1932 #7
Y ahora, pasada la boda de Carmen, le ha llegado el turno a la mía.
Lo noto en el aire de la casa, en cómo madre ha empezado a mirar telas, en cómo padre y el padre de Rafael se encierran a hablar después de comer con esa seriedad de los hombres cuando arreglan asuntos de dinero y de hijas, que para ellos van casi en el mismo renglón.
Nadie me ha dicho nada directamente, claro.
A mí no se me consulta; a mí se me informa cuando ya está todo hablado.
Pero el cerco se cierra, lo siento cerrarse, como se siente bajar la temperatura antes de una helada, aunque todavía no haya escarcha.
12 de marzo
Hoy ya ha sido oficial, o casi. Pero ha pasado algo que me ha dado un poco de aire.
Vinieron a merendar Rafael y sus padres, con sus mejores ropas, y fue una de esas tardes que una sabe, desde que ve la mesa puesta con el servicio bueno, que no es una merienda cualquiera sino una ceremonia disfrazada de merienda.
Se habló, entre dulces y conversación de no decir nada, de «para cuándo».
Así, sin nombrar la boda, porque las cosas importantes en mi familia nunca se nombran, se rodean.
El padre de Rafael dijo que los jóvenes ya se conocían bastante, que para qué esperar más.
Mi padre asintió. Las madres se miraron con esa complicidad de quien ya lo tenía hablado de antes y solo representa la sorpresa.
Pero, al parecer, un asunto familiar de Rafael, algo de un tío suyo que está muy malito, está trastocando los planes del padre de Rafael, y lo que iba a ser en primavera, ahora será con la llegada del otoño, por decencia y porque esperan pasar el verano de luto.
Por el qué dirán, por las malas lenguas, por respeto.
Así que todo se aplaza a octubre. Y todos me miraron a mí, sonrientes, esperando que yo me pusiera colorada de dicha, que es lo que toca.
Me puse colorada, sí. Pero no de dicha. Me puse colorada de pánico, de esa manera en que sube la sangre a la cara cuando el cuerpo entiende antes que la cabeza que está atrapado, porque aunque aún me queden meses para respirar, le han puesto fecha a mi vida entera mientras yo me comía un pestiño.
Octubre. Dentro de siete meses seré la señora de Rafael Luque y viviré en el cuarto que nos están arreglando en casa de sus padres, y regaré los geranios del patio de los Luque con la misma reja y la misma cal de siempre pero sin ser mía, y seré, por fuera, exactamente lo que se espera que sea.
Y lo peor es que sonreí. Bajé la cabeza y sonreí y dije que lo que ellos vieran, que era lo que se decía, lo que dijo Carmen, lo que dicen todas.
No di trabajo. Otra vez. Hasta para entregar mi vida no he dado trabajo.
Rafael, en un momento de la tarde, buscó quedarse un poco aparte conmigo, junto a la ventana del patio, mientras los padres seguían a lo suyo. Y aquí tengo que ser justa con él, porque es lo único que puedo darle, justicia, ya que no puedo darle lo otro.
Estaba nervioso, el pobre. Más nervioso que yo, casi.
Le sudaban un poco las manos, se las frotaba en el pantalón sin darse cuenta, y olía más a tabaco.
Y me dijo, mirando al patio para no mirarme a mí, que él sabía que esto iba un poco deprisa, que lo habían hablado los padres más que nosotros, pero que él quería que yo supiera que me respetaría siempre, que sería bueno conmigo, que no me faltaría de nada, que él, en fin, que él me tenía mucho cariño desde hacía tiempo y que esperaba, con el tiempo, hacerme feliz.
Lo dijo con torpeza, atragantándose, poniéndose colorado él también, y al final me miró un segundo, solo un segundo, con unos ojos de perro bueno que quiere agradar, esperando una palabra mía que lo tranquilizara.
Y se la di. Claro que se la di. ¿Qué iba a hacer?
Le dije que yo lo sabía, que él era muy bueno, que estaba tranquila.
Y no le mentí en eso: es bueno, y a su lado se está tranquila, tan tranquila como en una habitación con las ventanas cerradas.
Lo que no le dije es que yo ya no quiero tranquilidad.
Que conocí hace unos meses lo que es que se te pare el aire, y que después de eso la tranquilidad sabe a poco, sabe a renuncia, sabe a esas flores prensadas que duran mucho porque están muertas.
No le dije nada de eso. Le sonreí y le dejé que se fuera tranquilo, llevándose su cariño torpe y sus manos sudadas y su tabaco y su ilusión de hacerme feliz con el tiempo.
Y me quedé mirando el patio, sintiéndome la peor persona del mundo.
Porque le voy a hacer daño. Lo sé ya. Antes o después, haga lo que haga, a este hombre bueno le voy a hacer un daño que no se merece, y no hay manera de evitarlo, solo de retrasarlo. Y retrasarlo a lo mejor es peor.
13 de marzo
No pego ojo. Ayer fue la merienda, lo de octubre, y hoy he andado todo el día como sonámbula, y ahora, de noche, por fin sola, por fin yo, se me viene encima todo lo que durante el día he tenido que tragarme con una sonrisa.
Esta tarde, cosiendo, madre estaba feliz.
Feliz de verdad, radiante, como hacía tiempo que no la veía, porque aunque se retrase todo, es mejor porque así le da tiempo a tener más ajuar terminado, que aún no le había dado tiempo a bordar las sábanas, con las iniciales, la I y la R enlazadas, dijo, y se me revolvió algo por dentro al oírlo, mi inicial atada a la suya con una hojita en medio, como las de Carmen y Antonio, como si ya estuviera hecho.
Y en medio de su alegría, me cogió la cara entre las manos, como hace la abuela, y me dijo: «Qué tranquila me quedo, hija.
Una buena casa, un buen hombre. Ya estás colocada. Ya puedo morirme tranquila».
Colocada. Esa fue la palabra. Como se coloca un jarrón en una repisa, como se coloca un libro en su estante.
Colocada. Y madre lo decía con un amor inmenso, con el alma entera, porque para ella eso es lo mejor que le puede pasar a una hija, lo mejor que ella sabe desear para mí: que quede bien colocada antes de que ella falte.
Y yo la miraba decirlo, con sus manos en mi cara y sus ojos brillantes de felicidad, y sentía dos cosas que se me peleaban en el pecho y casi no me dejaban respirar.
Por un lado, unas ganas enormes de abrazarla y de llorar, porque me quiere tanto, porque todo lo que hace lo hace por quererme.
Y por otro, unas ganas igual de enormes de gritarle: ¡pero madre, no quiero estar colocada, no soy un jarrón, estoy viva, quiero vivir, y la vida que me colocas no es vida, es un estante bonito donde criar polvo hasta que me muera!
No grité nada, por supuesto. Le devolví el abrazo y dejé que fuera feliz, porque quién soy yo para quitarle a mi madre la única alegría que le doy, que es justamente la de verme entrar en la misma jaula en que ella ha vivido.
Esa es la trampa más perversa de todas, lo voy entendiendo: que mi felicidad fingida es la felicidad verdadera de mi madre.
Que para hacerla feliz a ella tengo que ser desgraciada yo.
Y que si un día eligiera mi vida de verdad, la que quiero, le partiría el corazón a la mujer que me dio la suya.
No hay salida limpia. Haga lo que haga, alguien a quien quiero va a sufrir: Rafael, o madre, o yo.
Casi siempre la cuenta sale a que sufra yo, porque soy la única que ha aprendido que su sufrimiento no cuenta.
Pero esa cuenta, doña Marta me está enseñando a no aceptarla.
Y eso, que suena a liberación, de momento solo duele más, porque ahora veo la jaula y antes no la veía, y se vive peor en una jaula que se ve.
15 de marzo
Estos días los he pasado en una niebla rara, haciendo las cosas de siempre con las manos mientras la cabeza estaba en octubre, en la fecha, en la trampa.
Y hoy, en clase, doña Marta lo ha notado.
Claro que lo ha notado. Me conoce ya esa mujer mejor que mi propia madre, porque mi madre me mira y ve a la hija que quiere ver, y doña Marta me mira y ve a la que soy.
Al terminar, cuando nos quedamos un momento solas recogiendo, me preguntó qué me pasaba, que me veía apagada.
Y yo, que me había prometido no cargarla a ella con mis penas, que bastante tiene con las suyas, no pude.
Se me saltaron las lágrimas allí mismo, de pie junto a la mesa de las plantas, y le dije lo de octubre.
Lo de la fecha. Lo de que ya está, que ya hay día, que mi vida ya tiene puesta la tapa y solo falta que la claven.
Doña Marta se quedó muy quieta. Muy seria. Y luego hizo una cosa que no esperaba: no me consoló. No me dijo «ya verás como todo se arregla» ni «a lo mejor con el tiempo le tomas cariño», que es lo que se dice en estos casos. Me dijo la verdad, que es lo único que ella sabe dar, aunque duela:
—No le voy a decir que se case y sea feliz, Irene, porque sería mentirle, y usted ya sabe distinguir la verdad de la mentira, que para eso le he servido al menos.
Pero tampoco le voy a decir que no se case, porque no tengo derecho a empujarla a un precipicio que yo conozco bien y del que sé lo hondo que es la caída.
Lo único que le digo es que la decisión sea suya.
Suya de verdad. No de su madre, no mía, no del miedo.
Suya. Aunque se equivoque, que el error sea suyo y no de otros.
Es lo único que de verdad podemos tener las mujeres en esta vida, Irene, y casi nunca nos dejan tenerlo: una decisión que sea nuestra. Aunque sea la de equivocarnos.