El jazmín azul 1933 #5
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1933 #5

Porque esta vez fui yo. Eso es lo que tengo que guardar aquí, aunque me cueste escribirlo, aunque la tinta me pese un poco: que esta vez no esperé a que Marta marcara el camino.

Que fui yo quien supo lo que quería y fue a por ello.

Y eso, que parece una cosa pequeña, no lo es.

Descubrir que el deseo también es mío, que no es solo algo que me pasa cuando ella lo despierta sino algo que vive en mí con nombre propio y con voluntad propia, eso es una cosa que no sabía de mí misma hasta esta noche.

Que no soy solo la que aprende. Que también soy la que quiere.

No fue como la primera vez, que fue todo asombro, aprender de golpe que el cuerpo sabe cosas que la cabeza no sabe.

Tampoco como las veces de después, en que me dejaba llevar porque dejarme llevar era lo más honesto que sabía hacer.

Esto fue distinto. Esto lo hice yo, deprisa y sin pensarlo, que es la primera vez en mi vida que hago algo sin pensarlo, que soy de las que piensan hasta cuando no hace falta.

Esta noche no pensé. Esta noche solo supe, y fui, y Marta me dejó, y eso también lo guardo: que me dejó.

Que cuando fui ella no puso distancia ni midió ni esperó.

Que también la encontré a ella al otro lado, con las mismas semanas encima y el mismo fuego sin sitio.

Y ya no hubo quien guiaba a quién ni un turno que respetar.

Solo estábamos las dos, el calor de julio, el dondiego abriéndose en la ventana, y una Irene que hasta esa noche no conocía y que resulta que también existía, que también era mía, que también sabía.

En algún momento de la noche, ya muy tarde, con los grillos cantando en el patio, hablamos, porque yo le pregunté si ella a mi edad era así, como yo, y cometía esas locuras. Y me dijo, muy bajito:

—Lo que usted hizo con veintidós años… yo no lo hice hasta los veinticinco. Pasé años creyendo que si no le daba nombre quizá se iba. Y no se fue. Las cosas que son de verdad no se van, Irene. Pero se pierde mucho tiempo esperando que se vayan.

Le pregunté si había tenido miedo alguna vez de que yo me asustara y me fuera. Tardó en contestar.

—Todos los días —dijo—. Al principio, todos los días. Luego menos. Luego casi ninguno. Ahora ya no.

Ahora ya no. Lo ha dicho con una voz que no era la voz de la maestra ni la de la mujer que mide cada cosa que da. Era la voz de Marta a secas. Y yo, que llevo un año y medio aprendiendo a quererla, siento que esta noche aprendí un trozo nuevo de esa lección.

He vuelto cuando el cielo empezaba a aclarar por el este, ese gris previo al amanecer que no es todavía luz.

Las calles de la Judería estaban completamente vacías.

He subido la escalera de puntillas, con el corazón en la garganta de miedo de que crujiera algún peldaño, de que se oyera una puerta, de que Remedios estuviera levantada ya.

No ocurrió nada. He entrado al cuarto, he cerrado despacio.

Me he metido en la cama. Y solo entonces, con las sábanas encima y la puerta cerrada, el corazón ha aflojado un poco.

No lo volveré a hacer así. O sí lo volveré a hacer.

No lo sé todavía. Pero esta noche ha valido exactamente lo que costaba, y lo que costaba era bastante.

22 de julio

Quiero apuntar una cosa que ha dicho Marta hoy y que me ha dado muchas vueltas en la cabeza desde entonces, porque tiene dentro más de lo que parece a primera vista.

Estábamos en su casa, en el rato que nos roban al calor del mediodía mientras Córdoba duerme, que ya he encontrado otra excusa nueva con madre, la de ayudar a la maestra con sus clases a las chicas nuevas y a las mujeres trabajadoras, así aprendo el oficio bien.

Y yo le estaba leyendo en voz alta un trozo de una carta de Piedad, que había llegado por la mañana y que hablaba de la situación en Madrid, de cómo el ambiente en ciertos círculos empieza a ponerse tenso, de gente que empieza a mirar hacia afuera.

Y Marta me escuchaba, callada, con esa manera suya de escuchar que es no interrumpir pero tampoco estar lejos, estar muy presente sin decir nada.

Y cuando terminé, sin que viniera a cuento, dijo:

—¿Sabe lo que más me gusta de este verano?

No lo sabía. Le pregunté qué.

—Que usted lee las cartas de Piedad como si fueran también suyas. No como quien escucha noticias de otro mundo, sino como quien recibe información de algo que le incumbe directamente. No lo hacía en marzo. Lo hace ahora.

Me quedé pensando. Tiene razón, que casi siempre la tiene.

En marzo, cuando llegué a la reunión de Piedad, escuchaba con asombro, con la sensación de estar viendo algo que existía pero que no era del todo mío.

Ahora leo las cartas de Piedad y pienso: esto me afecta.

Lo que pasa en Madrid me afecta. Lo que se está gestando en este país me afecta.

No porque me lo hayan explicado, sino porque ya sé que estoy dentro, que formo parte de las personas a las que ese mundo les va a pedir cuentas si las cosas se tuercen.

Eso es lo que ha pasado este verano, creo, sin que lo haya ido contando en este cuaderno, porque no siempre se ven las cosas mientras están ocurriendo.

Este verano he dejado de mirar desde fuera y he entrado dentro.

En todo. En lo de Marta, en lo de Piedad, en lo que soy y en lo que quiero que sea mi vida.

Ya no ando partida en dos, una parte guardada y otra dando la cara.

Ya solo hay una Irene, la de siempre, que ahora sale cuando hace falta, que cada vez hace falta más a menudo, y que ya no me avergüenza que se note.

6 de agosto

Otra vez de noche. Otra vez con el cuaderno abierto y el corazón aún en marcha de lo que ha pasado.

Esta noche ha sido distinta a la del otro día.

Esta vez no me he escapado sola y de madrugada: hemos salido las dos, de noche sí, pero a una hora que todavía tiene excusa.

Le dije a madre que iba a casa de Lola, que en verano Lola se queda despierta hasta las tantas y que con el calor nos gusta sentarnos en el portal.

Madre dijo que no llegara tarde. Que de acuerdo.

Marta me esperaba en la esquina de siempre, plantada ahí como si llevara toda la vida esperando en ese mismo sitio.

Y entonces me dijo adónde íbamos. Al Guadalquivir.

No a la orilla de siempre, no al paseo donde hay gente incluso de noche en verano.

A un sitio que ella conoce, más arriba, donde la ribera se ensancha y hay hierba alta y en los días de julio huele a agua y a tierra caliente.

Un buen rato de camino. Sin que nadie nos viera salir juntas del barrio, sin que nadie supiera que íbamos allí.

Yo la miré. Ella me miró. Y dije que sí.

Lo llamó «un paseo». Yo lo llamo lo que es: una rebeldía. Las dos lo sabíamos. Ir al río a esa hora, tan lejos del barrio, sin decirle a nadie la verdad de dónde íbamos: eso es saltarse todas las reglas que se supone que tiene que cumplir una muchacha como yo. Y las dos lo elegimos a sabiendas.

Fuimos a pie, una caminata larga, casi sin hablar, solo caminando juntas en la oscuridad. Y cuando llegamos nos sentamos en la orilla y estuvimos mirando el río mucho rato. De noche suena distinto, más grave, y se ve más ancho y más negro que de día, como si sin nadie mirándolo se soltara más.

Marta me cogió la mano. Nada más. Solo eso, la mano, callada, mirando el río.

Y pensé, tan clara como pocas veces me pasa, que si alguien me viera en ese momento —yo, Irene Carmona, la que no daba ningún trabajo, la que se iba a casar con un hombre bueno— no entendería nada de lo que estaba viendo.

Y que eso que no entendería es lo más honesto que he sido en toda mi vida.

En un momento Marta se volvió a mirarme. Y le dije, porque esta noche tenía ganas de decirlo en voz alta, aunque fuera bajito, aunque solo lo oyera el río:

—Esto es lo que quiero. Esto. No algo parecido, no algo que se le acerque. Esto exactamente.

Marta no contestó con palabras. Me apretó la mano y me besó, allí en la oscuridad, con el río a nuestros pies. Esa rebeldía ya era nuestra, de las dos, para quedarse.

Llegamos de vuelta al barrio cerca de la medianoche.

Todavía había alguna vecina a la puerta tomando el último fresco del día.

Nos separamos dos calles antes de la mía para no entrar juntas.

Entré por mi puerta con toda la naturalidad del mundo, como quien vuelve de casa de Lola.

Madre ya estaba guardando su silla. No podía siquiera imaginarse de dónde venía.

Ir tan lejos, tan tarde, las dos solas. Si nos hubiera visto alguien del barrio en el camino al río no había excusa que valiera. Y sin embargo lo hicimos. Y no me arrepiento. Del río, menos todavía.

3 de septiembre

El verano se acaba. Lo noto en el color de la luz a última hora de la tarde, que en septiembre ya no es tan blanco, sino algo más dorado y más cansado. Los higos maduros en las higueras del camino. El primer fresco de madrugada, que todavía no es frío pero ya lo avisa.

Quiero escribir un balance de este verano, aunque no sé muy bien si los balances se le hacen a los veranos o si simplemente se viven y se dejan marchar.

Pero necesito que quede en papel lo que ha pasado, porque las cosas que no se escriben se acaban olvidando un poco, se quedan borrosas, y este verano no quiero que se me quede borroso.

Lo que ha pasado: he aprendido a escaparme.

No solo a la orilla del río o a la esquina oscura, sino en un sentido más amplio: he aprendido a hacer las cosas que no le tocan a Irene Carmona, hija de Eduardo y Dolores, vecina de la calle de los Judíos.

Las que no están previstas para una muchacha como ella.

He salido de madrugada ocho veces este verano.

Ocho veces he cruzado la Judería dormida para ir a donde tenía que ir.

Ocho veces he vuelto sin que nadie se enterara.

Y en esas ocho madrugadas he tenido más vida real que en todos los años de antes juntos.