El jazmín azul 1933
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1933

El invierno de verdad, el del frío y la lluvia, ha llegado por fin.

Y con él, extrañamente, algo se ha asentado.

No sé si llamarlo paz o solo cansancio, que a veces se parecen.

El escándalo y el ruido han pasado. Ahora es silencio, y en el silencio una se queda a solas con lo que tiene y con lo que no tiene.

Lo que no tengo: la boda, el sitio que la boda me habría dado, la aprobación de madre, la amistad de Carmen de antes, el lugar cómodo que tenía en el barrio sin que me costara nada.

Todo eso se fue en octubre. Lo que sí tengo: a Marta.

Saber quién soy. No mentirme cada mañana.

Que son tres cosas que antes no tenía y que ahora, en este enero de lluvia y frío y madre sin mirarme, pesan más de lo que esperaba que pudieran pesar.

Marta me dijo una vez que el precio de la verdad es carísimo pero que el de la mentira permanente es más caro todavía.

Este invierno estoy pagando el precio de la verdad.

Lo pago. Y no me arrepiento. Aunque duela.

Aunque madre me mire con ese frío. Aunque Carmen elija las palabras.

No me arrepiento. Lo escribo y lo subrayo como subrayé «feliz» en julio: no me arrepiento.

Voy a poder. Lo sé desde hace unas semanas pero lo escribo hoy, que hace sol por primera vez en mucho tiempo y el sol ayuda a creer las cosas buenas.

Los geranios del patio han sacado los primeros brotes del año.

Solo brotes, todavía no flores, pero el impulso ya está dentro, ya se nota.

Remedios los vio esta mañana y dijo, sin levantar la vista de la maceta, «ya empieza el año de verdad», que en Remedios quiere decir que la temporada de aguantar ha pasado y empieza la de vivir.

Quiero creerle. Quiero creerle a Remedios y a los geranios y al sol de febrero.

Y quiero escribir una cosa sobre Marta y este invierno que pasamos cada una en su casa, viéndonos poco, midiéndolo todo, y que sin embargo ha sido de las épocas en que más la he sentido cerca.

Porque la cercanía no es solo presencia física, lo he aprendido este invierno.

Es saber que la otra está. Es que cuando miro el dondiego sé que hay otro dondiego en otra ventana pasando el mismo invierno.

Es que cuando me duermo con el frío de madre en el pecho, pienso en ella y el frío cede un poco.

La cercanía de dentro. La que nadie nos puede quitar porque nadie sabe que existe.

Buenas noches, invierno. Ya me voy despidiendo de ti.

16 de febrero

Marta me ha prestado otro libro. Hoy la he podido ver cinco minutos, en la plaza.

Ella venía de reunirse con unas mujeres trabajadoras que quieren aprender a escribir y leer, y yo iba acompañando a Remedios a unos recados.

Se me ha acercado mientras Remedios estaba en el despacho de pan, y yo me he puesto tan nerviosa, como la primera vez que nos cruzamos y me dijo que tenía buena mano con los geranios.

Me ha dado el libro que tenía una cubierta preciosa de flores, un herbario.

Me ha dicho que me lo deja para que siga aprendiendo de plantas, y dos vecinas han mirado de reojo.

Yo le he dado las gracias, y ya está. Pero en cuanto le he visto la mirada, me he dado cuenta de que el libro era distinto a los otros.

Los otros eran novelas, o ensayos que ella elige con cuidado, con las páginas que me interesan dobladas y a veces una frase subrayada con lápiz fino, muy fino, que si no sabes que está ahí casi no la ves.

Este no es una novela. Y no me he atrevido a abrirlo ahí, en la calle, por cómo me ha mirado.

Así que lo he guardado entre los recados, y me lo he traído directamente al cuarto.

No era un herbario tampoco. Es un panfleto, vamos a llamarlo así que tampoco es otra cosa, escrito por una mujer de Madrid que habla de los derechos de las trabajadoras y de lo que la ley dice que somos y de lo que la ley calla que no somos.

Cuatro cuadernillos grapados, sin nombre de editorial, con una tipografía apretada de los que saben que el papel cuesta. No es el tipo de cosa que se encuentra en la papelería de la calle Deanes, pongamos.

Cuando me lo ha dado, le he preguntado si era suyo o de la biblioteca.

Y Marta ha puesto la cara que pone siempre cuando sabe más de lo que va a contar, una cara que ya le conozco bien, y ha dicho que da igual de quien sea, y a mí me ha sonado a que ese alguien se lo ha prestado a ella, y ella a mí.

Con lo que me creía yo que sabía cómo es la vida de esta mujer, y resulta que alguien le presta libros a ella también.

Resulta que este mundo suyo de libros y de plantas tiene un fondo que yo no había visto, o que solo había visto de lejos, como la Residencia de Señoritas de Madrid que me contó en el campo: algo que existía y que a mí me sonaba a cuento.

Esto no me suena a cuento. Esto es un panfleto que tengo debajo del cojín de mi cama y que solo puedo leer por las noches con cuidado de que no me vea nadie, y menos madre. Que sigue con su vigilancia.

Le pregunté si era bonito. Y ella me miró un momento, sin prisa, y me dijo:

—Depende de a quién le preguntes. Para quien lo escribió, fue bonito hacerlo. Para quien lo lee en su cuarto, es solo un herbario con plantas. Lo bonito no está en el papel. Está en lo que una hace con lo que aprende.

Pues bien. Debajo del cojín, el cuadernillo. Encima del cojín, yo. Que ya veremos lo que aprendo.

27 de febrero

A ver cómo cuento esto sin que suene a lo que no es.

Marta lleva desde antes de Navidad recibiendo una carta de vez en cuando de una mujer que se llama Piedad.

No me había dicho nada, que Marta no da información de más, solo la justa, lo que necesito saber en el momento en que lo necesito.

Y porque con lo que yo estaba pasando, tampoco tenía necesidad, o eso me ha dicho.

Pero esta semana he vuelto a entrar en su casa.

Le dije a madre que tenía un libro de la maestra desde hacía meses, y que no se lo había podido devolver, y que necesitaba ir a devolvérselo, y ella lo ha entendido.

Y mientras estaba allí con ella, que no han sido más diez minutos, y hablábamos de cómo estaba yendo todo, y de lo que me había parecido el panfleto, se ha levantado a buscar algo en el cajón,ha sacado un sobre, y me lo ha puesto delante, y me ha dicho:

—Es de alguien que vive en Sevilla. Una mujer que conocí en Madrid, de la época de la Residencia, que lleva años allí haciendo cosas.

Dirige, entre otras cosas, un colegio de formación para maestras.

Ella es la que me dijo que me viniera aquí.

De ella es el cuadernillo que le presté.

Me ha preguntado cómo estoy. Le he contado que estoy bien.

Y le he hablado de usted. No con detalles, pero sí le he dicho que he conocido a alguien muy especial, de ojillos perspicaces, y vivos —Hizo un silencio, yo me puse colorada porque no entendía cómo podía poner todo eso en una carta, si le hablaba de mí.

Ni como era capaz de ver todo eso en mi—. No le molesta, ¿verdad?

Yo le negué rápidamente, porque aún seguía sin asimilar que ella hablase con esa dulzura de mi a alguien que está tan lejos.

—No se preocupe, solo quería que Piedad supiera que soy feliz. A ella le ha parecido bien.

Le ha parecido bien, y que es feliz. Eso es todo lo que me ha dicho.

Y yo me he quedado mirando el sobre, con la letra apretada y una dirección de Sevilla en el remite, y he pensado: Marta me presume, y hay alguien en Sevilla que ahora sabe que existo.

Una desconocida que conoce a Marta, que dirige un colegio de formación y que ha oído hablar de mí y a la que le ha parecido bien.

Que no sé bien qué significa eso, si es una bienvenida o solo una respuesta en una carta, pero que pesa.

El mundo de Marta tiene más puertas de las que yo veía desde fuera. Y esta semana me ha enseñado una más.

5 de marzo

Le he pedido ir a Sevilla. Así, a palo seco, un día que nos quedamos solas en el cuarto de las plantas después de que ella terminase una clase de esas que ya no son mías, pero que sigo usando de excusa para devolverle libros, y le he dicho que quería conocer a Piedad, que quería ver ese colegio del que me había hablado, que quería entrar por una vez en ese mundo suyo que me va enseñando a trozos desde hace dos años.

Marta me ha mirado un rato largo calculando, no si quiere hacer la cosa, sino cómo se hace bien.

—¿Y su madre? —ha dicho.

Mi madre, claro. Eso también me lo he preguntado yo.

Cómo se le dice a madre que una quiere irse unos días a Sevilla, con la maestra esa, recién después de haber roto la boda y tener la casa patas arriba desde octubre, y bajo vigilancia perpetua.

Que el diario solo lo abro cuando hay luna llena, por no encender la luz de lámpara o gastar más velas.

Le he dicho a Marta lo que había pensado.

Que la excusa tenía que ser sólida y verdadera a la vez, de esas que sostienen porque tienen algo real dentro aunque no sea todo lo que hay.

Y mi madre está más angustiada por no saber qué voy a hacer con mi vida.

Así que le he dicho que le diría que doña Marta me había recomendado ese colegio de Sevilla, que formó a maestras de mucho prestigio, y que había pensado que si yo iba a ver cómo trabajaban, quizás se me abriría una puerta para algo útil.

No todo mentira, que lo de Piedad tiene que ver con eso aunque sea de otra manera.

Y la parte de hacer algo útil con mi vida era verdad del todo, y a mi madre es lo que más le preocupa ahora.

Marta ha escuchado todo esto con cara de no estar del todo convencida pero tampoco del todo en contra, que ya sé leerle esa cara. Y al final ha dicho: