El jazmín azul 1933 #2
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1933 #2

—Si su madre dice que sí, yo no tengo nada en contra. Pero que diga que sí ella, Irene. No la convenza. Que lo decida ella sola con la información que usted le dé. Si lo decide ella, aguanta. Si la ha convencido, en cualquier momento puede volver atrás.

Tiene razón, que casi siempre la tiene. Y me he venido a casa a intentar decírselo. Pero no he podido esta tarde. No por falta de ganas, ni de tiempo, sino por miedo. Ya si eso mañana.

9 de marzo

No sé muy bien cómo contarlo porque no ha salido como esperaba y sin embargo ha salido mejor.

He tardado cuatro días en contarle a mi madre lo de Piedad y lo del colegio de Sevilla.

Tenía tanto miedo que se me notara en la cara la mentira, que hasta he tenido pesadillas.

Pero al final lo he hecho. Se lo conté despacio, con cuidado, como me había preparado: que doña Marta conocía a una mujer allí que dirigía un colegio que había formado a algunas de las mejores maestras de Andalucía, que yo no tenía título pero que lo que había aprendido de plantas y herbarios podía ser la base de algo si una mujer con experiencia lo avalaba, y que me había dicho que si algún día quería ir allí y ver como lo hacía, que estaba invitada.

Que doña Marta ve en mi esa capacidad de enseñar, y tal vez merecería la pena ir a conocer cómo trabajaban allí, a ver si había alguna puerta.

Madre me escuchó sin interrumpir, con esa cara suya de cuando está pensando de verdad y no solo oyendo.

Y cuando terminé, antes de que yo pudiera añadir nada más, madre dijo:

—Pues ve. Porque si no te quieres casar todavía, algo tendrás que hacer. Que no se puede estar aquí, de brazos cruzados todo el día. Si doña Marta conoce a esa señora y cree que puede servirte de algo, aprovecha, que no todos los días se presenta una ocasión así.

Me ha dejado tiesa. Con todo lo que me había preparado yo para el segundo asalto, para cuando pusiera reparos, y ha dicho que sí a la segunda frase.

Y no solo eso: ha sido ella quien ha empujado.

Quién iba a decirme a mí que iba a ser madre la que me animara a irme.

Con lo que llevo estos meses creyendo que era yo contra el mundo, y resulta que madre, que no dice las cosas nunca del todo, estaba mirando y esperando que yo encontrara una dirección.

Algo con qué llenar el hueco que dejó lo de Rafael.

Quiere que salga del alma en pena y busque algo para mi vida, y le parece bien que la que me saca sea Marta, siempre que tenga una excusa razonable delante.

Eso es madre. Que sabe más de lo que dice, y que quiere más de lo que parece.

Eso sí: cuando he salido del cuarto, madre me ha llamado desde el pasillo y me ha dicho, sin alzar la voz, sin mirarme:

—Irene. Doy por hecho que esa maestra va contigo. No me lo ocultes, que yo prefiero que vayas acompañada, a que vayas sola.

Y se ha metido en la cocina. Y yo me he quedado en el pasillo un momento, con las manos frías y el corazón a mil, sin saber bien qué acababa de pasar.

Qué sabe madre. Cuánto sabe. Si lo que sabe le basta para dejarnos ir igual.

No lo entiendo del todo. Pero lo que sí entiendo es que madre no es tonta.

Madre oye los cuchicheos del barrio igual que los oigo yo, y ha decidido no hacerles caso.

Ha decidido fiarse de su hija. Ha decidido que Irene, su hija, merece una oportunidad de encontrar su camino, aunque ese camino no sea el que ella había planeado y aunque parte de ese camino pase por una mujer que el barrio mira de reojo.

Eso no es poco. Eso, en madre, es muchísimo. Eso es casi todo.

12 de marzo

Mañana nos vamos.

Así. Ya. A Marta le ha faltado tiempo al decirle que mi madre estaba de acuerdo, para organizarlo todo.

Que no es otra cosa más que comprar dos billetes de tren, y decirle a su amiga que íbamos con un telegrama.

Ella es más decidida que yo, o será que tiene más mundo que yo, y sabe cómo se hacen estas cosas.

Porque yo habría estado un mes decidiéndome de algo que ya tenía decidido.

Y toda esa premura, ha hecho que esta noche no me entra el sueño, que no sé si es de los nervios o de la ilusión o de que me pasan las dos cosas a la vez y no sabía hasta ahora que eso era posible.

He hecho la maleta tres veces. Una maleta pequeña, que son unos días y tampoco hay que irse a América.

Remedios me ha doblado las cosas con ese cuidado suyo que pone en todo, callada, sin preguntarme nada.

Al terminar me ha puesto en la mano un paquetito atado con una cuerda y me ha dicho que era romero del tiesto, para el camino.

Que el romero aleja los malos aires y trae el buen ánimo.

No le he preguntado de qué malos aires me había de guardar yo en Sevilla.

Remedios sabe lo que sabe y ya está. He metido el paquetito entre la ropa.

He pensado mucho esta noche en lo que es este viaje.

A ver, que es mi primera vez fuera de Córdoba en toda mi vida.

Veintitrés años, y nunca he dormido en otro sitio que no sea esta cama, en esta calle, con esta reja y estos geranios.

El mundo para mí ha sido siempre lo que se ve desde aquí: el barrio, la plaza del hospital, el Guadalquivir si me dejan llegar.

Y mañana me subo a un tren y me voy a Sevilla.

Con Marta. A ver a una mujer que no conozco que hace cosas en las que creo sin haberlas visto todavía.

Que no es poca cosa, mira tú, para la que no daba trabajo.

He mirado el dondiego antes de escribir esto. Sigue ahí, terco, con sus hojas oscuras. Le he dicho bajito, como una boba: cuida tú esto mientras no estoy. Y él me ha dicho que sí sin decir nada, que los dondiegos son así de discretos.

Buenas noches, Córdoba. Mañana te veo desde fuera por primera vez. A ver qué tal se te ve.

Una hojita del romero de Remedios, para el camino.

12 de marzo

Bueno. Voy a intentar escribir esto antes de que se me duerma el brazo, que Marta acaba de bostezar mientras lee, y creo que en un momento se va a quedar dormida, y entonces yo me quedo sin excusa para seguir con la lamparita encendida.

Que esté aquí no me lo creo todavía. En Sevilla. En una pensión de Sevilla. En la misma cama que Marta. Que son tres cosas distintas y las tres juntas a la vez me parecen demasiadas para un solo martes.

El tren llegó a mediodía. No sé qué esperaba exactamente de Sevilla, pero lo primero que vi al mirar por la ventanilla fue la luz, que no es muy diferente a la de Córdoba, pero es diferente.

Más ancha, más alta, de las que no tienen prisa en irse.

Marta también la vio y dijo que la luz del Guadalquivir no se parece a ninguna otra, ya sea en Córdoba o en Sevilla.

Lo dijo como dice las cosas que lleva tiempo pensándose, bajito, casi para ella. Pero yo me lo guardé para mí también.

La pensión está en una calle estrecha del centro, de esas casas de dos plantas con patio interior que huelen a cal y a río aunque el río no se vea.

Muy parecida a Córdoba, la verdad. Las casas son más señoriales aquí, más cerradas sobre sí mismas, sin los patios abiertos que tenemos nosotros.

Pero la luz y el olor son casi los mismos.

Me gusta Sevilla. Todavía no sé bien por qué, que no he visto casi nada. Pero me gusta.

Lo de las camas lo tengo que apuntar porque si no me lo voy a estar rumiando toda la noche.

Cuando subimos a la habitación había dos. Dos camas de hierro con colcha blanca, perfectamente simétricas, perfectamente claras en su propósito. Y las dos nos quedamos mirándolas un momento, en silencio, sin decir nada.

Y entonces Marta, sin ningún comentario, dejó la maleta en la cama de la ventana, la abrió, y empezó a sacar cosas.

El libro. El neceser. La ropa doblada, que Marta dobla la ropa con una precisión que parece excesiva para una maleta, y lo fue dejando todo allí, en la cama de la ventana, como si la pregunta se hubiera respondido sola.

Y me dijo que podíamos usar esa cama para colocar las cosas.

Para las maletas, para la ropa, para todo lo que no era dormir.

Yo la miré. Ella no me miró a mí. Siguió deshaciendo la maleta con total normalidad, como si esto fuera la cosa más obvia del mundo. Y yo, que no tenía argumentos en contra porque no tenía argumentos de ninguna clase, dejé mi maleta al lado de la suya e hice lo mismo.

La dueña subió una vez a traer agua y no dijo nada. Que las dueñas de pensión que sobreviven aprenden a no preguntar lo que no hace falta.

Por la tarde hemos salido a dar un paseo por el barrio, para verlo un poco.

Y ese pequeño paseo, ha sido toda una bendición para mí, y creo que también lo es para Marta.

Me he dado cuenta de que nadie nos miraba.

Pasamos por delante de dos mujeres que charlaban en una puerta y nos miraron un segundo y siguieron con su conversación.

Nadie sumó dos y dos. Nadie se volvió a mirarnos.

Éramos dos mujeres caminando por las calles, y ya está, que en Sevilla hay muchas mujeres en muchas calles y ninguna de ellas es asunto de nadie.

A Marta la he observado distinta. Más suelta, más ella, menos la maestra del cuarto de las Pérez y más la persona que es cuando no tiene que contenerse.

Me iba nombrando cosas, no plantas esta vez sino la ciudad: que esa torre, que ese palacio.

Y yo la miraba de reojo, de esa manera que tengo entrenada de no mirar cuando miro, y pensaba: así.

Así sería si el mundo fuera distinto. Sin calcular. Así.

Me gusta Sevilla. Ya lo he dicho antes pero lo repito. Tiene algo de Córdoba en la luz y en el olor, pero sin las rejas que te miran. O con las rejas, pero no las mismas.

Ahora mismo Marta está a mi lado leyendo su libro, o leyéndolo estaba hasta hace un momento, que acabo de oír que lo cierra. Así que buenas noches, cuaderno. Buenas noches, Sevilla, y buenas noches cama que sirve para sostener las maletas.

A ver si soy capaz de pegar ojo estando a su lado, que esa es otra.