El jazmín azul 1933 #3
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1933 #3

12 de marzo — mediodía

Aprovecho que Marta está en el aseo para escribir esto rápido, que si no, no lo escribo y necesito escribirlo.

He dormido a su lado. He dormido a su lado y me he despertado a su lado y hay que ver lo que puede caber en esas dos frases tan cortas.

La primera hora tardé en dormirme porque el corazón no me dejaba.

No de miedo ni de nada malo: de tener demasiada conciencia de lo que tenía al lado.

El calor que da un cuerpo. La respiración.

Los pequeños movimientos de alguien que se acomoda sin despertar.

Y en algún momento sin saber cuándo me quedé dormida, y esta mañana me ha despertado la luz de la ventana y he tardado un segundo en saber dónde estaba.

Y luego lo he sabido. Y el segundo siguiente he mirado al lado.

Marta ya estaba despierta. Y al notarme moverse me ha mirado y ha dicho, bajito:

—Buenos días.

Solo eso. Y me han parecido las dos palabras más bonitas que me ha dicho en la vida, con todo lo que me ha dicho.

Quiero despertar así el resto de mi vida. Con esa luz. Con ese «buenos días». Estoy deseando que llegue la noche para volver a dormir.

Ya viene. Cierro.

14 de marzo

Que esté aquí no me lo creo del todo todavía. Y eso que llevamos ya unos días. He dormido varias noches en esta pensión que huele a cal y a río, abrazada a una mujer, he salido a la calle con ella sin mirar antes si había alguien conocido en la esquina. Y aun así.

Córdoba aprieta. Eso lo sabía, pero no sabía cuánto, que una no lo sabe hasta que se quita de en medio.

Mira tú: llevo unos días sin notar el peso en los hombros.

Sin calcular si el de enfrente suma dos y dos.

Sevilla no es libre, que en ningún sitio lo es para lo que somos.

Pero Sevilla es grande, y en lo grande hay sitio para perderse.

Córdoba te vigila porque te conoce. Sevilla te deja en paz porque no le importas.

Y eso —que suena a cosa triste— ahora mismo me parece el mayor lujo del mundo.

Marta conocía gente aquí más allá de Piedad. No me lo había dicho del todo, que ella siempre insinúa lo que no dice. Pero la más cercana es Piedad.

Piedad no es lo que me imaginaba. Me la había hecho más grande en la cabeza.

Es menuda, con el pelo muy corto y unas manos que no paran quietas y una manera de hablar como si las palabras no le alcanzaran el ritmo al pensamiento.

Tiene un círculo de mujeres, reuniones discretas en casas de confianza a las que se llega por presentación y no por cartel.

Cosas de las que en la calle de los Judíos ni se imagina que existen.

Cuando nos recibió me miró un rato largo, como evaluando, y luego le dijo a Marta: «Bueno. Ya veo por qué». Y Marta se rio, bajito, con esa risa verdadera. Después he entendido que con Piedad es lo mismo: no separa las dos cosas.

Ayer por la tarde fuimos a una de las reuniones de Piedad.

Tenía los nervios de las primeras veces.

Éramos quizá doce, de edades distintas, había una mujer ya mayor de pelo gris que me tenía embelesada por cómo se expresaba, y todas hablaban con la cabeza levantada, sin bajar la voz, sin pedir permiso.

Hablaron del voto, que está más cerca que nunca.

De lo que el voto no cambia si no cambia el resto.

De lo que vendrá y de lo que habrá que ir a buscar.

Yo fui siendo la más joven y la que menos sabía.

Así que escuché más que hablé. Pero en un momento Piedad me preguntó directamente de dónde venía y por qué estaba allí.

Le dije la media verdad que ya domino, y que ella ya debe conocer, pero no el resto: que venía de Córdoba, que una buena maestra me había abierto los ojos, y que ya no podía cerrarlos.

—Esa es la mejor manera de llegar aquí —me dijo—. Las que llegan porque les han explicado las ideas ya tienen el mapa, pero les falta el terreno. Las que llegan porque alguien les abrió los ojos tienen el terreno, y el mapa lo aprenden solas. Usted es de las segundas. Bienvenida.

Sentarme en aquella sala y oír hablar a doce mujeres con la cabeza alta y sus propias ideas ha sido una de las cosas más grandes que he vivido.

Existe. Existe de verdad. Y yo ya no estoy mirándolo desde la reja, sino dentro.

Madre decía que eran tonterías de Madrid.

No madre, no son tonterías. Es dignidad.

Esta mañana me ha despertado la luz y Marta ya estaba despierta.

«Buenos días.» Bajito. No creo que me acostumbre nunca a eso, y eso es lo que más me gusta, porque me llega cada mañana como un regalito.

Remedios me da los buenos días cada mañana, y no es lo mismo.

Y después hemos salido a caminar por la orilla del río antes de volver con Piedad.

Marta me ha contado cosas de Sevilla que no vienen en los libros y yo la escuchaba pensando: ésta.

Ésta que camina suelta, que cuenta cosas sin medir las palabras.

Ésta es la que más me gusta de todas las que tiene.

15 de marzo

Anoche, después de la reunión, Marta y yo hablamos hasta muy tarde en la pensión, con el balcón entreabierto y Sevilla respirando afuera.

Y hablamos de algo que nunca habíamos hablado del todo: de lo que significa vivir siendo lo que somos, a largo plazo, no en los días robados ni en las tardes clandestinas, sino de verdad, con el peso de todos los días y todos los años. Cómo se vive así. Si se puede.

Marta me habló de lo que ha aprendido de las mujeres como Piedad, de las que eligieron vivir su verdad al precio de renunciar a casi todo lo demás: a la familia, al nombre limpio, a la tranquilidad.

Y me dijo que no se trata de que sea fácil.

Que no lo es. Pero que hay una diferencia entre la soledad de quien ha elegido y la soledad de quien ha sido borrada.

La primera duele, pero es tuya. La segunda anula.

Y que entre las dos, la primera siempre.

Siempre la soledad que es tuya. Pero también me dijo algo que no se me olvida, y es que no todas pierden cuando eligen vivir su verdad.

Que ella conoce algunas que lo han elegido, y sus familias la quieren igual, y la cuidan, y se protegen.

Que son pocas, pero que las hay. Y eso me ha calentado un poquito el corazón, y he pensado en madre.

Que yo no sé hasta donde ella sería capaz de soportar, pero si sé que me va a querer siempre.

Le pregunté si era feliz, así, viviendo como vive desde Madrid, porque ella no es una de esas privilegiadas. Y se quedó pensando mucho rato antes de contestar, que ella nunca responde a lo primero, siempre masca las preguntas antes de devolverlas. Al final dijo:

—Feliz es una palabra muy grande para lo que tengo la mayor parte del tiempo. Pero tengo algo que vale más que la felicidad fácil, que es la integridad.

Sé quién soy. Me acuesto cada noche siendo la misma que me levanté.

No tengo que recordar qué mentira le dije a quién ni fingir nada para nadie.

Eso, Irene, que parece poco, es en realidad todo.

Porque la felicidad va y viene, nadie la tiene siempre; pero la integridad, o la tienes o no la tienes, y si no la tienes, de nada sirve lo demás.

—Y me miró.— Usted ya la tiene. Desde octubre la tiene.

Y eso no se lo quita nadie, ya pase lo que pase.

Me quedé con esa palabra: integridad. Me la llevo de Sevilla también, junto con una hoja de naranjo.

17 de marzo

Esta mañana Piedad nos llevó al mercado de la Encarnación. Marta en el mercado es una persona distinta a Marta en el cuarto de las Pérez. Esto lo apunto porque no tenía manera de saberlo y me parece importante guardarlo.

Se paró delante de un puesto de especias y se quedó allí cinco minutos leyendo los tarros como si fueran libros, con las manos detrás de la espalda, inclinándose un poco hacia delante, murmurando cosas en voz baja que yo no llegué a oír.

—¿Qué dice? —le pregunté.

—Los nombres —contestó, sin apartar los ojos de los tarros—. Algunos están mal escritos.

—¿Y los está corrigiendo?

—Mentalmente —dijo, con toda la seriedad del mundo.

Piedad me miró desde el otro lado con una expresión que significaba exactamente «ya ves con lo que cargas». Y yo me reí, de esa manera silenciosa que una aprende cuando no puede reírse en voz alta, con los hombros y la mano en la boca.

Al final el vendedor preguntó si se iba a llevar algo. Marta señaló un tarro y le dijo:

—Este. Y por cierto, el «tomillo» se escribe con doble ele.

El hombre la miró. Miró el tarro. La miró a ella otra vez. Y dijo, con una paciencia admirable:

—Gracias, señora.

Piedad tuvo que alejarse tres puestos para poder reírse sin que la oyera. Yo me quedé al lado de Marta, que pagó su tomillo sin inmutarse, completamente convencida de haber prestado un servicio al mundo.

—¿Hace eso siempre? —le pregunté cuando nos alejamos.

—¿El qué?

—Corregir a la gente.

Se lo pensó.

—Solo cuando es necesario.

Piedad, desde atrás, aún con la risa en la cara: «siempre. Siempre lo hace».

Esa Marta del tomillo me la llevo también. La que corrige tarros de especias con la misma seriedad con que abre malvas por la mitad. Cuaderno, juro que no me la invento.

18 de marzo

Mañana volvemos. Marta lleva un rato dormida. Yo no. Estoy aquí con luz que entra por la ventana y el ruido de Sevilla de noche, que es más hondo que el de Córdoba, más de río.

Pienso que mañana vuelvo a mi casa, a mi patio, y a la cama de siempre. Va a doler más que antes de Sevilla, porque ahora sé exactamente lo que hay al otro lado.

Me llevo cosas que no traje. Me llevo a Piedad y sus doce mujeres con la cabeza alta. La conversación sobre las dos soledades. La Marta del tomillo. La indiferencia de quien no nos conoce. ¿Quién me iba a decir que eso era algo bueno?