El jazmín azul 1932
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1932

Ha empezado el año nuevo y con él una cosa que no sé si llamar suerte o condena, porque las dos cosas me parece a veces.

Doña Marta ha decidido que las clases, cuando el tiempo lo permita, se hagan algunas tardes en el campo o en jardines, para ver las plantas vivas y no solo cortadas sobre la mesa.

Lo ha planteado a las madres como lo que es, una cosa pedagógica, muy seria, muy de provecho: que una señorita debe saber reconocer las plantas en su sitio, distinguir las silvestres de las cultivadas, aprender los nombres sobre el terreno.

Y las madres, que solo oyen «provecho» y «señorita», han dicho que bueno, que mientras vayamos acompañadas y volvamos con luz.

Lo que las madres no saben, lo que no sabe nadie más que este cuaderno, es lo que esas salidas significan para mí.

Significan horas con ella fuera del cuarto encalado, fuera de las cuatro paredes y los cuchicheos de Pilar y la vigilancia de Carmen.

Significan caminar a su lado por un sendero, señalar juntas una mata, agacharnos las dos a la vez sobre una flor hasta casi rozarnos la cabeza.

Significan, en una palabra que no me atrevo a escribir entera, cercanía.

Y yo, que debería temer esa cercanía como teme una el fuego cuando ya se ha quemado una vez, lo que hago es contar los días que faltan para la próxima salida.

No aprendo. O aprendo justo lo contrario de lo que me convendría.

Hoy ha sido la primera salida y tengo tanto que contar que no sé por dónde empezar, así que empiezo por el principio y voy despacio, que la noche es larga y no tengo sueño ninguno.

Fuimos solo tres, porque Angelita estaba con un catarro y a Pilar su madre no la dejó por el frío, así que éramos Lola, Carmen y yo, con doña Marta.

Salimos después de comer, abrigadas, hacia un huerto que hay pasada la muralla, camino del río, un sitio medio abandonado que doña Marta conoce y donde, dice, crecen cosas que en los jardines cuidados no se ven, porque a las plantas, como a las personas, los sitios demasiado cuidados no las dejan ser del todo lo que son.

Lo dijo así, mientras caminábamos, y yo lo apunté en la cabeza para traerlo aquí, porque ya sé que cuando doña Marta habla de plantas casi nunca habla solo de plantas.

Era un día de enero seco y frío, de los que Córdoba no tiene muchos pero cuando los tiene cortan.

El cielo estaba de ese azul sin matices del invierno andaluz, un azul rotundo que no deja dudas, y el sol, aunque brillaba, no calentaba nada.

Habíamos cruzado el barrio bien abrigadas, y al pasar la muralla el paisaje ha cambiado de golpe: de cal blanca y macetas y rejas a tierra ocre y olivos bajos y un olor distinto, el olor del campo en invierno, que no es el olor del verano verde e intenso sino algo más áspero y más hondo, tierra seca y romero y esa humedad quieta que guardan los cauces aunque el agua no llegue a verse.

Cerca del río el aire era más frío todavía y olía a junco y a barro. Córdoba quedaba detrás, con sus campanarios y sus tejados, y delante el campo, y entre los dos, las cuatro, caminando por un sendero de tierra que dejaba polvo blanco en los bajos de las faldas.

El huerto era un primor de abandono, si eso puede decirse.

Tapias derruidas, un pozo seco, un naranjo silvestre cargado de naranjas amargas que nadie recoge, y por todas partes plantas creciendo a su aire, sin nadie que las podara ni las enderezara ni les dijera cómo crecer.

Doña Marta caminaba entre ellas como en su casa, tocándolas, nombrándolas, y nosotras detrás con los cuadernos.

Lola preguntaba mucho, que es despierta, y Carmen menos, que iba más pendiente de no mancharse las botas.

Y yo iba callada, mirando sobre todo a doña Marta, cómo se movía, cómo se le iluminaba la cara en aquel sitio salvaje, más libre que en el cuarto de las clases, como si también ella, lejos de las paredes y de las madres, se permitiera ser un poco más lo que es.

Hubo un momento, mientras los demás se adelantaban, en que doña Marta y yo nos quedamos un poco rezagadas junto a un pozo seco, y me enseñó unos helechos que crecían en la pared húmeda de dentro, en lo hondo, donde no daba el sol.

Me dijo que los helechos son de las plantas más antiguas del mundo, que ya estaban aquí millones de años antes que las flores, antes que nosotros, antes que todo, y que no dan flor ni la han dado nunca, que se reproducen de otra manera, por unas esporas minúsculas que sueltan al aire y que el viento lleva donde quiere.

«No necesitan que nadie las admire para multiplicarse —dijo—; no hacen flores bonitas para gustar a nadie.

Llevan aquí desde antes de que existiera el gustar».

Y yo miré aquellos helechos verdes y humildes en lo oscuro del pozo, sin flores, sin reclamo, tan antiguos, sobreviviendo a su manera callada desde el principio de los tiempos, y pensé que había muchas formas de estar viva, muchas más de las que me habían contado.

Que no todo era florecer para que te admiraran y te cortaran y te metieran en un jarrón o en un arca.

Que se podía vivir como el helecho, a la sombra, a lo callado, multiplicándose por el aire sin pedirle permiso a nadie.

No supe entonces por qué me consolaba aquello, pero me consolaba.

Hubo un momento que tuve que mirar hacia otro lado.

Estaba ella inclinada sobre la tierra, de rodillas casi, examinando algo en la raíz de una mata, y el sol de invierno le daba de lado en el pelo y en la nuca, y yo estaba a dos pasos y noté que si seguía mirando me iba a delatar.

Eso fue lo que pensé: me voy a delatar. Como si hubiera algo que delatar.

Como si mirar a alguien fuera ya en sí mismo una confesión.

Y aparté los ojos y me puse a anotar en mi cuaderno cosas que no necesitaba anotar, solo para tener dónde mirar que no fuera ella.

Esto es lo que no le he contado a nadie y que esta noche necesito escribir, porque si no lo escribo reviento.

Todo el camino al huerto, toda la tarde entre las plantas, he estado llevando por dentro dos cosas a la vez que no caben juntas y que sin embargo caben: las ganas de estar allí, cerca de ella, en ese sitio salvaje donde es más ella que en ningún otro sitio; y la vergüenza de querer estar allí, y el miedo de que se note, y la vigilancia constante de mis propias reacciones, midiendo cada mirada, calculando cada paso, comprobando que la voz me salía normal cuando me preguntaba cosas.

Es agotador querer una cosa y tener vergüenza de quererla al mismo tiempo.

Es otra de las cosas más cansadas que he hecho nunca, y solo era una tarde entre plantas.

Y entonces nos enseñó una mata pegada a una tapia, una cosa de hojas oscuras, mustias casi, sin gracia ninguna a primera vista.

—Esta no parece gran cosa ahora, ¿verdad?

—dijo, y nos miró con esa media sonrisa que pone cuando va a enseñarnos algo que no esperábamos—.

De día no es nadie. Pasa una al lado y ni la ve.

Pero esta planta guarda un secreto: cuando llega la primavera solo vive de noche.

Se llama Cestrum nocturnum , aunque seguro que os suena más el nombre de dama de noche, y también galán de noche, según quien la nombre.

Cuando llega su tiempo de floración, de día cierra las flores y se hace la muerta, la insignificante, para que nadie la moleste.

Y en cuanto cae el sol y no hay nadie mirándola, las abre, y echa un perfume que no te puedes imaginar, un perfume que llena un patio entero, que se huele a calles de distancia.

Pero solo de noche. Solo cuando cree que nadie la ve.

Lola preguntó por qué hacía eso, por qué de noche y no de día como las demás flores.

Y doña Marta explicó lo de los insectos que la polinizan, que son nocturnos, las mariposas de la noche, las polillas, toda esa razón de ciencia que apunté debidamente.

Pero mientras lo explicaba me miraba a mí, no sé si lo hacía a propósito o me lo pareció, y añadió una cosa que no era de ciencia:

—Hay seres que solo pueden ser ellos mismos a oscuras.

Que de día hacen lo que se espera, se cierran, disimulan, parecen una cosa cualquiera que no llama la atención.

Y guardan toda su verdad, todo su perfume, para la noche, para cuando creen que el mundo no los vigila.

No es cobardía. Es supervivencia. Hay flores que si abrieran de día, las arrancarían.

Carmen no se enteró de nada, seguía con sus botas.

Pero Lola levantó la vista, y yo levanté la vista, y por un instante las tres mujeres que entendíamos nos quedamos calladas sabiendo que no se hablaba de flores.

Y yo pensé: yo soy esa flor. Yo soy la dama de noche.

De día hago de Irene la formal, la que no da trabajo, la que se va a casar en primavera; y guardo mi perfume, todo lo que soy de verdad, para la noche, para este cuaderno, para la vela, para cuando nadie me ve.

Y pensé también, con un vuelco: ¿y ella?

¿No será ella también una dama de noche?

¿No estará guardando también su perfume, su verdad, todo lo que dejó en Madrid y no cuenta, para cuando nadie la vigile?

Porque una flor que sabe tanto de florecer a oscuras es porque lo ha hecho.

No se explica tan bien lo que no se ha vivido.