1932 #9
He pensado mucho, estos días, en lo distinto que es este regalo de los regalos de Rafael.
Rafael me trae caramelos de violeta, dulces, cosas que se comen y se acaban, cosas que se gastan en un rato y no dejan nada.
Y su olor a tabaco, que se me queda metido en la nariz todo el día.
Doña Marta me ha dado un esqueje, una cosa viva, que hay que cuidar, que crece, que da trabajo, que florece y se marchita y vuelve a florecer, que dura años si la atiendes y se muere si la abandonas.
Y su olor me hace sonreír antes de irme a la cama.
Rafael me da cosas que se consumen. Doña Marta me da algo que vive.
Y en esa diferencia, ahora lo veo claro, está toda la diferencia entre las dos clases de cariño que me ofrece la vida.
Con Rafael, todo sería fácil y dulce y se iría gastando, como los caramelos, hasta que un día no quedara nada, solo la costumbre, y el papel vacío de la bolsita.
Con doña Marta, todo es difícil y vivo y hay que cuidarlo cada día, y duele, y da trabajo, pero está vivo, crece, florece a oscuras, llena de perfume una ventana.
Yo ya sé cuál de las dos cosas quiero. Lo supe hace tiempo.
Lo que no sé todavía es si tendré el valor de elegirla, sabiendo lo que cuesta, sabiendo lo de Elena, sabiendo lo de octubre.
Pero tengo una planta en la ventana que me lo recuerda cada noche.
Y eso, de momento, es lo que hay. Una planta y un cuaderno y una mujer al otro lado del barrio regando la planta hermana.
Visto así, no es poco. Visto así, es más de lo que tienen muchas en toda su vida.
9 de abril
Hoy me he dado cuenta de una cosa sobre doña Marta que antes no había sabido ver, y es que ese regalo del esqueje le ha costado a ella mucho más de lo que parece.
Lo he entendido recordando cómo me lo dio: deprisa, casi con torpeza, ella que nunca es torpe, mirando hacia otro lado, como si le diera apuro.
Y esta tarde, dándole vueltas, he comprendido por qué.
Porque ese regalo es lo más cerca que se ha permitido estar de mí desde que me contó lo de Elena y me pidió que lo pensara y me apartara.
Me pidió que me apartara, sí. Y luego me ha regalado una planta gemela de la suya para que florezcamos a la vez cada noche.
¿Qué es eso sino la confesión más grande, dicha en el único idioma que ella se atreve a hablar, el de las plantas?
Con palabras me pide distancia. Con un esqueje me tiende un hilo a través de todo el barrio.
Las palabras son su miedo; las plantas, su verdad.
Y yo he aprendido ya a leerla en plantas mejor que en palabras.
Me da una ternura inmensa pensarlo. Esta mujer valiente, que vino sola de Madrid con un baúl de libros, que mira a la gente a los ojos y va sin sombrero y no le tiene miedo a nada…
le tiene miedo a esto. A quererme. A que la quiera.
Tiene tanto miedo que no se atreve a decirlo con la boca, y lo dice con una maceta de barro.
Y yo, que soy una cría a su lado, que no he salido nunca de Córdoba, que no sé ni la mitad de lo que sabe ella, en esto le llevo la delantera: yo no tengo miedo.
O lo tengo, pero menos que las ganas. Quizá porque ella ya sabe lo que cuesta y yo todavía no, y la inocencia es una forma de valentía, la valentía de los que no saben lo que arriesgan.
Pero prefiero mi inocencia valiente a su sabiduría asustada.
Y a lo mejor, quien sabe, podemos darnos una a la otra lo que nos falta: ella, prestarme su saber; yo, prestarle mi valor.
Florecer juntas, como los dos dondiegos. Cada una poniendo lo que tiene.
11 de abril
Llevo ya unos días con el dondiego en la ventana y todavía no ha florecido, que es pronto, hay que tener paciencia, dice doña Marta que la paciencia es la primera virtud de quien cuida plantas y la última que aprenden las personas.
Pero lo riego cada mañana y cada noche me asomo a verlo, por si acaso, y le hablo bajito como Remedios les habla a los geranios, y me siento un poco tonta y un poco feliz, las dos cosas, que ya es mi manera de sentirlo todo.
Y esta noche, asomada a la ventana, mirando mi mata todavía sin flores y ese pedazo de cielo entre los tejados, he pensado que así, exactamente así, ha sido todo este invierno y esta primavera: una larga espera de que algo florezca.
Yo soy también un esqueje que alguien plantó sin querer, el día que una mujer me miró a través de una reja con la regadera en la mano.
Llevo desde entonces echando raíces a oscuras, en secreto, sin que se note por fuera, igual que el dondiego que parece una mata sin gracia hasta que cae la noche.
Y sé, lo sé con una certeza que me asusta y me alegra, que voy a florecer.
No sé cuándo. No sé cómo. No sé si será en octubre, antes de la trampa, o después, o nunca a la luz y siempre a oscuras como la dama de noche.
Pero voy a florecer. Algo en mí está a punto, lo siento, como se siente el azahar a punto de reventar en abril.
Y cuando llegue esa noche, la de mi floración, sé que en alguna otra ventana de Córdoba habrá otra planta abriéndose a la vez.
Y eso, cuaderno, me da el valor que me falta para todo lo demás.
Buenas noches. Que florezcamos pronto. Las dos.
Las cuatro: ella y yo, y nuestras dos plantas hermanas, abriéndose en la misma oscuridad.