El jazmín azul 1933 #6
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1933 #6

Ya no tengo miedo de lo que quiero. Lo sé, lo nombro, lo busco.

Que eso suena simple y no lo es, que hay gente que se muere entera sin llegar a eso.

Yo lo tengo a los veinticuatro años, en una ciudad que no me lo pone fácil, con una familia que lo intuye y calla, con un mundo que no ha decidido todavía si va a ser amable con las personas como yo. Pero lo tengo. Y no lo suelto.

Lo que siento por Marta: ya no me atrevo a llamarlo con una sola palabra porque las palabras que conozco se quedan cortas.

Es más que el amor que conocía de las novelas, que ese es bonito pero simple.

Es quererla y admirarla y necesitarla y a veces desesperarme con ella cuando pone esa cara de quien mide hasta el último gramo de lo que da.

Es saber que está cuando la busco y saber también que no estará siempre de la misma manera, que la vida es complicada y que lo que tenemos es complicado y que eso no lo hace menos sino más: más real, más elegido, más mío.

Marta me dijo una noche de julio, sentadas en su patio con el dondiego de testigo, que las cosas que son de verdad no se van.

Pues esto no se va. Llevo dos años comprobando que no se va y cada verano que pasa lo compruebo más.

Buenas noches, verano del treinta y tres.

Has sido el mejor que he tenido. Y el más mío.

10 de octubre

Han convocado elecciones para noviembre.

Lo oigo en todos sitios, en la calle, en la tienda, en la radio que madre tiene encendida ahora casi todo el día desde que padre le explicó que votar es una cosa que hay que tomársela en serio.

Y yo lo oigo y siento cada vez una mezcla extraña: por un lado una emoción enorme, la de que por fin llegó lo que en octubre de 1931 oí anunciar por la radio, el voto que Remedios trajo del mercado como una noticia que no sabía si creer.

Han pasado dos años y aquí está, real, con fecha, con colegio electoral y todo.

Por otro lado, el miedo de siempre: que una cosa tan grande como votar pueda salir torcida.

Que nos lo den y que lo usemos para apretarnos el nudo nosotras mismas.

He estado hablando de esto con Marta, y también con Piedad en un par de cartas que ellas han cruzado desde el viaje de marzo.

Las dos dicen lo mismo con palabras distintas: que el voto no es el final sino el principio, y que el principio puede ser torpe, y que hay que estar preparada para que la primera vez salga mal sin dejar que eso apague lo que el gesto significa.

Piedad lo pone con más dureza: que a las mujeres nos han negado el voto con el argumento de que somos fáciles de manipular, demasiado influenciables, demasiado dóciles a lo que nos manden el marido y el cura.

Y que si ahora votamos lo que el marido y el cura nos digan, les estaremos dando la razón a los que no querían dárnoslo.

Que la primera obligación de quien vota por primera vez es votar con la cabeza propia. Con la suya, no con la prestada.

Recuerdo que una de las reuniones a las que asistimos en Sevilla, tuvo el tono de quien se prepara para un combate que lleva años esperando y que sabe que no va a ser fácil.

Se habló poco de lo del voto, pero se habló algo, y dijeron de cómo explicarle a las vecinas, a las primas, a las madres por qué su voto importa.

Una mujer mayor, de pelo blanco y manos de haber trabajado mucho, dijo algo que me llevé y que, por temor, no me atreví a dejar aquí escrito:

—Si nos dejan votar, ganar o perder no es lo más importante.

Lo más importante es que vayamos. Que se nos vea entrar al colegio electoral, que se nos cuente, que conste en las actas que las mujeres de este país existimos y tenemos opinión.

El primer voto no es solo una papeleta. Es una presencia.

Es decir: aquí estamos. Y eso, aunque perdamos, ya no nos lo pueden quitar nunca.

Me acordé de lo que le oí decir a Marta aquel primer día de clase, cuando abrió la malva por la mitad y nos dijo que saber el nombre verdadero de las cosas era la primera manera de que no nos engañaran.

El voto es eso: saber que tenemos nombre, que contamos, que existimos en el mapa.

Aunque el mapa todavía no nos dé todo lo que merecemos.

Ya estamos en él. Ya nos han puesto. Con lo que yo pensaba que el voto era una cosa de hombres, cuando Remedios lo trajo del mercado el primer día. Y mira tú a dónde he llegado.

19 de noviembre

Hoy he votado. Quiero escribirlo despacio, dejarlo aquí entero, porque es un día que no quiero perder.

Fui con madre por la mañana, que ella también quería votar, aunque no me dijo a quién ni yo le pregunté, que hay cosas entre madre y yo que siguen siendo de cada una y mejor que sigan así.

Llegamos al colegio electoral, que era el local de siempre, el de las reuniones del barrio, pero ese día con una mesa y unos hombres sentados detrás y una urna, y una cola de mujeres esperando.

Algunas nerviosas. Algunas charlando como si tal.

Todas con el semblante serio de quien lleva algo grande en el bolsillo.

Porque todas llevábamos algo grande: nuestra papeleta, doblada, guardada desde la noche anterior como se guarda una cosa que vale.

Cuando me llegó el turno me acerqué a la mesa, di mi nombre, me buscaron en el censo —en el censo, mi nombre escrito, Irene Carmona Aguilar, ciudadana con derecho a voto, que eso hace un nombre en un censo: te convierte en alguien a quien hay que contar—.

Me quedé un momento quieta con mi papeleta en la mano y la cara de esos hombres mirándome, y sentí que me temblaba la mano.

No de miedo. De peso. De la conciencia de estar haciendo algo que todas las Irenes que hubo antes que yo no pudieron hacer.

Que lo estaba haciendo por primera vez, y que la primera vez de algo tan grande no se borra nunca.

Metí el sobre en la urna. Me fui sin decirle nada a nadie, porque no encontré las palabras para decirle ni siquiera a madre que lo que acababa de pasar era lo más grande que había hecho en toda mi vida de veinticuatro años.

Bastante más grande que casarme, bastante más grande que cualquier cosa de las que me habían preparado para considerar importantes.

Voté. Yo. Irene Carmona, la de los geranios, la que no daba trabajo. Voté.

Quiero guardar también una cosa pequeña de ese momento antes de votar, porque las cosas pequeñas son las que se olvidan y no deben olvidarse.

Con la papeleta en la mano, pensé en Remedios.

No sé por qué, o sí sé: porque Remedios es la mujer más sabia que conozco y sin embargo nunca ha votado ni votará, porque nadie le enseñó a leer y porque el censo la ha ignorado toda la vida como ignora a millones de mujeres que saben cosas que no están en ningún libro.

Pensé en la madre de Remedios, que le enseñó los nombres de las plantas cuando aún no había papel donde escribirlos.

Pensé en la abuela, en sus manos frías en la misa de siempre.

Pensé en todas las mujeres que fueron antes que yo y que no tuvieron esto, esta papeleta, este instante de estar sola con su decisión sin que nadie pudiera mirarla.

Y sentí que no votaba solo yo. Que votaba también por ellas, por las que no pudieron, por las que no supieron, por las que murieron sin que nadie les preguntara su opinión de nada que importara.

Que mi mano temblando era también la suya, puesta por fin donde debía estar.

Y pensé en Marta, claro. En que ella lo hacía también, en otro colegio, en otra parte de Córdoba, con su nombre en otro censo.

Irene Carmona Aguilar y Marta Salgado Quiroga, las dos en la misma mañana de noviembre, las dos poniendo su papeleta en la misma España.

No sé si ese pensamiento hace el momento más bonito o más agridulce: somos dos mujeres que se quieren como nos queremos, y hoy hemos ejercido el mismo derecho por primera vez, pero que, al salir del colegio electoral, volvemos a ser lo que somos.

Dos mujeres que tienen que ir por separado por la calle, que no pueden cogerse de la mano, que siguen siendo clandestinas en todo salvo en esto, en el voto, donde al menos por hoy fuimos iguales a cualquiera.

Es poco y es mucho. Es la vida que tenemos.

20 de noviembre

Los resultados han llegado y han ganado los que Marta y Piedad temían que ganaran. Lo oigo en la radio, lo leo en la cara de padre cuando vuelve del almacén, lo noto en el silencio de madre durante la cena. Duele. No voy a decir que no duele, que sería mentira.

Pero recuerdo lo que dijo la mujer del pelo blanco en Sevilla: lo importante no era ganar sino ir, constar, que se nos contara. Eso lo hicimos. Eso nadie nos lo quita ya.

Pero hay otra cosa que me pesa más que el resultado, y que no he podido quitarme de encima en todo el día.

Marta vino a verme esta tarde, aquí, a mi patio, y madre lo permitió.

Vino con la excusa de entregarme unos libros de maestras, para que vaya leyendo, y formándome, y en un despiste de madre, hablamos de las elecciones, y de España, y de cómo el aire lleva ya un tiempo cambiando de una manera que ella conoce, que ha olido antes, que le recuerda a conversaciones que tuvo en Madrid antes de que todo se complicara.

Y me dijo, seria, más seria de lo que la he visto en mucho tiempo: