El jazmín azul 1932 #3
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1932 #3

No he podido sacarme el nombre de la cabeza en todo el día. Elena. Le he dado mil vueltas, y cuanto más vueltas le doy, más cosas entiendo, o más cosas creo entender, que no sé si es lo mismo.

Una carta de mujer, con la letra fina, que se despide con «tu Elena».

Una carta que doña Marta guarda entre sus láminas de plantas, y que al verla en manos ajenas le muda la cara y se la lleva al pecho.

A ver, que yo no sé mucho del mundo, lo reconozco, me han tenido toda la vida entre la misa y el patio.

Pero no hace falta saber mucho para saber que un «tu Elena» no es como firma una prima, ni una compañera de estudios, ni una amiga de las de tomar café.

Ese «tu» tiene dentro algo que yo no sé nombrar pero que reconozco, porque —y esto me cuesta escribirlo, pero lo escribo— porque es el mismo «tu» que yo le pondría a ella si me atreviera a escribirle una carta.

El mismo. Lo he sabido en cuanto lo he pensado, con una certeza que me ha dejado temblando: yo sé lo que es ese «tu» porque lo llevo dentro sin haberlo escrito nunca.

Y entonces todo encaja, y a la vez todo se complica muchísimo más.

Encaja el silencio de doña Marta cuando le preguntaron por Madrid.

Encaja que se viniera sola, sin marido, a esconderse en un barrio de Córdoba donde nadie la conoce.

Encaja que sepa tanto de florecer a oscuras, de guardar el perfume para cuando nadie te ve, de las flores que arrancarían si abrieran de día.

Encaja que me dijera, en lo oscuro de la calleja, que no dejara que me escribieran la vida entera, con esa voz de quien sabe lo que cuesta abrir una página propia.

Todo encaja en una sola figura que se va dibujando en mi cabeza, pero ni siquiera aquí me atrevo a escribirlo.

Y por eso, o por cosas alrededor de eso, perdió lo que tenía en Madrid y acabó aquí.

Lo escribo y me quedo mirando lo escrito un rato largo, sin saber qué hacer con ello, porque sin siquiera escribirlo claro, me da un no sé qué en el pecho que me deja casi sin respiración.

¿Es así doña Marta?. Existe eso. Claro que existe, tonta de mí, cómo no va a existir, con lo que lo llevo yo dentro sin saber cómo se llama.

Existe, y le pasa a la gente, y a la gente que le pasa le va mal, le va tan mal que tiene que huir y esconderse y guardar las cartas en el pecho y no decir nunca por qué se vino.

Existe, y a mí me está pasando, y que Dios me perdone, me he descubierto teniéndole celos esta misma tarde.

Celos de una desconocida por una carta. Mira tú a dónde he llegado. Así de hondo estoy metida ya.

25 de enero

Hoy he estado más tranquila, o más cansada de darle vueltas, que a veces se parece. Y he pensado en una cosa que no me había parado a pensar con el sofoco de ayer: en lo sola que ha tenido que estar doña Marta todos estos meses.

Yo me quejo de mi soledad, de que no le puedo contar a nadie lo que me pasa, de que solo tengo un cuaderno y una flor seca por confidentes.

Pero yo al menos no sé del todo lo que me pasa, y lo que no se sabe del todo no pesa tanto.

Ella sí debe saber quién es y por qué tuvo que huir.

Ella carga con el nombre completo de su pena, y lo carga sola, en un barrio que la mira de reojo, dando clases de plantas a cinco niñas de buena familia para ganarse el pan, guardando una carta en el pecho como única compañía.

Qué valiente es. Qué valiente y qué sola.

Y yo que la tenía por la mujer más libre del mundo, la del baúl de libros, la que va sin sombrero, la que mira a los ojos.

Y resulta que esa libertad le ha debido costar todo lo que tenía.

Y he entendido otra cosa, aún más honda, que me ha dejado pensativa toda la tarde mientras regaba.

He entendido que el saber tiene un precio, que no es poca cosa.

Doña Marta me está enseñando a ver, a abrir las cosas por la mitad, a preguntar, a no dejar que me escriban la vida entera.

Pero ella es la prueba viva de lo que cuesta todo eso.

Ella vio, abrió, preguntó, no dejó que le escribieran la vida…

Aunque esto son suposiciones mías, que a lo mejor la mujer no ha vivido nada de esto, o qué sé yo.

Pero mira cómo ha acabado: sola, lejos, escondida.

O sea que esto que me está pasando, este despertar tan bonito de las plantas y los nombres y las preguntas, no es gratis. Tiene un precio. Y el precio puede ser quedarme tan sola como ella.

Y aun así no quiero volver atrás. Es como me dijo ella: el día que entiendas del todo, ya no hay vuelta. Pues no la hay. Sé el precio y lo quiero pagar igual. A lo mejor eso es lo que de verdad significa hacerse mayor: saber lo que cuesta una cosa y quererla de todas formas.

27 de enero

Tres días dándole vueltas y hoy, en clase, doña Marta y yo hemos tenido un momento rarísimo, de esos en que no se dice nada y se dice todo.

La clase ha ido normal, las plantas, los nombres, las demás alumnas parloteando.

Pero al despedirnos, cuando le tendía yo mi pliego para que lo corrigiera, nuestras miradas se han cruzado y se han quedado cruzadas un segundo de más, uno de esos segundos que pesan.

Y en ese segundo yo le he dicho con los ojos, sin palabras, porque las palabras no me habrían salido: lo sé.

Sé algo. No sé todo, pero sé algo, y no me das miedo, y no me das asco, que es seguramente lo que tú temes de quien lo sepa.

Y ella me ha mirado de vuelta, y he visto que lo entendía, que entendía que yo había entendido, y he visto pasarle por la cara un miedo y luego, debajo del miedo, otra cosa que no sé si era alivio o era ternura o eran las dos.

Como si llevara mucho tiempo sola con su secreto y de pronto descubriera que alguien, una muchacha de barrio que riega geranios, lo había adivinado y no salía corriendo.

No nos hemos dicho ni una palabra de eso. Ni una. Hemos hablado de mi pliego, de que la etiqueta iba torcida, de cosas de plantas. Pero por debajo de las plantas, en ese idioma que estamos aprendiendo a hablar las dos, el idioma de lo que no se dice, nos hemos dicho una conversación entera.

Yo le he dicho: estoy de tu lado. Ella me ha dicho: no sabes el peligro que es estar de mi lado.

Yo le he dicho: no me importa el peligro.

Ella me ha dicho: eres muy joven para saber lo que dices.

Y yo le he dicho, con la última mirada antes de coger la puerta: a lo mejor soy más parecida a ti de lo que crees.

Todo eso nos hemos dicho sin abrir la boca, entre una etiqueta torcida y un «hasta el jueves, Irene».

Vuelvo a casa y subo a escribirlo y me tiembla un poco la mano, no de miedo, o no solo de miedo.

Porque hoy he cruzado una raya. Hoy, sin decir nada, le he hecho saber que sé quién es, y le he hecho saber que no me aparto.

Y eso, en este mundo, en esta ciudad, en este año del Señor de mil novecientos treinta y dos, es la cosa más temeraria que ha hecho en su vida Irene Carmona, la de los geranios, la que no daba trabajo.

Pues mira: hoy he empezado a dar trabajo.

Y no me arrepiento. Que Elena, quienquiera que fuese, me perdone los celos.

Y que me enseñe, desde donde esté, a querer a alguien que tiene tanto miedo de que la quieran. Buenas noches.

3 de febrero

Desde el día de la carta y del nombre, algo ha cambiado entre doña Marta y yo.

No es que hablemos más; es que hablamos distinto.

Es como si el secreto que ahora compartimos, sin haberlo dicho en voz alta, hubiera tirado abajo una pared que había entre nosotras.

Ya no soy del todo la alumna y ella la maestra.

Somos dos mujeres que saben una de otra una cosa que no sabe nadie más, y eso une de una manera que no sé explicar pero que noto en cada clase, en cada mirada que dura un segundo de más, en la naturalidad nueva con que me ha empezado a llamar Irene, ya sin pedir permiso, como si mi nombre le perteneciera un poco.

Las salidas al campo han seguido, cuando el tiempo deja, y en ellas, caminando, lejos de las otras, doña Marta me cuenta cosas.

Al principio cosas de plantas, luego cosas de Madrid, de la ciudad, de cómo es vivir allí, de cosas que ha leído y visto y pensado.

Me habla como no me ha hablado nadie: como si yo pudiera entenderlo todo, como si no hubiera tema demasiado alto para mí.

Y yo, que me he pasado la vida oyendo que las cosas importantes no son para mujeres, bebo cada palabra como bebe la tierra seca el primer agua de septiembre.

Pero del nombre, de Elena, no ha dicho nada. Y yo no he preguntado.

5 de febrero

Tengo las manos frías. Las he mirado hace un momento y no son mis manos, o sí son mis manos pero no las reconozco, con lo que me conocen.

Son las tres o las cuatro, no sé, la vela lleva un buen rato encendida y no consigo dormirme y no sé por dónde empezar a escribir lo que ha pasado esta tarde así que voy a empezar por el principio y a ver si cuando llegue al final sé lo que estoy sintiendo, porque ahora mismo no lo sé.

No sé nada. Solo que no me puedo dormir y que el corazón no para.

Fue volviendo de la salida. Nos quedamos solas el último tramo, como siempre, dando un rodeo sin decirlo.

El día había tenido esa rareza de febrero en que el invierno se distrae y entra un poco de sol, y el cielo estaba de ese azul que ya sé de qué color es.

Íbamos calladas. Yo iba pensando en nada en particular, que a veces andar a su lado y callarse es ya suficiente para mí, y de pronto doña Marta, sin mirarme, empezó a hablar.

Me dijo que sabía que yo había visto el nombre en la carta. Que quería contarme ella lo que había que contar antes de que me lo imaginara sola y mal.