El jazmín azul 1932 #8
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1932 #8

«Que la decisión sea suya». Llevo toda la noche con esa frase.

Porque tiene razón, y porque es la cosa más difícil del mundo.

Toda mi vida me han decidido los demás: qué ropa, qué misa, qué estudios no, qué marido sí, qué fecha.

Nunca he decidido yo nada de lo gordo. Y ahora doña Marta me dice que decida, y resulta que no sé.

Que se me ha olvidado, o que no he aprendido nunca.

Es como pedirle a un pájaro criado en jaula que vuele: aunque le abras la puerta, no sabe, se queda en el alambre mirando el cielo sin atreverse.

Pero yo no quiero quedarme en el alambre.

Eso lo sé. Lo que no sé todavía es cómo se vuela.

Pero empiezo a pensar que el primer aleteo es justo este: escribir, de noche, en un cuaderno, que no quiero la vida que me han puesto.

Y a lo mejor el segundo aleteo es decirlo en voz alta.

Algún día. Cuando sepa. Cuando me atreva. Buenas noches.

6 de abril

Ha entrado abril y con él la primavera de verdad, la de Córdoba, que no llega despacio como dicen que llega en otros sitios, sino que un día amanece y ya está aquí entera, de golpe, con el azahar reventando en los patios y un olor en el aire que marea de tan dulce.

Es mi estación. Siempre lo ha sido. De niña esperaba la primavera como se espera una fiesta.

Este año la espero con el corazón partido, porque la misma primavera que me trae el azahar me trae también, cada vez más cerca, ese octubre que me han puesto de fecha.

Pero hoy no quiero pensar en octubre. Hoy quiero escribir una cosa buena, de las que casi no caben en este cuaderno últimamente, y que ha pasado esta tarde, y que guardo como se guarda una brasa en invierno, con las dos manos, para que no se apague.

Hoy doña Marta me ha regalado una planta. Pero no una planta cualquiera, ni de cualquier manera, y por eso lo cuento despacio.

Fue al acabar la clase. Las demás se habían ido y yo me entretenía, como siempre, con cualquier excusa.

Doña Marta sacó de su bolsa una maceta pequeña, de barro, con un esqueje plantado, un tallo verde con sus hojas y un poco de tierra húmeda, y me la puso en las manos de la misma manera en que me dio la malva aquel primer día, como da ella las cosas importantes: sin avisar de que son importantes.

—Tenga. Es para usted. Es un esqueje de una arrebolera, aunque por aquí la conocéis como dondiego de noche. ¿Se acuerda de la dama de noche, la del huerto?

Claro que me acordaba. Cómo no iba a acordarme, si aquella tarde y aquella planta cambiaron algo dentro de mí que ya no ha vuelto a su sitio.

—El dondiego es de su familia —siguió ella—.

De las que florecen de noche. De día no es gran cosa, ya lo verá: una mata sin más, hojas y poco más.

Pero al caer la tarde abre unas flores, rosas, amarillas, moradas, blancas, a veces de los dos colores en la misma planta, y echa un perfume que le llenará la ventana entera.

Plántelo en su balcón, Irene. Riéguelo. Y cuando florezca, de noche, cuando todos en su casa duerman y nadie la vea, salga a olerlo y acuérdese de que hay cosas que solo florecen a oscuras, y que no por eso valen menos.

Al contrario. A lo mejor valen más, porque florecen sin esperar que nadie las aplauda.

Le di las gracias con la voz tomada, agarrada a mi maceta como a un tesoro. Y ella, mirándome con esos ojos del color del jazmín del cielo, añadió algo en voz más baja, casi para ella, pero que yo oí y que me llevo grabado:

—Yo tengo otro igual en mi ventana, del mismo esqueje, de la misma mata madre.

Así, cuando florezcan, florecerán los dos a la vez, el suyo y el mío, cada uno en su balcón, en la misma noche, sin que nadie sepa que son hermanos.

Me gusta pensarlo. Que en dos ventanas distintas de esta ciudad, dos plantas iguales se abren a la vez en lo oscuro. No sé por qué, pero me consuela.

Ahí lo tengo, apoyado en el quicio de mi ventana, y no me lo quito de la cabeza ni ahora escribiendo. Mañana lo plantaré en la maceta más bonita que tenga.

7 de abril

Lo he plantado esta mañana, en la maceta más bonita que he encontrado, y lo he puesto en mi ventana, la de mi cuarto, donde da el sol un rato por la tarde y desde donde, de noche, se ve el cielo entre los tejados.

Madre me preguntó qué era cuando me ha visto con los avíos en el patio, trasplantándolo, y le he dicho la verdad a medias, que es la única verdad que puedo decir en esta casa: que era una planta de las clases, que nos había mandado la maestra cuidarla para aprender.

Madre dijo que bueno, que mientras no diera trabajo.

Y se fue. Si supiera lo que he plantado de verdad en esa ventana.

No es una planta. Es una promesa. Es un hilo invisible tendido entre mi balcón y el suyo, a través de todo el barrio, por encima de las rejas y los tejados y el qué dirán.

Porque eso es lo que me regaló ayer doña Marta, y lo entendí anoche dándole vueltas en la cama.

No me regaló una planta. Me regaló un modo de estar con ella sin estar.

A partir de ahora, cada noche, cuando yo mire mi dondiego en la ventana, sabré que ella estará mirando el suyo, el hermano, en la otra punta del barrio.

Y aunque no nos veamos, aunque no nos hablemos, aunque entre nosotras haya calles y casas y todas las paredes del mundo, las dos plantas florecerán a la vez, en la misma oscuridad, bajo el mismo cielo.

Es la manera más bonita y más triste que conozco de quererse: a través de dos plantas gemelas, de noche, en secreto, sin tocarse.

La única manera que el mundo nos deja, de momento.

Pero es nuestra. Es la primera cosa que tengo que es de las dos.