El jazmín azul 1933 #7
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1933 #7

—Irene, yo llevo un tiempo diciéndole que hay un tercer camino.

Y usted lleva un tiempo tomándoselo como una posibilidad lejana, un plan de reserva.

Hoy quiero pedirle que empiece a tomárselo como algo más urgente que eso.

No porque hayan ganado los que han ganado, que eso va y viene.

Sino porque hay algo en el aire de este país que no me gusta.

Llevo meses sin decírselo para no asustarla.

Pero hoy, después de lo de hoy, me parece más honrado decírselo: si las cosas siguen por donde van, puede llegar un momento en que el tercer camino no sea una elección sino la única salida.

Si las cosas toman el aire que parece que van a tomar, usted y yo vamos a estar en peligro.

Y para ese momento, prefiero que lo hayamos pensado con tiempo, que encontrarnos sin haber pensado nada cuando ya sea tarde.

Me quedé en silencio mucho rato, digiriendo eso.

Y luego le pregunté, directamente, qué veía ella que yo no veía.

Me habló del ambiente en Madrid, de cartas de gente que conoce, de cómo ciertos hombres hablan, de militares, de represalias, de movimientos que no son todavía nada concreto pero que a alguien que ha vivido lo que ha vivido le huelen a algo que va a crecer.

No me dio fechas ni nombres. Pero me dejó con una sensación que no tenía antes de que llegara: la de que el tiempo se acorta, y que cada día que pasamos sin decidir es un día menos que tendremos si un día necesitamos movernos deprisa.

Esta noche, en mi ventana, con el dondiego que ya no florece en invierno pero que sigue ahí, vivo, esperando su primavera, he pensado que a lo mejor el voto de hoy no es solo lo que parece: una papeleta en una urna, un resultado que decepciona.

A lo mejor es también un reloj. Una señal de que el mundo se está moviendo, despacio pero moviéndose, hacia algo que todavía no tiene nombre pero que viene.

Y que nosotras, Marta y yo, tenemos que estar listas para cuando llegue.

No sé si el tercer camino va a ser porque yo no pueda soportar lo que le he hecho a mi familia con la boda, o va a ser por algo más peligroso.

Pero sea lo que sea, esta noche ya no me parece lejano.

Esta noche lo veo al final de la calle, esperando.

Y no me asusta tanto como antes. Casi, solo casi, me parece una promesa. Buenas noches.

5 de diciembre

Hay una manera nueva en que Marta y yo hablamos desde noviembre.

Antes, cuando hablábamos del tercer camino, había una distancia entre las palabras y las cosas, como cuando una habla del tiempo que hará en verano estando en pleno enero: la conversación es real pero el verano no lo es todavía, está lejos, es una posibilidad sin peso físico.

Ahora el tercer camino tiene peso. Tiene nombres.

Tiene un cuaderno que Marta guarda en el cajón de debajo de los libros de botánica.

Me lo enseñó la semana pasada. Lo abrió sobre la mesa sin decir nada, y lo que vi me pareció a la vez enorme y pequeño.

No es un cuaderno como el mío, no tiene flores ni tachones ni confesiones.

Es un cuaderno de números y direcciones.

Tiene en ese cuaderno unas columnas de cifras que eran sus ahorros, lo que tiene y lo que necesitaría para viajar.

Y unos nombres: Piedad, y dos más que no conozco pero que ella conoce de Madrid. Una dirección en Barcelona.

Estuve mirando las columnas un rato sin decir nada. Luego le pregunté lo primero que me salió:

—¿Desde cuándo tiene este cuaderno?

—Lo tengo desde que me vine de Madrid. Pero no lo había abierto de nuevo hasta marzo. Desde que estuvimos en Sevilla. Lo he abierto por si acaso lo necesitamos.

Desde marzo. Saqué la cuenta: nueve meses.

Mientras yo seguía pensando en el plan como en una posibilidad lejana, ella llevaba nueve meses con columnas de cifras, pensando en un futuro.

Lo miré. Miré el cuaderno y luego la miré a ella, que esperaba sin impaciencia, con esa manera de dejar que las cosas aterricen a su propio ritmo.

—¿Y si yo hubiera dicho que no? —le pregunté—. ¿Si en algún momento hubiera dicho que no, que prefería quedarme, que podíamos con ello?

No tardó en contestar. Yo creo que ni se lo pensó, o lo tenía demasiado claro.

—Entonces lo habría cerrado —dijo—. Y guardado.

Por si algún día nos hacía falta o cambiabas de opinión.

—Me miró—. No le voy a pedir jamás que elija por mí, Irene.

Eso no se le pide a nadie. Si usted se queda, yo me quedo.

Y si usted corre peligro por mi culpa, yo me iré donde no pueda hacerle daño.

Pero si la decisión de ambas es la misma, este cuaderno tiene su razón de ser.

No lo tome con prisa, pero téngalo en cuenta.

Mi única intención es que esta columna tenga lo suficiente por si algún día lo necesitamos. Nada más.

Lleva nueve meses pensando lo que yo creo que empezamos a pensar ahora.

Eso me dice mucho de ella. Que mientras yo todavía me asustaba de nombrarlo, ella ya lo tenía en un cuaderno con columnas de cifras, y piensa en ahorrar lo suficiente por si acaso lo necesitamos.

Con lo que me creía yo que iba al paso de Marta.

Pues mira. Ella va allanando el camino, por si acaso tenemos que transitarlo.

No la puedo querer más. O sí.