El jazmín azul 1934
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1934

Remedios ha estado dos horas esta tarde enseñándome a hacer el aliño de las aceitunas.

Ni yo se lo he pedido, ni ella se lo ha propuesto.

Ha empezado porque yo estaba en la cocina sin nada que hacer y ella estaba con las manos en la salmuera y en algún momento ha empezado a hablar, que Remedios habla mientras trabaja con las manos, como reza, como si la boca necesitara hacer algo mientras los dedos hacen otra cosa.

Me ha contado que su madre le enseñó dos maneras: la de los pueblos del norte, con orégano y comino, y la de los del sur, con ajo y laurel y un pimentón que hay que buscar en el puesto del hijo de la Carrasca en el mercado porque el de los otros puestos no es igual.

Y mientras me lo decía yo pensaba que este saber también es de los que no están en ningún libro, de los que viven solo en las manos de las mujeres que los aprenden de otras mujeres, y que yo también debería apuntarlo en algún lado para que no se pierda.

Pero luego he pensado que apuntarlo no sería lo mismo.

Que el adobo de Remedios huele a su madre y a los años y a las aceitunas de su pueblo, y que eso no lo captura ningún papel.

Al final me ha dejado probar la salmuera con el dedo. Me ha sabido a Córdoba de toda la vida. Me ha sabido a seguir.

De Marta no he sabido nada hoy. De vez en cuando pasa eso: un martes entero sin cruzarnos, sin excusa de libro que traer o de pliego que devolver.

El martes existe igual. Los geranios del patio siguen vivos igual.

Y yo sigo siendo quien soy igual, aunque no la vea.

Eso también es nuevo, saber que se puede seguir siendo sin que ella esté delante.

Que su ausencia no me deshace. Que la llevo dentro aunque no esté.

Remedios ha guardado las aceitunas en el tarro de siempre. Mañana hay que esperar. Las aceitunas, me ha dicho, necesitan tiempo para aliñarse bien. Que si no les das tiempo, saben a cruda y a prisa, y eso no se lo hace una a una aceituna.

12 de febrero

Hoy madre me ha preguntado algo que no esperaba.

Estábamos cosiendo después de cenar. Dejó la costura en el regazo y me dijo, sin mirarme, con la vista en la aguja:

—Tu padre cree que deberíamos buscar otro partido. Hay un muchacho del barrio de San Basilio, familia de bien, que preguntó por ti.

Me quedé con el hilo en la mano, muy quieta, midiendo la respuesta.

—No, madre.

Solo eso. Ella no contestó enseguida. Siguió cosiendo. Y al cabo de un rato, todavía sin mirarme, dijo una cosa que me cogió por sorpresa:

—¿Qué vas a hacer con tu vida, Irene? No te lo pregunto para regañarte. Te lo pregunto de verdad. ¿Tienes algún plan más allá de aprender a ser maestra de algo?

Y no me lo ha dicho como acusación sino con preocupación de verdad, la de una madre que ve a su hija sin el camino que le había preparado y que de verdad no sabe qué viene después, porque llevo desde hace un año y medio excusándome con lo de ser maestra. Decidí en un segundo cuánta verdad darle:

—Tengo un plan, madre. Y estoy trabajando para conseguirlo. Si Dios quiere, algún día seré maestra, pero necesito tiempo para prepararme, y aquí, con los pocos libros que me puede prestar Doña Marta, no es fácil hacerlo. Me estoy buscando la vida, madre.

Madre me miró por fin. Me miró un momento largo, con una cara que todavía no sé muy bien qué quería decirme, porque parece que piensa una cosa, pero muestra otra.

Y luego volvió a su costura y no dijo nada más.

No preguntó si necesitaba algo más, ni de qué forma me estaba buscando la vida.

Lo aceptó, ese pequeño misterio que le ofrecí en vez de la verdad, y lo dejó estar.

Y en ese silencio suyo, que podría haber sido frialdad y que esta vez no lo era, sentí algo que llevaba meses sin sentir con ella: que me quería.

Que me quería aunque no me entendiera. Que a lo mejor, dentro de todo el frío de estos meses, no me había perdido del todo.

20 de marzo

Hemos fijado una cosa. No una fecha, que todavía es pronto, sino una condición: que si las cosas en España siguen empeorando, si lo que Marta huele en el aire se vuelve más concreto, nos iremos antes de que sea tarde para irse.

No es un plan de urgencia. Es un umbral: si pasa tal, actuamos.

Que tener el umbral fijado es distinto a no tener nada, aunque tal todavía no haya llegado.

Marta lo llama el momento de la adelfa. Me lo explicó el otro día, y es exactamente suyo, exactamente de ella, que explica las cosas con plantas porque las plantas son lo que mejor conoce y porque las cosas explicadas con plantas tienen una claridad que las palabras solas no tienen. Dijo:

—La adelfa florece en verano, cuando más calor hace, cuando más seca está la tierra.

No espera a que las condiciones sean perfectas.

Florece cuando tiene que florecer, aunque el momento parezca imposible.

Nosotras vamos a hacer lo mismo: cuando llegue nuestro verano, aunque parezca el peor momento para moverse, nos movemos.

El momento perfecto no existe. Existe el momento en que una ya no puede quedarse más.

El momento en que una ya no puede quedarse más. Lo escribo y lo pongo en la memoria.

Todavía no ha llegado ese momento. La primavera llega y Córdoba sigue siendo Córdoba, con su cal y sus geranios y su vigilancia de siempre, y Marta sigue dando sus clases reducidas y yo sigo ayudando a Remedios en los recados.

He decidido guardar los céntimos que puedo para contribuir a la columna del cuaderno de Marta, y leyendo libros de maestras, que madre me permite, para dar más pasitos.

La vida de fuera sigue casi igual que siempre.

La de dentro completamente distinta, porque ahora no solo buscamos la manera de vernos sin comprometernos, como hemos estado haciendo todo este tiempo.

Ahora también estamos preparando, esperando, con el cuaderno de números en el cajón y el umbral fijado y la adelfa lista para florecer cuando llegue su verano.

Hace dos años no tenía nada propio, y ahora tengo la intención de tener un futuro.

Antes de que Marta cerrara el cuaderno de números esa tarde, me preguntó una cosa que no esperaba:

—Si llegara ese momento ahora mismo, esta semana, ¿se iría?

Sin pensarlo, sin necesitar pensarlo dije:

—Sí.

Y ella cerró el cuaderno, lo guardó debajo de los libros de botánica, y se levantó a poner el café, como si lo que me había preguntado no fuese importante, a pesar de ser lo más importante que me ha preguntado en todo este tiempo.

Que es exactamente cómo ella dice las cosas importantes.

Sin darle importancia. Con el peso justo.

Eso también lo he aprendido de ella. Lo que me llevo de esa tarde, además del sí: que el cuaderno de números dice que todavía nos falta.

No mucho, pero falta. Sus ahorros y los míos juntos no llegan a lo que necesitamos para llegar y tener unos meses de respiro donde vayamos sin mirar cada céntimo.

Marta lo dijo sin drama, que es como dice todo: que pasar a otro con lo justo sería empezar mal, y que empezar mal en un sitio desconocido no es sensato.

Que necesitamos unos meses más. Que cada semana que pase cuente.

Que guarde lo que pueda. Lo apunto aquí para no olvidar que hay una columna que todavía no cuadra, y que lleva el nombre de nuestro futuro.

26 de marzo

Esta tarde he estado con Remedios pelando habas en la cocina.

Ella hablando de sus cosas y yo escuchándola, que es como mejor se pasan las tardes.

En algún momento Remedios ha dicho, sin venir a cuento, que las habas hay que recogerlas antes de que el sol las ablande.

Que lo que no se recoge a tiempo se pasa.

Y se ha quedado tan tranquila con su barreño.

Yo me he quedado con la frase, que Remedios no sabe que sus frases ya se me quedan para siempre.

Y hasta termino escribiéndolas aquí, porque no se me quitan de la cabeza.

Y he pensado que las habas son como el plan.

El cuaderno de números de Marta va creciendo poco a poco.

Yo guardo lo que puedo de lo que gano con los recados y algunos arreglos de costura que he empezado a hacer.

Despacio, pero va. Igual que las habas. Ya lo recogeremos antes de que el sol lo ablande.

3 de abril

Llevaba meses sin pasar nada del pasado de Marta, o nada que ella me contara, y yo había aprendido a vivir sin ese trozo de su historia que sabía que existía, el trozo que se reservó y no me contó, el que dijo que me debía y que me pagaría cuando pudiera.

No lo esperaba ya, o lo esperaba de una manera sorda, como se espera lo que se sabe que llegará sin saber cuándo.

Ha llegado hoy, sin aviso, traído por una carta.

Fui a casa de Marta por la mañana, con la excusa de siempre, y la encontré de pie junto a la ventana con una carta abierta en la mano y una cara que no le había visto nunca: la cara de quien acaba de recibir algo que esperaba temer y que sin embargo le ha dolido más de lo que calculaba.

Me vio entrar, no dijo nada, me puso la carta en la mano.

Y me dijo, con una voz más vieja y más cansada que la suya de siempre:

—Es de Elena. Ha tardado dos años y medio en encontrarme. O en atreverse a escribir. No sé cuál de las dos cosas.

La carta era corta. No voy a copiarla aquí porque no es mía, pero sí puedo decir lo que contenía, que Marta me lo fue contando ella misma, de pie junto a la ventana, despacio, como quien desata un nudo que lleva mucho tiempo apretado.