El jazmín azul
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EL PATIO
M adre me ha regalado este cuaderno esta mañana, después de misa, y no sé muy bien qué he de hacer con él.
Es bonito, eso sí. Tiene las tapas de un azul claro y pálido, como el cielo antes del amanecer, y el papel huele todavía a la papelería de la calle Deanes, ese olor a cola y a cosa nueva que me gusta tanto.
Me lo ha entregado sin mirarme apenas, mientras se quitaba el pañuelo de la cabeza.
—Una señorita debe tener dónde poner sus cosas —me ha dicho, y se ha ido a hablar con Remedios de la comida.
No me ha explicado qué cosas. Supongo que las mías, sean las que sean.
He estado un rato largo con la pluma en la mano sin escribir nada, sintiéndome un poco tonta.
Porque, ¿qué cosas tengo yo? Por la mañana voy a misa con madre.
Después está la casa, que es grande y fresca y siempre huele a lo que sea que esté guisando Remedios en la cocina.
Por la tarde, la costura, o una visita, o que viene Carmen a contarme cualquier cosa.
Últimamente, solo me habla de su ajuar. Y por la noche, a dormir, para volver a empezar.
No es que me queje. Sería una desagradecida si me quejara, con lo que hay por ahí.
Es solo que, puesta a escribir mis cosas, me he dado cuenta de que no sabía cuáles eran.
Así que he decidido escribir las cosas y ya está.
Las que haya. Esta es la primera: hoy hace un calor que no es de septiembre.
El patio está tan quieto a esta hora que se oye el agua de la fuente como si fuera lo único que pasa en todo Córdoba.
Y quizá lo es. Córdoba a esta hora de la siesta es un sitio donde no pasa nada, donde el tiempo se ha parado como se para el agua en un pozo, y una se pregunta si habrá algo fuera de esta cal blanca y este silencio y este calor.