1933 #4
Pero sobre todo me llevo esto: estas noches. Esta respiración al lado. Este peso en el colchón. Los «buenos días» en voz baja con la luz de la ventana. El calor de su cuerpo. Eso no se lo lleva el tren. Eso es mío para siempre, aunque mañana haya que volver a ser las personas que se ven de día.
Cierro el cuaderno. Buenas noches, Sevilla, que airean. Buenas noches, Marta, que duermes ahí y no sabes que estoy escribiendo esto. O si lo sabes, que ya te he pillado con un ojo abierto. Ya voy, mi amor.
Una hoja de naranjo del patio de naranjos de Sevilla.
24 de abril
No he escrito mucho en estos días, perdóname cuaderno, pero he tenido la cabeza en otras cosas.
Ha pasado más de un mes desde Sevilla y todavía la llevo dentro de una manera que no esperaba.
No como un recuerdo bonito, sino como una medida.
Ahora mido las cosas con la vara de Sevilla: ¿esto valía allí?
¿Esto me lo permitía allí? Y cuando la respuesta es sí y aquí no, ya no me conformo tan fácil.
Me entran unas ganas de removerlo todo que antes no tenía.
La casa ha cambiado de temperatura desde el invierno.
No sé si es la primavera, o el tiempo que va pasando, o que madre ha decidido, en alguna parte callada de ella misma, que ya está bien de duelo por lo de Rafael y que hay que seguir viviendo.
El caso es que los silencios del desayuno ya no pesan igual.
Madre me preguntó ayer, de nuevo, qué cosas había visto en Sevilla, así, sin más, mientras pelaba patatas.
Porque en los primeros días de mi regreso apenas quiso saber nada.
Así que ahora sí le he podido contar lo del colegio de formación, lo que Piedad me había enseñado sobre la enseñanza de adultas, todo lo que era verdad aunque no fuera todo lo que vi allí.
Y madre asintió y dijo que bien, que le parecía bien que yo me buscara una salida.
No preguntó más. Pero preguntó algo, que ya es más de lo que había preguntado en semanas.
Y otra cosa: padre me paró esta semana en el patio y me dijo, casi sin mirarme, que Rafael se había marchado a vivir a Priego.
Que no me lo decía por nada, solo para que lo supiera.
Le di las gracias. Y cuando se fue al almacén me apoyé en la pared un momento, porque la noticia me pesó y me alivió a la vez: la pena de la culpa que todavía llevo por lo de Rafael, y el alivio de saber que ya no me lo voy a encontrar de golpe en la esquina de la calle Gondomar. Las dos cosas juntas. Como siempre.
9 de mayo
Tengo veinticuatro años desde el martes. No lo he escrito hasta hoy porque los cumpleaños me dan una pereza enorme de contar y no me había dado el cuerpo para el cuaderno. Pero lo quiero dejar apuntado porque este es el primer cumpleaños en el que he notado la diferencia.
El año pasado, a los veintitrés, lo celebré con la familia y con el corazón en dos sitios, como tenía todo entonces: la mitad en la mesa y la otra mitad pensando en otra cosa.
Este año ha sido distinto. No porque haya sido una gran celebración, que no lo fue, que fue la merienda de siempre con la tarta de almendra de Remedios.
Sino porque me he sentado a la mesa entera.
Sin un trozo de mí puesto ahí y el resto en otra parte, como me pasaba antes sin que yo supiera ponerle nombre.
Solo yo, comiendo tarta, sin nada escondido debajo de la mesa.
Con lo que cuesta eso y con lo que vale.
Marta me ha dado un libro, de los suyos, con una nota dentro.
La nota decía solo: «Para la de los geranios, que ya sabe cómo se llama».
Nada más. La he leído diez veces. La guardo doblada en el cuaderno aunque ya me la sé de memoria.
Con lo que me creía yo que los regalos importantes tenían que ser grandes, y resulta que el más grande que he recibido este año es una sola línea en un papel pequeño.
15 de junio
Ha empezado el calor de verdad y con él la vida de verano, que en Córdoba es una vida completamente distinta a la del invierno.
El calor aplasta el mediodía, sí, pero lo que este verano tiene de nuevo es lo que pasa después de las once de la noche.
Cuando el calor afloja un poco, las mujeres del barrio sacan las sillas de enea a los patios o a la misma calle, como siempre, y allí se están hasta las doce o la una, tomando el fresco, hablando bajito, oyendo el agua de las fuentes.
Madre lo hace también. Remedios también. Es lo que hay.
Y resulta que eso, que al principio me parecía un problema, se ha convertido en la excusa perfecta.
Porque si todas las noches hay vecinas en la calle y nadie se acuesta antes de las doce, es perfectamente normal que una muchacha del barrio salga a tomar el fresco y dé un paseo.
Le digo a madre que voy a ver si Carmen está aún despierta, o que me llego hasta el portal de Lola, o simplemente que voy a dar una vuelta porque no me entra el sueño con el calor.
Y madre dice que sí, porque todas las noches hace lo mismo en el patio de alguna vecina.
Así que esta noche he salido. Con mi excusa preparada, con toda la normalidad del mundo, como una muchacha que va a tomar el fresco. Y Marta me esperaba dos calles más abajo, en un portal donde la farola no llega bien.
La noche de Córdoba en verano es otra cosa que de día no se ve.
La piedra blanca a la luz de los faroles, el olor del azahar que todavía queda en algunos patios, ese silencio que en realidad no es silencio del todo sino una capa de ruiditos pequeños.
Caminamos sin prisa, muy cerca, sin agarrarnos porque la calle es la calle aunque vayamos por sitios donde hay menos gente.
Hablamos de las clases nuevas que va a dar a mujeres que trabajan, hasta que llegamos a la Calleja del Pañuelo, y no había ni un alma, se paró y me miró, y yo también me paré.
Y como vi que no había nadie, ni se intuía que alguien pudiese oírnos allí, la besé.
Sin pensarlo mucho. Un beso corto, en lo oscuro de esa calleja, con el calor de la noche encima y la piedra tibia de la pared detrás.
Y cuando me aparté, Marta me miraba con una cara que no le había visto nunca.
Ni de miedo ni de esa cautela suya de siempre.
Otra cosa, más simple y más grande, como si se hubiera rendido, pero de la manera buena, la que no duele.
—Irene —dijo, muy bajito.
—Ya, ya lo sé —le contesté.
Y seguimos andando. No hizo falta decir nada más.
Volví antes de las doce, cuando todavía había vecinas en los patios, con toda la normalidad del mundo, como quien ha dado una vuelta a tomar el fresco.
Madre ni me preguntó por Carmen. Me subí a la cama con el corazón todavía dando saltos.
Pero esta vez sin el miedo de siempre. Solo el ruido de dentro, que no es poco, pero que ya sé que es alegría y no otra cosa.
5 de julio
Llevo semanas con algo dentro que las salidas cortas a tomar el fresco ya no calman.
No lo había escrito porque hay cosas que da pudor ponerlas en papel incluso aquí.
Pero lo escribo porque si no lo escribo no soy honesta conmigo, y la honestidad con una misma es lo primero que me enseñó este cuaderno.
La verdad es que los besos robados en la calleja sin luz ya no me bastan.
Las manos cogidas la noche que nos hemos ido hasta el río, ya no me bastan.
Estamos siendo tan comedidas, que la veo cada cuatro o cinco días, cuando podemos escaparnos por la noche unos minutos, o cuando le devuelvo algún libro, que ya ni leo.
La esfinge maragata ya ha ido y vuelto tantas veces de la casa de las Pérez a la calle de los Judíos, que la mismísima Concha Espino se sabría el camino de memoria.
Uso el libro de salvoconducto. Cualquier excusa me vale para intentar verla o estar con ella, y últimamente parece que hay más ojos que geranios en este barrio.
Marta me dice que tenga paciencia, que ya todo se está asentando, pero hay algo dentro de mí que este verano ha despertado de un modo que no tiene que ver con las ideas ni con la política. Algo que es puro cuerpo, puro fuego.
Así que esta noche me he escapado de verdad.
No a tomar el fresco con excusa preparada.
Esta vez sin excusa. Sin decirle a nadie a dónde iba.
Esperando a que madre, padre y Remedios estuvieran dormidas de verdad, profundo, antes de moverme.
Las calles estaban casi vacías ya, pasada la una.
Solo algún gato y los faroles y el eco de mis pasos en el empedrado.
He caminado pegada a las paredes, despacio, rezando para no cruzarme con ninguna vecina trasnochadora ni con nadie de quien me importara que me viera.
Si alguien me hubiera visto, no había excusa que valiera.
Era demasiado tarde para el fresco. Era demasiado tarde para todo lo que una muchacha de bien hace a esas horas en Córdoba.
Y lo sabía, y fui igual. Eso también lo guardo.
Tres golpes en su puerta, la señal de siempre.
Me ha abierto despierta, con la luz baja del cuarto al fondo.
Y me ha mirado. Y yo la he mirado. Y no ha hecho falta decir nada, porque Marta también lleva semanas sabiéndolo y las dos lo sabíamos y ninguna lo había dicho, que a veces las cosas más grandes se dicen cuando una cruza una calle a la una de la madrugada con el calor de julio en los pulmones y tres golpes en una puerta.
No voy a escribir todo lo que pasó esta noche, que hay cosas que son de dentro y se quedan dentro.
Pero sí voy a escribir cómo fue, el tono, porque eso sí lo quiero guardar.
Llevaba semanas con un fuego que no sabía dónde poner, semanas de besos robados y manos cogidas y despedidas en portales que me dejaban con más dentro de lo que tenía antes de llegar.
Y esta noche ese fuego encontró sitio y no pidió permiso y no esperó a que nadie le dijera cómo.