1932 #5
Lo que no sé es si ella querrá que sigamos como si nada, o si querrá hablar, o si va a estar fría, o si va a estar distante de un modo que lo borre todo.
Doña Marta tiene muchas maneras de poner distancia.
Sé que las usa. He visto cómo lo hace, ese modo suyo de volverse maestra de golpe cuando algo se pone peligroso, esa eficiencia con que cierra puertas.
A lo mejor mañana llego y ha cerrado esta puerta también.
Y no sé si podría soportarlo. O sí podría, que el cuerpo aguanta lo que le echen, ya lo sé. Pero no quiero.
He estado un rato largo en el patio, mirando la tapia del fondo donde trepa el jazmín del cielo.
Es de noche y no se ve bien, solo la sombra de las ramas contra la cal, pero sé que está ahí.
Le he dicho en voz baja, como le habla Remedios a las plantas: aguanta.
Que no sé si le hablaba a él o a mí misma.
8 de febrero
La clase ha sido rara y normal a la vez, que es lo más difícil de describir.
Normal porque las plantas eran las plantas y las demás estaban allí y se hablaba de nombres y de hojas como siempre.
Rara porque debajo de todo eso, entre doña Marta y yo, había algo que pesa, algo que las dos sabíamos y las demás no, y ese saber compartido en silencio tiene un peso físico, se nota en cómo no te miras y en cómo sí te miras, en el milímetro de más que pone una cuando pasa cerca, en el milímetro de más que no pone.
Al acabar, cuando las otras ya salían, ella me ha dicho que me quedara un momento.
Y yo me he quedado con el corazón haciendo cosas raras mientras Lola y Carmen cogían sus cosas y se iban y cerraban la puerta.
Ha sido entonces, en el cuarto vacío, con la tarde de febrero entrando gris por los balcones, doña Marta ha cogido aire y me ha dicho, sin mirarme:
—Irene. Lo de la otra noche no debería haber pasado. Yo no debería haberlo dejado pasar. Eso quiero que lo sepa.
Y yo, que llevaba dos días preparando lo que iba a decir si decía algo así, he dicho:
—Pues yo sí debería haberlo hecho. Y lo haría otra vez.
Se ha quedado callada. Y ha soltado el aire despacio, como quien suelta un peso, y se ha vuelto a mirarme, y en su cara había algo que no era enfado ni reproche.
Era, creo, esa mezcla de rendición y de miedo que he aprendido a reconocerle, la cara que pone cuando algo la supera y no sabe si alegrarse o asustarse de que la supere.
—Tiene veintidós años —ha dicho, al fin.
—Y usted casi treinta —le he contestado—. No somos crías ninguna de las dos.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque yo sé lo que cuesta esto. Usted todavía no lo sabe del todo.
—Me lo está enseñando usted —le he dicho—. Eso es lo que hace desde el primer día. Enseñarme a saber las cosas. No puede enseñarme a mirar y luego pedirme que cierre los ojos.
No ha contestado. Yo tampoco sé cómo he sido capaz de decirle algo así. Ha cogido un pliego de la mesa y lo ha doblado con mucho cuidado, despacio, como se dobla algo cuando las manos necesitan hacer algo mientras la cabeza trabaja. Y luego ha dicho, en voz muy baja:
—Tiene usted una respuesta para todo.
—Es que tiene usted argumentos muy malos —le he dicho. Y me he arrepentido enseguida, que sonaba a insolencia, pero ella se ha reído. Bajito, poco, pero se ha reído. Y eso ha valido más que cualquier cosa que hubiera podido decir.
Luego el silencio ha vuelto, pero diferente. Doña Marta ha ido a la ventana, de espaldas, y ha estado mirando la calle un momento. Y ha dicho, sin volverse:
—No le estoy pidiendo que se aparte. Solo que piense. Que piense de verdad, con la cabeza fría, lo que está poniendo en juego. Que lo piense sin mí delante, que conmigo delante no se puede pensar bien. —Ha hecho una pausa—. ¿Puede hacer eso?
Y yo, que hubiera querido decir muchas cosas, he dicho solo:
—Puedo intentarlo.
Y ella se ha vuelto por fin, y me ha mirado un momento con esa mirada larga suya, y ha dicho:
—Bien. Hasta el jueves, Irene.
He salido a la calle con la tarde de febrero encima y el corazón haciendo demasiado ruido para pensar en nada con frialdad.
Pero lo intento ahora, aquí, con el cuaderno, porque se lo he medio prometido a ella.
Y lo que encuentro cuando lo intento es que no encuentro ninguna razón para apartarme que pese más que las razones para no hacerlo. Ninguna. Lo he buscado de verdad.
11 de febrero
Hoy ha habido salida al campo porque el día lo ha permitido.
Todavía no calienta el sol, pero ya casi.
Como dice Remedios, en febrero busca la sombra el perro, y en marzo la busca el amo.
O algo así, no lo sé. Solo sé que hoy la tarde ya ha estado medio buena para salir al campo.
Hemos ido las cuatro de siempre y hemos vuelto las cuatro de siempre, pero en el tramo final, como siempre, Lola y Carmen se han adelantado y nos hemos quedado solas.
Caminábamos despacio, sin prisa, y doña Marta iba nombrando plantas de los márgenes del camino con ese modo suyo de hablar de plantas cuando en realidad está hablando de otra cosa. Y de pronto, sin que viniera a cuento, me ha dicho:
—Irene, no sé si ha hecho lo que le pedí, pero necesito que entienda una cosa cuando lo piense.
No es solo la edad. —Ha hecho una pausa—.
Piense en su mundo. Piense en su madre, en su barrio.
Piense en sus vecinas mirando desde la ventana.
Piense en ese muchacho que la pretende. ¿Qué cree que pasaría si alguien la viera cerca de mí de una manera que no fuera la de alumna y maestra? ¿Qué le haría eso a su vida?
Y lo ha dicho con una voz seria, no de reproche, sino de quien está describiendo un peligro real porque quiere que la otra lo vea del todo.
Y yo lo he visto. He visto a doña Amparo con su cara.
He visto a madre doblando ropa. He visto a Carmen con la cara de su madre.
He visto a padre encerrándose con Rafael a hablar de dinero y de hijas. Todo eso lo he visto. Y le he dicho:
—He pensado en todo eso. Llevo meses pensando en todo eso, doña Marta. Que yo sé que parezco una chiquilla, pero yo ya sabía lo que le pasa a quien siente cosas así. Y no me da miedo, al menos no ese miedo que usted cree que me tiene que dar.
—Ahora lo dice —ha respondido ella, y en su voz había algo que no era desdén, era tristeza—. Cuando tenga delante lo que cuesta de verdad, a lo mejor no lo dice tan fácil.
—¿Y usted? —le he preguntado entonces, y se me ha ido la voz un poco—. ¿Tiene ese miedo aun?
Ha tardado mucho en contestar. Tanto que ya pensaba que no iba a contestar. Pero al final, cuando ya veíamos las primeras casas del barrio, ha dicho, muy bajito, mirando al frente:
—Yo ya pagué el precio una vez. Sé lo que cuesta. Por eso me da tanto miedo que usted lo diga ahora. Que es muy joven.
Nos hemos parado las dos a la vez, sin acordarlo, justo delante de mi reja.
Esa reja desde la que ella me vio por primera vez, la que ya no es solo una reja sino el sitio donde pasó lo de la otra noche, donde todo empezó, donde todo sigue.
Y nos hemos mirado. Y esta vez no era la mirada del cuarto de las clases.
Era otra cosa: más larga, más expuesta, sin el techo de madera encima ni las sillas de las otras alumnas alrededor.
Solo la calle y el atardecer y la reja y nosotras dos.
He sido yo la que ha roto el silencio. Le he dicho:
—Si tanto le asusta que yo lo diga, pregúntese por qué.
Y ella no ha contestado con palabras. Pero tampoco ha apartado la mirada. Y eso, cuaderno, es una contestación. Es la contestación más honesta que podía darme.
Nos hemos despedido con su «hasta el jueves, Irene» y mi «hasta el jueves, doña Marta», como siempre, como si fuera un día cualquiera.
Pero ninguna de las dos creía que fuera un día cualquiera.
Me he metido en casa y he subido corriendo a escribir esto antes de que se me enfriara, antes de que la razón llegara y empezara a enfriarlo.
Lo que ha dicho. Que sí lo diría. Aunque costara lo mismo.
Y ahora estoy aquí, con el cuaderno y la vela, y tengo dentro una cosa que no sé si es alegría o miedo o las dos a la vez.
Que son compatibles, ya lo sé. Son siempre las dos a la vez, en esto.
Por la ventana se ve un pedazo de patio y la tapia del fondo donde el jazmín del cielo trepa sin que nadie lo haya plantado allí, trepando porque sí, porque es lo que hace. Que también soy yo.
14 de febrero
Hoy no había clase, y aun así he pasado por la plaza de Maimónides, que me queda de camino si voy por donde no tengo que ir. A veces una se hace caminos nuevos sin saber muy bien por qué hasta que lleva un rato andando y entiende que iba a alguna parte, aunque no lo hubiera dicho.
No esperaba verla. O sí la esperaba, pero no me lo reconocía.
Y estaba allí, sentada en el banco del fondo con un libro en el regazo y los ojos en los tejados.
Me ha visto llegar y no se ha levantado ni ha hecho nada especial.
Solo ha movido un poco el libro para hacer sitio en el banco. Y yo me he sentado.
Hemos estado un rato en silencio. Un silencio bueno, de los que no pesan.
El sol de febrero daba en la piedra del banco y calentaba lo justo para notar que estaba, y ella tenía las manos en el libro cerrado y yo las mías en el regazo y entre las dos había unos centímetros que eran todos los centímetros del mundo y a la vez no eran nada.
Y al cabo de un rato, sin venir a cuento, doña Marta ha dicho:
—Hay ocho años entre las dos.
Y yo:
—Ya lo sé.
—No es poca distancia.
—Depende desde dónde se mire —le he dicho—. Desde aquí no la noto.
Silencio. Luego:
—Irene. Yo vengo de un sitio que usted no conoce. He vivido cosas que le cambian a una. Tengo... cicatrices, que se dicen. Y usted tiene por delante una vida que todavía no sabe lo que va a ser. No sería justo de mi parte meterme en el medio de esa vida y complicarla.
—¿Y si yo quiero que se meta? —he dicho con una valentía que no sé de dónde me ha salido.