1932 #4
Y yo me puse tan tensa que dejé de notar los pies en el suelo. Porque era la primera vez que me decía que sabía que yo sabía, y eso solo ya era mucho, y encima lo que iba a contarme era la cosa que llevaba meses intentando no preguntarle directamente porque no me atrevía a saber la respuesta.
Me contó lo de Madrid. Caminando, mirando al frente, como si contarlo mirándome a la cara fuera demasiado.
Me contó que había vivido en la Residencia de Señoritas.
No supe bien qué era al principio, tuve que ir armándolo con lo que decía: una casa grande en Madrid donde vivían mujeres que estudiaban de verdad, con sus clases y sus laboratorios y sus conciertos y sus conferencias, un sitio donde nadie mandaba a las mujeres callar ni les decía que las cosas importantes no eran para ellas.
Un sitio que, mientras me lo contaba, me pareció tan imposible como un país inventado.
Que existiera ese sitio. Que ella hubiera vivido en él.
Dijo que allí había sido otra. Que había estudiado botánica, que había dado clases, que había publicado en revistas que leía gente de verdad.
Que tenía amigas con las que hablaba hasta las tantas de la noche de cosas que importaban.
Que era libre, dijo, con esa palabra corta que cuando la dijo a mí se me quedó en el pecho como una piedra, porque entendí lo que significaba solo por contraste con lo que yo conozco.
Libre. Iba y venía. Decidió. Pensaba en voz alta sin que nadie le pusiera cara.
Y allí, en la Residencia, conoció a alguien.
No lo dijo con ese orden. Lo fue soltando a trozos, caminando, eligiendo cada palabra como quien elige por dónde pisar en terreno que sabe que tiene huecos.
Una amiga, primero. Alguien con quien estudiaba, con quien hablaba de plantas y de libros y de todo lo demás.
Y luego, despacio, sin que hubiera un momento exacto en que una cosa se convirtiera en otra, algo distinto.
Algo que no tenía nombre en los libros que les ponían a leer, pero que lo tenía en las personas que lo vivían: quererla.
Quererla de la manera en que no se debe querer, según dicen.
Así lo dijo. Y se volvió a mirarme cuando lo dijo, por primera vez desde que empezó a hablar. Para ver qué cara ponía. Para ver si me apartaba.
No sé qué cara puse. No lo puedo saber porque no estaba mirándome a mí, estaba mirándola a ella. Y lo que le dije fue lo primero que me salió, sin pensar, que eso pasa a veces cuando algo es tan verdad que sale solo antes de que la cabeza diga que no:
—¿Y quién dice cómo se debe querer? ¿Quién lo decide?
Y ella se paró. Y se le pusieron los ojos brillantes. Y me contó el resto.
No voy a escribirlo todo porque hay cosas que son de ella y no mías para escribirlas.
Que a esa muchacha la obligaron a casarse con un primo suyo, y ya nunca más supo de ella.
Y que ella tuvo que hacer la maleta y salir de una ciudad como Madrid, porque la vida para alguien como ella era imposible allí.
Fíjate, con lo grande que debe ser y la gente que debe haber allí, y que una mujer se enamorase de otra, no pasaba desapercibido para tanta gente.
También me ha dejado entrever algo de su familia, aunque no ha hablado mucho de ella, y yo tampoco me he atrevido a preguntarle, porque si hay algo que le pertenece a una, es justamente la familia y lo que se dice en la casa.
Pero no me ha dado buena espina, eso ya lo dejo escrito aquí.
Y también dejo escrito esto: que mientras la escuchaba contar lo que le habían hecho, yo iba por dentro haciendo una cosa que no había hecho nunca, que era entender dos cosas a la vez.
Una: que esto que me pasa a mí tiene nombre y tiene precedente y no me lo he inventado.
Y otra: que ella sabe que me pasa. Que cuando me ha dicho «la veo» al final, en la reja, yo ya lo sabía.
Pero oírselo decir fue otra cosa. Es distinto saber que alguien te mira a que te lo digan.
No debería ser distinto. Pero lo es. Estoy escribiendo desordenado.
Lo de la reja. Ay, lo de la reja.
Tengo que escribirlo antes de que se me enfríe del todo aunque ya sé que no se me va a enfriar nunca, que hay cosas que se quedan grabadas como cuando te cortas un dedo de pequeña y la cicatriz se queda para siempre aunque no duela.
Cuando estábamos paradas delante de la reja, me ha dicho que me lo había contado por dos razones.
La primera porque se fiaba de mí. La segunda para avisarme.
Porque me veía. Porque sabía cómo la miraba.
Y que necesitaba que supiera lo que costaba, antes de que pasara algo que luego no tuviera vuelta atrás.
—Piénselo usted bien, Irene. Piense muy bien las cosas, y lo que se le pase por la cabeza, que es usted joven, muy joven, y yo he estado ahí, en su edad, y una a veces pierde la razón por no pensar.
Y yo la estaba mirando mientras decía todo eso y la estaba escuchando pero también estaba pensando que llevaba meses imaginando que esto era posible y que ahora me lo estaban diciendo de verdad y que mi propia cabeza no cabía en mi cabeza del todo.
Que eso me lo estaba diciendo ella. Doña Marta.
La persona que abrió una malva por la mitad y cambió cómo veo las cosas, la persona a la que llevo meses escuchando sin perderme una palabra, la persona que me prestó un libro envuelto como el pan y me preguntó si sabía guardar las cosas para mí sola.
Esa persona. Que me veía, que se había dado cuenta de cómo yo la miraba.
Y no sé qué me pasó. No lo decidí. No me dije voy a hacer esto.
Simplemente me moví. Un paso hacia ella.
O medio. No llegué a nada porque ella lo vio antes que yo y dio un paso atrás, muy suave, y me puso la mano en el brazo, así, como poniéndole el freno a algo que no podía pasar todavía.
Y me miró. Y en esa mirada había una cosa que no sé cómo explicar y que voy a intentar de todas formas: no era no.
Era otra cosa. Era una cosa que dolía más que el no y que al mismo tiempo era mejor que el no.
No sé. Tengo veintidós años y es la primera vez que me pasa algo así y no tengo palabras todavía para esa mirada.
Las aprenderé, supongo. Pero ahora no las tengo.
Y entonces, sin venir a cuento, sin que yo lo llamara, me ha venido a la cabeza Rafael.
Qué cosa más tonta, pensar en Rafael en ese momento, pero así es la cabeza, que hace lo que quiere y no lo que una le manda.
Me he acordado de la única vez que él se acercó más de la cuenta, en la puerta de la iglesia, un domingo, con esa cara suya de quien se ha armado de valor toda la semana para hacer una sola cosa pequeña.
Y fui yo quien dio el paso atrás entonces.
Yo. Con una mano apenas, casi sin tocarlo, parándolo igual que Marta me ha parado a mí esta tarde.
Y ahora, de este lado, entiendo lo que no entendí entonces: que un paso atrás no es siempre un no.
A lo mejor Rafael, esa tarde de la iglesia, se fue a su casa pensando que yo lo rechazaba sin remedio, y yo no quise decir eso, no exactamente, quise decir espere, no sé, no estoy lista, no es por usted.
Y ahora soy yo la que se queda con esa misma duda metida en el pecho, preguntándome qué quiso decir Marta con su mano en mi brazo, si fue un no de verdad o un todavía no, si la diferencia entre las dos cosas se puede aprender o si hay que vivirla para saberla.
Qué inocente era yo, hace solo un año, pensando que lo más fuerte que me iba a pasar en la vida era darle la mano a Rafael un segundo de más delante de la gente.
Qué poco sabía. Y qué tierno me parece ahora, pensándolo, esa Irene de antes, la que se asustaba de tan poco, la que no tenía ni idea de lo que el cuerpo es capaz de sentir cuando de verdad se asusta y de verdad quiere algo a la vez, las dos cosas juntas, sin que una le gane a la otra.
Se fue calle de los Judíos abajo sin volverse. Y yo me quedé en la reja sin saber cuánto tiempo, con la mano en la forja y el corazón haciendo un ruido que no sabía que podía hacer.
No me puedo dormir y ya son las tantas y mañana madre va a ver que tengo mala cara y me va a preguntar si estoy bien y yo le voy a decir que sí, que claro que sí, que solo es cansancio. Y será verdad y será mentira a la vez, que me estoy acostumbrando a las dos cosas juntas.
Me ha dicho que piense. Que lo piense con la cabeza fría.
Pero la cabeza no está fría, no va a estar fría esta noche, y a lo mejor mañana tampoco.
Y lo que pienso cuando intento pensar es que sí, que lo sé.
Que lo supe hace tiempo. Que la primera vez que abrió la malva y me preguntó qué era eso, algo dentro de mí empezó a saber, aunque tardara meses en entender qué era lo que sabía.
No sé qué viene ahora. No tengo ni idea. Pero esta noche, en este cuarto, con las manos frías y la vela y el silencio de Córdoba afuera, soy la persona más asustada y más viva que ha habido nunca en esta cama.
Buenas noches, Elena, estés donde estés. Sin ti no habría sabido hoy que existo. Gracias.
7 de febrero
Han pasado dos días desde lo de la reja y todavía no he vuelto a verla.
Mañana es la clase y no sé cómo voy a entrar por esa puerta.
No sé qué cara poner, no sé qué decir, no sé si lo que pasó fue real o si me lo he ido agrandando en la cabeza con estos dos días de darle vueltas hasta convertirlo en algo que no fue.
Pero sí fue. Sé que sí fue porque tengo el frío de su mano grabado en mi brazo con una fidelidad que no invento, y tengo su cara cuando se apartó, esa cara de ternura y miedo juntos que tampoco invento.
Fue. Y mañana hay que entrar por esa puerta y sentarse y hablar de plantas como si nada.