EL CERCO
H oy he tenido con madre un momento que no me quito de la cabeza, y que me ha dejado ver, como en un relámpago, lo sola que voy a estar cuando esto estalle, y lo mucho que voy a perder, sea cual sea el camino que elija.
Estábamos las dos solas, doblando ropa blanca para el ajuar, esa ropa que se supone que es para mi vida nueva.
Y madre, de pronto, sin venir a cuento, se puso a hablar de cuando yo era pequeña.
De cómo era yo de niña, preguntona, curiosa, que todo lo quería saber, que la volvía loca con mis porqués.
«Eras lista, Irene, demasiado lista —me dijo, sonriendo, con una ternura que casi no le conozco—.
Yo me asustaba a veces de lo lista que eras.
Pensaba: esta niña va a querer más de lo que el mundo le va a dar, y va a sufrir.
Por eso te crie cómo te crie, hija, un poco a la corta, sin dejarte volar mucho.
No por hacerte daño. Por lo contrario. Porque el que vuela alto se da los golpes más grandes, y yo no quería que te golpearas.
Quería ahorrarte el sufrimiento de querer lo que no se puede tener. »
Y se me saltaron las lágrimas, allí, doblando sábanas, porque por fin entendí a mi madre del todo, de un golpe.
No me cortó las alas por crueldad. Me las cortó por amor, por miedo, para que no me hiciera daño volando.
Creyó que me protegía recortándome, que era mejor enseñarme a no querer el cielo que dejarme desear algo que el mundo me iba a negar.
Y a lo mejor, en su mundo, tenía hasta razón.
A lo mejor a otras niñas listas eso las salvó de sufrir.
Pero a mí me pasó lo contrario: el recorte no me quitó las ganas de volar, solo me las escondió dentro hasta que llegó Marta y las sacó.
Y ahora vuelo, madre, vuelo aunque tú no quieras, y me voy a dar el golpe que tú temías, el golpe grande, justo el que intentaste ahorrarme.
Y no te lo puedo explicar. No te lo puedo contar.
Tendría que decirte que tenías razón en tener miedo, pero que prefiero el golpe a la jaula, y eso tú no lo entenderías, te rompería el corazón.
Así que te dejé hablar, y doblé las sábanas, y lloré un poco, y tú creíste que lloraba de emoción por la boda.
Y otra vez, como con las lágrimas de la boda de Carmen, lloré una cosa por dentro mientras tú la leías por otra.
Cuánta soledad cabe en una casa donde te quieren, cuando no les puedes contar quién eres.