedios mandaba recuerdos.
Volví a verla en la primavera del cincuenta y seis.
Estaba ya muy mayor, pero bien. Y al menos me llevo eso, aunque es una cuenta que no puedo saldar del todo: no haber podido estar más cerca, más veces, más tiempo.
Murió unos años después, en el sesenta y uno, se le complicó un catarro, en su cama, con Remedios a su lado, siendo incluso mayor que ella. No pude estar. Ese es el precio, cuaderno, y lo pago todavía, cada vez que lo pienso.
A padre lo pude ver un par de veces más en esos años, cada vez más encogido, más callado, más de las pocas palabras de siempre pero dichas con más cuidado, como quien sabe que las que le quedan hay que administrarlas bien.
Murió en el sesenta y seis. Yo tenía cincuenta y siete años. Marta, sesenta y seis.
Después de que padre falleciera, Remedios se fue a vivir con una sobrina suya, que la cuidó hasta el último día.
No nos volvimos a ver. El saber de Remedios no se perdió: está copiado en el segundo cuaderno, y en el tercero, y en todos los que vinieron después.
Eso sí lo pude hacer. Guardar lo que ella no podía guardar sola, tal como tú me guardaste a mí.
El único hilo que me queda con Córdoba es Carmen, con la que sigo escribiéndome a día de hoy.
Pudimos habernos ido de Dorres muchas veces.
Con los años, cuando ya teníamos edad y algo de dinero ahorrado, algunos amigos nos decían que nos fuéramos a vivir a una ciudad, a Perpiñán o más lejos, donde hay más vida, más gente como nosotras.
No les faltaba razón. Pero ni Marta ni yo quisimos nunca.
Este es nuestro sitio, cuaderno. Lo fue desde la primera mañana, con la ventana que da al sur y el vaso de agua sobre la mesa, y lo sigue siendo ahora, con el jazmín trepando por la tapia y las montañas guardándonos de los vientos que no queremos.
Hemos viajado, eso sí: a París una vez, a Barcelona ya en tiempos mejores, a Italia el año que cumplimos veinte juntas de estar aquí.
Pero siempre hemos vuelto. Y siempre ha sido un alivio volver, que es la mejor prueba de que un sitio es de verdad el de una.
Y en Dorres hemos tenido familia, aunque no fuera la de la sangre.
Annette y Josep, hasta que él también se fue, hace ya unos años.
Sus hijos siguen aquí. Son como nuestros hijos también.
Amaia y Maite, que siguen aquí, más ancianas que nosotras casi, todavía con el encaje y la leña repartidos entre las dos.
Los hijos de los vecinos, que nos llaman tías sin que nadie se lo haya pedido.
Una familia que se fue haciendo sola, año a año, sin boda ni bautizo que la fundara, pero tan real como la otra, la de antes.
Hace unos años nos llegó una carta que no esperábamos.
La firmaba un muchacho, ya no tan muchacho, hijo de la hermana de Marta.
Decía que había crecido oyendo hablar de una tía a la que nunca conoció, porque Marta salió de España antes de que él naciera, y que ahora, siendo ya hombre, con hijos propios, quería conocerla de verdad, si ella lo permitía.
Marta lloró leyendo esa carta, algo que yo he visto pocas veces en toda una vida juntas.
Le contestó enseguida. Y el muchacho vino, el verano siguiente, con su mujer y sus dos niños pequeños, y se sentó en nuestra cocina, y nos trajo la noticia de la muerte de su abuelo, del padre de Marta.
Y Marta lo miró un buen rato antes de decir nada, buscando en su cara algo de la hermana que llevaba tantos años sin ver de cerca.
Lo encontró, dijo después. Los mismos ojos.
La misma manera de callar antes de hablar.
A su padre ni siquiera le lloró. Me dijo una noche que las lágrimas por los que se han ido, se le habían agotado con los míos. Que ellos eran los que las merecían.
Volvimos a España al año siguiente, yo casi la obligué, solo para que pudiese volver a ver a su hermana.
Y la vio. Y cuando regresábamos en el tren, me dijo que recordaba que una vez me dijo que ella era de las que no volvía.
Y sin embargo, volvió dos veces para despedirse de su madre, y abrazar de nuevo a su hermana.
Y las dos veces lo hizo por mí. Me dio las gracias con el alma.
Desde entonces nos escribimos con él, y a través de él, también con su hermana, que ya es muy mayor pero que todavía manda alguna carta de cuando en cuando, con letra temblorosa pero la misma voz de siempre, según dice Marta.
La última vez que hemos vuelto a Córdoba, ha sido hace un par de años, en el setenta.
Ya se nos ha hecho un poco duro el viaje.
Fuimos a Sevilla, y pasamos por Córdoba.
Volví a ver a Carmen, y me pasé por la que va a ser mi casa para siempre, aunque en papeles no lo sea.
Estaba igual y distinta, que es como están las cosas cuando una las deja y vuelve muchos años después: la misma cal, la misma estrechez, los mismos geranios en las rejas.
Pero los geranios ya no eran los míos. La casa ya era de otros, que padre la había vendido en sus últimos años, cuando ya no podía llevar el almacén y no quedaba nadie de la familia para heredarla.
Entramos a pedir permiso y los dueños nos lo dieron, con esa hospitalidad cordobesa que sigue intacta, y estuve un rato en el patio de mi infancia, mirando la tapia del fondo donde había crecido el jazmín del cielo, y ya no estaba, que lo habrían arrancado en algún momento.
Pero yo sé dónde estuvo. Y sé dónde está ahora: aquí, en el jardín de Dorres, cubriendo la pared del fondo con ese azul del color de los ojos de Marta.
Marta se quedó quieta un momento en el centro del patio. Y luego me miró y dijo, muy bajito:
—Hicimos bien en irnos.
Y yo asentí. Porque era verdad. No porque Córdoba no valga, que vale muchísimo y la llevo entera dentro desde hace décadas.
Sino porque quedarnos había sido el fin de todo lo demás: del amor, de la libertad, de la posibilidad de ser las dos lo que somos.
Y allí, con el sol de Córdoba en la cara, entendí que el sacrificio —la familia, la distancia, las cartas tardías, los entierros que no pudimos hacer a tiempo— había tenido su peso y su sentido.
Habíamos protegido algo que no había manera de proteger de otra forma.
Voy a cerrarte ya, cuaderno. Ya sí que no queda espacio.
Te voy a guardar donde estabas, entre los libros de Marta, que es donde debes estar, porque sin ella tú no existirías, y sin ti, puede que yo tampoco fuera del todo quien soy.
Te voy a dejar ahí, para que sigas absorbiendo el aire de los años que queden, por si alguna vez alguien te encuentra y quiere saber cómo empezó todo esto que ahora es una vida entera.
Gracias por haber sido el primer sitio donde me atreví a decir la verdad.
Gracias por guardarla sin juzgarla nunca.
Y gracias, sobre todo, por enseñarme a nombrar las cosas, que es lo único que de verdad he sabido hacer bien en esta vida y lo único que he podido regalarle a los demás: a las mujeres del taller, a los niños de aquí, a la señora Planas y sus plantas, a cualquiera que se haya sentado a mi lado queriendo entender algo que no sabía cómo nombrar todavía.
Todo eso empezó contigo, en una tarde de octubre, con una malva abierta por la mitad y el miedo de no saber si iba a poder dormir esa noche.
Marta me llama desde el jardín. Me llama con esa voz que lleva décadas siendo la voz de mi casa, la voz que me dice que el café está, que sale el sol, que hay una flor nueva en el jazmín.
Cierro tus páginas y te dejo en tu sitio, y voy.
Voy, como he ido siempre que me ha llamado, desde aquella primera vez en la calle de los Judíos cuando se paró con su cesto de plantas y me dijo: usted es la de los geranios.
Sí. La de los geranios. La que ya sabe, después de todo, lo que son los geranios y por qué los regaba. La misma y otra. Siempre en camino.
Voy.