El jazmín azul 1932 #6
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1932 #6

Ha cerrado los ojos un momento. Luego ha dicho, con una voz que no era argumento sino rendición a medias:

—Eso no lo sabe todavía.

—Lo sé mejor que ninguna otra cosa que sepa.

Me ha mirado entonces. De frente, con esos ojos del color del jazmín del cielo, y me ha sostenido la mirada más tiempo del que suele, más tiempo del que permiten las señoritas decentes en un banco de plaza.

Y en esa mirada larga, sin palabras, he visto muchas cosas a la vez.

El miedo de siempre. Pero también, debajo del miedo, algo que se parecía a la paz.

A la paz de quien deja de pelear contra algo que no puede ganar.

No ha dicho nada más. Ha abierto su libro y ha puesto los ojos en la página, que era su manera de decir que la conversación había terminado por hoy.

Y yo me he quedado a su lado un rato más, mirando los tejados, sin hablar.

Con el sol en la piedra y sus centímetros al lado.

Que ya es mucho. Que ya es, de momento, todo lo que hay. Y con eso, esta tarde, me basta.

19 de febrero

Hay una cosa que quiero apuntar sobre estos días, porque si no lo apunto se me va a ir, y merece quedarse.

Hay una manera nueva que tiene doña Marta de mirarme en clase.

No es la mirada de maestra, no es la mirada de los días de antes.

Es algo más parecido a esto: cuando dice algo, cuando explica algo, a veces levanta la vista del pliego y me busca entre las otras, no para comprobar si estoy atendiendo, sino para ver si lo he entendido, para saber si lo que acaba de decir me ha llegado.

Es una mirada de dos segundos, menos, que las demás no ven porque están mirando sus cuadernos.

Y yo la recibo, y le digo que sí con los ojos, que he entendido, y ella vuelve a bajar la vista al pliego.

Eso es todo. Pero ese gesto, esa búsqueda pequeña, ese «¿estás?

» sin palabras que yo le respondo con «aquí estoy», es lo más íntimo que ha pasado entre nosotras en días.

Más íntimo que lo de la reja, casi. Porque lo de la reja fue un segundo que se robó a sí mismo.

Esto es diferente: esto lo ha elegido ella, en medio de la clase, delante de todas, sin que nadie lo vea. Es suyo. Es mío. Es nuestro.

Esta tarde, al salir, me ha puesto en la mano, sin decir nada, una hoja de papel doblada.

La he abierto en la calle. Era un nombre de planta, escrito con su letra: Erysimum cheiri , alhelí.

Debajo había escrito solo: «florece cuando todavía hace frío, nadie lo espera, en los sitios más improbables. Pensé en usted».

Nada más. Lo he leído tres veces en la esquina de la calle Manríquez, con la gente pasando, y he tenido que contenerme para no gritar o para no llorar, que no sabría cuál de las dos, porque eran las dos a la vez.

Lo he doblado muy pequeño y lo llevo en el bolsillo del abrigo, junto al pecho.

Como ella lleva la carta de Elena. Ahora entiendo por qué se guarda así una carta.

24 de febrero

Hoy ha habido una cosa difícil y necesito escribirla.

Después de la clase, solas, doña Marta ha vuelto a los argumentos de siempre pero con más peso esta vez, dejándome entrever que está asustada y hoy hubiera decidido asegurarse de que yo debería estarlo también.

Se ha sentado en la silla de la maestra, lo que no hace nunca cuando estamos solas, y me ha mirado con una seriedad que no era la de los otros días.

—Irene, necesito decirle una cosa y necesito que la escuche de verdad.

—Ha hecho una pausa. Siempre hace pausas—.

Yo soy lo peor que le puede pasar en este momento de su vida.

No lo digo por falsa modestia. Lo digo porque es verdad y porque quiero que lo entienda antes de que esto vaya más lejos de lo que ya ha ido.

Soy una mujer mayor que usted, sin posición, sin familia aquí, sin ningún lugar en su mundo.

Vengo de haber perdido todo lo que tenía por querer a quien no debía.

Si su madre supiera con quién pasa las tardes y qué cosas le estoy metiendo en la cabeza, me echaría de este barrio y tendría razón.

Si su pretendiente supiera, se acabaría todo sin que usted tuviera que tomar ninguna decisión.

Y si el barrio lo sospechara... —Ha dejado la frase sin terminar, pero las dos sabíamos cómo terminaba—.

Usted merece una vida que quepa en el mundo, Irene. Yo no le puedo dar eso.

Lo ha dicho con una voz quieta, sin drama.

Con la voz de quien ha pensado mucho lo que va a decir y lo dice sabiendo que duele.

Y sí dolía. Ha dolido porque había en eso una especie de amor, ese amor que se machaca a sí mismo para proteger a la otra, ese amor que dice «soy mala para ti» y lo dice creyéndoselo.

Y precisamente por eso no me podía quedar callada.

Le he dicho:

—Tiene usted una teoría muy bonita de lo que merezco. Lástima que no me haya preguntado a mí.

—Irene...

—No. Déjeme terminar. —Y he tomado aire—.

Me ha enseñado usted a abrir las flores por la mitad.

A no quedarme con el nombre de fuera. A preguntar.

Pues bien: estoy preguntando. Y lo que encuentro cuando pregunto no es que usted sea lo peor que me puede pasar.

Es que es lo único que me ha pasado que se siente real.

Todo lo demás, Rafael, la boda, el ajuar, eso sí que me da miedo.

No usted. A usted, al contrario. —Me he callado un momento, y luego—: Y en cuanto a lo de que no me puede dar una vida que quepa en el mundo, a lo mejor es que yo ya no quiero una vida que quepa en el mundo.

A lo mejor quiero una vida que quepa en mí.

Silencio largo. La tarde afuera, los tejados, el gato de la vecina de al lado en la cornisa de siempre. Doña Marta me miraba con esa cara que pone cuando la supero, mitad asombro mitad rendición, y yo la miraba de vuelta sin apartar los ojos porque ya no me quedaban ganas de apartar los ojos.

Al final ha dicho, muy bajito, casi para ella:

—Es usted imposible, Irene Carmona.

—Lo aprendí de usted —le he dicho.

Y se ha levantado y ha ido a la ventana y ha estado un rato mirando la calle, al gato, de espaldas, y yo he esperado.

Y cuando se ha vuelto no tenía la cara de la maestra ni la cara del miedo.

Tenía, creo, la cara de alguien que ha dejado de pelear contra algo que no puede ganar.

Y eso, aunque no dijera nada más, aunque se despidiera con normalidad y yo saliera a la calle y llegara a casa y subiera a escribir esto, eso ya era algo. Eso ya era mucho. Eso ya era casi todo.

24 de febrero

Ha dicho que es mayor que yo. Lo cual es verdad, y no voy a discutir los números porque los números no se discuten. Pero el argumento no funciona de todas formas, y esta noche quiero escribir por qué no funciona. Para que quede. Para la próxima vez que lo saque, que la habrá.

La gente que dice que la edad es un problema entre dos personas que se quieren no ha mirado nunca bien a la persona que tiene delante.

Lo que tengo yo delante, y lo apunto porque me parece importante dejarlo escrito: una mujer que cuando está quieta en un cuarto tiene más presencia que cualquier otra persona que haya conocido, no por lo que hace sino por cómo ocupa el espacio, con esa manera de estar recta sin ponerse tiesa, como si el cuerpo supiera lo que vale y no necesitara demostrárselo a nadie.

Tiene las manos de alguien que ha abierto miles de plantas y escrito miles de páginas y hecho con ellas cosas que importan, unas manos que se mueven con la precisión que le he visto cuando explica algo y los dedos van dibujando en el aire lo que las palabras no llegan a dibujar.

Tiene una manera de reírse que casi nunca pasa, pero que cuando pasa hace que el cuarto entero tenga mejor aspecto durante un rato.

Y tiene esos ojos del color del jazmín del cielo, que ya he descrito mil veces y que cada vez que los miro me parecen de un tono distinto, según la luz y según lo que está pensando, que con ella los ojos piensan también.

No sé qué tiene que ver la edad con todo eso.

Las chicas de mi edad las conozco a todas, soy una de ellas, y ninguna me produce ni el principio de lo que me produce estar cinco minutos en el mismo cuarto que ella.

Así que si ocho años menos me hacen inmune a todo eso, entonces la edad es la cosa más inútil del mundo como argumento, porque lo que una siente no sabe leer el calendario.

Ocho años. Como si ocho años fueran una razón y no simplemente un número.

Lo dejo aquí, para no olvidarlo. La próxima vez que lo saque a relucir, que al menos no sea por eso.

8 de marzo

La boda de Carmen fue el mes pasado, preciosa, y yo lloré en la iglesia, pero no de lo que todos creían.

Lloré porque al verla del brazo de Antonio, tan feliz, tan en su sitio, pensé que dentro de poco esa sería yo del brazo de Rafael, y que yo no estaría feliz, y que tendría que fingir que sí delante de toda la misma gente.

Lloré por la mentira que me espera, no por la emoción de la novia.

Pero como en las bodas todas las mujeres lloran, nadie me preguntó, y madre hasta me apretó la mano contenta, creyendo que se me ablandaba por fin el corazón de cara a la primavera.

Si supiera. Las lágrimas son lo único que en este mundo se puede llorar por un motivo y que te lo cuenten por otro. Es casi cómodo. Casi.