El jazmín azul EL JAZMÍN
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EL JAZMÍN

H a llegado el jueves que tanto esperaba, el de devolver el libro y hablarlo, y ha sido distinto de todo lo que había ensayado en el cuarto, porque la vida nunca se parece a lo que una ensaya, y menos cuando la otra persona es doña Marta, que tiene la costumbre de decir siempre lo que no esperas y de callar justo lo que esperabas que dijera.

Me había preparado. Lo confieso aquí porque a este cuaderno se lo confieso todo.

Había pensado frases para parecer más leída de lo que soy, había elegido qué partes del libro nombrar para que viera que lo había entendido, hasta había practicado un modo de decir las cosas más despacio, más serena, menos atropellada que como me salen.

Quería gustarle. No quería que pensara que me había prestado su libro a una boba de barrio que solo sabe regar geranios y bordar iniciales.

Toda la semana leyendo de noche había sido, ahora que lo pienso, una larga preparación para esa media hora a solas con ella.

Y la media hora llegó. Las otras recogieron sus cosas y se fueron —Carmen me miró al salir, una mirada de las suyas, pero no dijo nada—, y nos quedamos las dos en el cuarto encalado, con la luz de la tarde entrando ya cansada por los balcones.

Saqué el libro de la bolsa, todavía envuelto en su paño, y se lo tendí con las dos manos, como se entrega algo que pesa más de lo que pesa.

Ella lo cogió, lo dejó sobre la mesa sin desenvolverlo, se sentó enfrente de mí, juntó las manos y me miró con toda la atención del mundo, con esa atención que da un poco de vértigo porque no estoy acostumbrada a que me miren así, esperando mis palabras.

—Bien —dijo—. Hábleme de él. ¿Qué le ha parecido?

Y todas mis frases ensayadas se me cayeron al suelo de golpe, como cuando se rompe el hilo de un collar y las cuentas ruedan por todas partes y ya no hay manera de recogerlas con orden.

Abrí la boca y no me salió ninguna de las cosas inteligentes que había preparado.

Me salió la verdad, que era mucho más simple y mucho más difícil de decir.

—Me ha dado envidia —dije—. Toda la semana. Una envidia que no sabía que se pudiera tener de una persona que ni existe, que está solo en un libro.

Doña Marta no se rio, ni se sorprendió, ni puso cara de «qué respuesta más rara». Asintió despacio, como si fuera exactamente lo que esperaba oír, o como si fuera una respuesta buena, mejor incluso que mis frases ensayadas.

—Envidia de qué, concretamente —dijo. No era una pregunta de cortesía. Quería el qué concretamente. Con ella siempre hay un «concretamente» esperando, como cuando abría la malva: no le vale «una flor», quiere las partes, una por una.

Y me quedé pensando, de verdad pensando, con ella mirándome y esperando sin prisa, dándome todo el tiempo que necesitara, que es otra cosa que no me había pasado nunca, que alguien esperara a que yo pensara una respuesta en vez de contestármela por mí o cambiar de tema.

Y en ese silencio, con ella mirándome y yo buscando las palabras, me pasó una cosa rara que nunca me había pasado: me pregunté qué estaría viendo.

Qué ve una persona como doña Marta cuando mira a una muchacha de Córdoba de veintidós años sentada enfrente de ella en un cuarto encalado.

Si ve a alguien que merece la pregunta que acaba de hacerle, o si solo ve lo de fuera: el pelo recogido porque madre dice que es más apropiado, las manos cruzadas encima de la falda gris de los jueves, los zapatos que me aprietan un poco porque los compré en agosto y el pie se ha puesto terco desde entonces.

Si ve la cara que tengo, que no es de las que llaman la atención, una cara normal de chica normal con los ojos color avellana y la nariz que heredé del abuelo y los mofletes que me salen cada invierno y que Remedios llama «los coloretes de la tierra».

Una cara que, si la ve doña Marta, no debería decirle nada especial.

Y sin embargo me miraba como si hubiera algo que ver.

Como si debajo de la falda gris y los zapatos apretados y los mofletes colorados por el frío del invierno hubiera algo que ella veía y yo todavía no.

—De que pensaba —dije al fin—. No de los viajes, ni de las cosas que hacía.

De que pensaba, y de que pensaba para algo.

De que sus pensamientos iban a alguna parte, salían de ella y entraban en el mundo y cambiaban algo, aunque fuera poco.

Los míos no van a ninguna parte. Los míos se quedan aquí dentro dando vueltas, o como mucho los escribo en un...

—y me callé, porque casi le hablo del cuaderno, y el cuaderno no se lo enseño a nadie, ni a ella—.

Se quedan dentro. Como el agua de un pozo tapado.

Doña Marta se quedó un rato callada después de aquello.

No un silencio incómodo, sino uno de esos silencios que pesan bien, en los que se nota que la otra persona está de verdad pensando en lo que has dicho y no esperando su turno para hablar.

Luego se levantó, fue hasta el balcón, miró un momento a la calle, y desde allí, de espaldas a mí, me hizo la pregunta.

La pregunta que no me quito de encima y por la que he titulado así esta página, porque hay preguntas que desvelan más que cualquier insomnio.

—¿Y quién le ha dicho a usted que sus pensamientos no valen para nada?

—dijo, sin volverse—. ¿Quién se lo ha dicho, concretamente?

Porque alguien se lo ha tenido que decir.

Una no nace creyendo que lo que piensa no sirve.

Eso se aprende. Se lo enseñan a una, con mucho cuidado, desde muy pequeña, hasta que se lo cree tanto que acaba pensando que lo pensó ella sola. ¿Quién se lo enseñó a usted?

Y se volvió, y me miró con esos ojos de color de cielo esperando una respuesta que yo no tenía.

Porque no supe qué contestar. No supe decir un nombre.

No fue madre, que me quiere. No fue padre, que apenas habla.

No fue Carmen, ni la abuela, ni el cura, ni nadie en concreto.

Y a la vez fueron todos. Fue el aire que respiro desde que nací.

Fue cada domingo, cada misa, cada «las niñas a lo suyo», cada «eso no es para mujeres», cada vez que conté algo que se me había ocurrido y alguien sonrió como se le sonríe a un niño que dice una gracia, con cariño, sin tomárselo en serio.

Nadie me lo enseñó. Me lo enseñaron todos.

Me lo enseñó el mundo entero, tan despacio y tan suave que no me di ni cuenta de que me lo estaban enseñando.

—No lo sé —dije, y se me quebró un poco la voz, que no quería—. No sabría decirle quién. Nadie. Todos.

—Esa es la respuesta más honrada que podía darme —dijo ella, y volvió a sentarse, y por un momento me pareció que a ella también le pesaba algo, que esa pregunta no me la hacía solo a mí, que se la había hecho ella antes, hace tiempo, en algún sitio, y que le había costado cara—.

«Nadie. Todos». Apréndase esa respuesta.

Le va a hacer falta. El día que entienda del todo lo que significa, será otra persona.

Y ya no habrá vuelta atrás. Se lo digo para que lo sepa, no para asustarla.