1932 #2
Camino de vuelta a casa, después de aquello, no podía con la cabeza.
Toda la teoría de la dama de noche se me había metido dentro y no paraba de darle vueltas, encajándola en mí como se encaja una llave en su cerradura, con ese chasquido pequeño que hace una verdad cuando por fin entra donde tenía que entrar.
Llevo toda mi vida siendo de día una flor cerrada.
Y lo hacía sin saberlo, que es lo más triste; creía que esa flor cerrada era yo, toda yo, y resulta que era solo mi cara de día, mi manera de no que me arrancaran.
La de verdad la guardaba para la noche sin saber siquiera que la guardaba.
Y me pregunté, caminando, una cosa que me dejó fría: ¿cuántas mujeres de las que conozco serán damas de noche sin haberlo dicho jamás?
Madre, por ejemplo. Madre, que de día gobierna la casa y dice tonterías de Madrid y cose con la boca apretada.
¿Qué perfume guardará madre para una noche que no llega nunca porque no se permite ni la noche?
¿Y la abuela? ¿Y Remedios, que sabe tanto y calla tanto?
¿Y Carmen, mi Carmen, que se cierra tan contenta en su arca?
A lo mejor el mundo está lleno de mujeres cerradas de día que no han tenido nunca una noche, ni un huerto abandonado, ni una maestra que les enseñara que las flores que se cierran de día no es que no tengan perfume: es que lo guardan porque las arrancarían.
Y me dio una pena inmensa de todas. Y un miedo inmenso de acabar como ellas, cerrada para siempre, sin que llegue nunca mi noche de verdad.
Porque una cosa es florecer a oscuras en un cuaderno, y otra muy distinta es no florecer jamás a la luz, delante de todos, sin esconderse.
Y yo, anoche, empecé a querer la luz. A quererla de verdad, aunque me arranquen. Que me arranquen, pero que me vean abierta una vez.
Cuando Lola y Carmen se fueron con el mozo, me quedé quieta un momento en la esquina antes de que doña Marta se volviera hacia mí.
Solo un momento, unos segundos, mientras ella miraba alejarse a las otras dos.
Y en esos segundos pensé: ahora vamos a caminar las dos solas hasta mi casa.
Y ese pensamiento me dio un vuelco que no esperaba, no de alegría sino de miedo, el mismo miedo raro del otro día, el de no saber cómo comportarme cerca de alguien cuando ya no puedes fingir que todo es normal.
En clase hay mesa entre nosotras, hay las otras alumnas, hay los nombres de las plantas y los pliegos del herbario, hay mil sitios donde poner los ojos que no sean ella.
Solas por la calleja oscura no había nada de eso.
Solo el silencio, y el frío, y sus pasos al lado de los míos, y el miedo de que dijera algo o no dijera nada y que cualquiera de las dos cosas fuera demasiado.
No hubo manera de evitarlo. Doña Marta se volvió y me dijo que me acompañaría hasta casa si no me importaba, que ya oscurecía. Y yo dije que no me importaba, claro, con la voz más normal que pude sacar. Y empezamos a caminar.
18 de enero
No terminé ayer porque me venció el sueño a media frase, pero lo más importante de la salida no lo había contado todavía, y es lo que de verdad me tiene como me tiene. Pasó a la vuelta.
Volvíamos ya con la tarde cayendo, y a Lola y a Carmen las recogió en una esquina el mozo de casa de Carmen, que venía a por ellas porque les pillaba de camino.
Y doña Marta se ofreció a acompañarme a mí el resto, hasta la calle de los Judíos, que no era mucho trecho pero ya oscurecía.
Así que caminamos las dos solas, por primera vez las dos solas de verdad, sin alumnas, sin madres, sin nadie, por las callejas de la Judería que a esa hora se quedan vacías y en silencio, con las primeras luces encendiéndose tras las rejas.
Y no sé qué nos pasó, pero hablamos distinto.
Como si la oscuridad que venía nos diera permiso, como a la dama de noche.
Me preguntó por mí, por mí de verdad, no por las plantas: que qué quería yo de la vida, me preguntó, así, sin rodeos, una pregunta que no me había hecho nadie nunca porque a nadie se le había ocurrido que yo pudiera querer algo distinto de lo que toca.
Y yo, al amparo de la penumbra, le contesté con una sinceridad que de día no habría tenido.
Le dije que no lo sabía. Que solo sabía lo que no quería.
Que tenía la sensación de que mi vida estaba ya escrita entera por otros, de la primera página a la última, y que a mí solo me tocaba leerla en voz alta y hacer como que la elegía.
Se lo dije casi llorando, sin saber por qué me salía así, todo de golpe, con ella.
Doña Marta se paró en mitad de la calleja.
Se paró y me miró, y a la poca luz que había yo le veía los ojos, esos ojos del color del jazmín del cielo, mirándome con una cosa dentro que no era de maestra a alumna, que era de otra clase, una cosa grave y tierna y un poco asustada. Y me dijo, muy bajo, casi sin voz:
—No deje que se la escriban entera, Irene. Ábra una página usted. Una sola, aunque sea a escondidas, aunque sea de noche. Una página que sea suya. —Y luego, como si se arrepintiera de haber dicho tanto, bajó la vista y añadió—: Perdóneme. No es asunto mío. Yo solo le enseño plantas.
Fue la primera vez que me llamó Irene. Irene, no «la de los geranios», no «señorita».
Irene. Mi nombre en su boca, en una calleja oscura, dicho casi en un susurro.
Y yo sentí que esa palabra, mi propio nombre, no me había pertenecido del todo hasta que ella la dijo.
Como con las flores: que las cosas no son del todo suyas hasta que alguien las nombra de verdad.
Pues mi nombre fue mío de verdad anoche, por primera vez, dicho por ella, en lo oscuro, mientras me pedía que abriera una página que fuera mía.
Llegamos a mi reja y nos despedimos sin tocarnos, con las manos quietas cada una en lo suyo, conteniéndonos las dos, lo noté, no fui solo yo quien se contenía.
Entré en casa, subí a mi cuarto, y me puse a escribir esta página hasta que me venció el sueño, con la vela.
Esta página que es mía. La que ella me dijo que abriera.
No sabe doña Marta que hace meses que la abrí, que llevo un cuaderno entero de páginas mías escritas a oscuras como la dama de noche echa su perfume cuando nadie la ve.
Pero ahora escribo distinto. Ahora escribo sabiendo que alguien, en algún sitio de esta misma ciudad, esta noche, me ha dicho mi nombre como si yo importara. Y eso, cuaderno, lo cambia todo. Buenas noches. O mejor dicho: buenas noches no, buena noche, porque la noche es cuando por fin soy yo.
Una hoja de dama de noche mustia, prensada entre estas páginas. La cogí del huerto.
23 de enero
Hoy ha pasado una cosa pequeña, de esas que duran un segundo, y llevo desde entonces sin poder pensar en otra.
Un nombre. Solo un nombre, dicho sin querer y tragado enseguida, pero que se me ha quedado clavado como se queda una astilla que no se ve pero se nota a cada roce.
A ver cómo lo cuento, que lo quiero dejar bien escrito.
Fue al final de la clase. Hoy tocaba en el cuarto de siempre, que el día estaba feo y no hubo salida.
Yo me había quedado un poco más, como hago siempre que puedo, con la excusa de ayudar a recoger los pliegos y las láminas, que doña Marta me deja ya esa confianza.
Las demás se habían ido. Y mientras ordenaba unos papeles que se le habían desparramado de una carpeta —una de esas carpetas de cartón atadas con una cinta que ella trae llena de láminas— se me cayó al suelo un papel que no era una lámina.
Era una hoja escrita, doblada, metida entre las láminas como marcapáginas.
No la leí. Que conste aquí, donde no me puedo mentir: no la leí, que no soy de las que leen lo ajeno.
La recogí del suelo para devolverla, y al recogerla, en el medio segundo que tardé en cogérsela y tendérsela, los ojos me vieron —porque los ojos ven aunque una no quiera— unas pocas palabras del final, donde estaba la firma.
Vi que era una carta. Vi que la letra era de mujer, fina, picuda, distinta de la de doña Marta.
Y vi el nombre con que se despedía: «tu Elena».
Así. «Tu Elena». Con ese «tu» delante, ese «tu» pequeño que lo dice todo, ese «tu» que no se le pone a una conocida ni a una amiga cualquiera, ese «tu» que es de pertenecer.
Doña Marta vio que yo tenía el papel en la mano.
Y pasó una cosa que no le había visto nunca: se le mudó la cara.
A ella, que tiene siempre el dominio de su cara como tiene el dominio de todo, se le fue el color un instante, y dio dos pasos rápidos y me lo quitó de la mano, no de malos modos pero deprisa, con una urgencia que la delató más que si me lo hubiera arrancado.
Lo dobló otra vez, muy pequeño, y se lo guardó en el bolsillo del pecho, pegado, y se llevó un momento la mano encima, como se protege una un sitio donde le duele.
—Disculpe —le dije yo, muerta de vergüenza—. Se le cayó. No he leído nada, se lo juro.
—Lo sé —dijo ella, y tragó saliva, y trató de recomponer la cara, de volver a ser la maestra—. Lo sé, Irene. No pasa nada. Son cosas viejas. Papeles viejos que una arrastra sin saber por qué.
Pero lo dijo con una voz que no era la suya, una voz con una grieta dentro, y se le quedaron los ojos un momento perdidos, mirando algo que no estaba en aquel cuarto.
Y yo, que no soy tonta aunque a veces lo parezca, entendí dos cosas a la vez, las dos al mismo tiempo, como me pasa todo últimamente.
La primera: que esa carta importaba. Que no era un papel viejo cualquiera; que una no se guarda en el pecho, pegado al corazón, un papel que no importa.
La segunda, la que me dio el vuelco: que la persona que firmaba «tu Elena» había sido para doña Marta algo muy grande.
Algo que todavía le dolía. Algo que se llevó con ella desde Madrid, doblado, guardado, igual que yo me llevo escondido un jazmín del cielo del color de sus ojos.
24 de enero