Capítulo 4
Lord Thomas, el segundo hijo del duque de Thornvale, llegó por la tarde a la imponente finca familiar, el castillo de Trematon. Una amplia sonrisa le iluminó el rostro al saludar a sus padres, que lo aguardaban en la entrada.
—¡Thomas, hijo mío, qué alegría verte de nuevo! —exclamó su madre, lady Elizabeth, estrechándolo entre sus brazos.
—Qué gusto tenerte en casa, hijo mío —dijo su padre, sir Robert, dándole una palmada en la espalda—. ¿Qué tal te va en Londres?
—Bien, gracias —respondió Thomas al entrar en el agradable calor del vestíbulo del castillo.
—Pero qué bien se está en casa.
Su hermano mayor, George, llegó poco después. Thomas notó de inmediato que algo no iba bien. George se movía más despacio de lo habitual y su expresión delataba que sufría.
—George, hombre, ¿cómo estás? —preguntó Thomas preocupado.
Su hermano mayor esbozó una sonrisa débil.
—No estoy tan mal, Thomas. Solo es un día malo.
Con un leve quejido, el conde se dejó caer en uno de los grandes sillones. Su hermano menor le retiró las muletas con cuidado y las dejó a su lado. El rostro de George estaba tenso, con pequeñas gotas de sudor perlándole la frente y algunos rizos rebeldes cayéndole sobre ella.
—Dejadme descansar aquí un momento —comentó George con desenfado, aunque no le pasaron desapercibidas las miradas de preocupación que se cruzaban sus padres.
El duque y la duquesa evitaban escrupulosamente mostrar compasión alguna por su primogénito.
George detestaba que los demás le tuvieran lástima.
Podía aceptar, hasta cierto punto, que la gente lo ayudara por su discapacidad y le mostrara cierta consideración... ¿pero lástima?
Thomas asintió comprensivo antes de abordar lo que realmente le interesaba. Se volvió hacia sus padres, dedicando una sonrisa especialmente afectuosa a la duquesa.
—Todo el mundo habla de las invitaciones, madre. Te has lucido con el diseño.
El rostro radiante de lady Elizabeth conmovió a George, que se alegró de ver reconocido el trabajo de su madre. Esta tenía un gusto excelente y un talento excepcional para la decoración de interiores y el diseño de tarjetas e invitaciones.
Sin embargo, el joven conde no lograba disimular sus emociones, pues Thomas podía ver con toda claridad que George no estaba precisamente entusiasmado con las próximas festividades, y hasta podía comprender cómo se sentía.
Apuesto, alto y de porte imponente, el segundo hijo de la familia Sterling atraía miradas de admiración y envidia allá donde fuera. Las damas de la alta sociedad londinense se rendían a sus pies, pero el joven nunca se había aprovechado de ello.
Caballeros de todas las edades lo envidiaban por su aspecto, por su influencia, o por ambas cosas a la vez.
No era un trepador, pero sí seguro de sí mismo y con autoridad natural, tanto en los innumerables eventos de Londres como en la Cámara de los Lores.
Al igual que su hermano mayor, Thomas poseía una inteligencia formidable, unida a la inestimable cualidad de saber interpretar a las personas y las situaciones.
Aunque no había tenido intención de sentar cabeza antes de cumplir los veinticinco, el destino había decidido otra cosa, y parecía favorecer a lord Thomas Sterling.
Lady Caroline Connely no solo era un buen partido por su estatus y posición social, sino que además era hermosa y encantadora.
Y precisamente porque lo que sentían el uno por el otro era tan intenso, Thomas la había cortejado y pedido en matrimonio nada más terminar su primera temporada. Para el joven aristócrata había sido un flechazo, y como Caro no lo había disimulado, él sabía que a ella le había ocurrido lo mismo.
—George, entiendo que no te sientas cómodo con todas estas celebraciones —dijo Thomas, intentando tranquilizar a su hermano—. No tienes por qué asistir si no quieres. Yo explicaré tu ausencia.
George pareció aliviado por el ofrecimiento de Thomas, aunque también vacilante.
—Gracias, Thomas —dijo al fin—. Lo pensaré. Quiero que sepas que no te fallaré.
Thomas sonrió, complacido por las palabras de su hermano, aunque sabía que para George asistir a las celebraciones supondría un reto enorme.
Era una pena, pero su hermano llevaba tantos años completamente apartado de la vida social que ni siquiera todos los criados del castillo de Trematon lo conocían.
Con un gesto, George pidió sus muletas, y su hermano pequeño se las alcanzó de inmediato, aunque enarcando las cejas con gesto interrogante.
—¿No prefieres quedarte sentado?
Una mirada penetrante fue su respuesta.
—No —fue la seca réplica.
Cuando su hermano mayor se levantó dándole la espalda, Thomas puso los ojos en blanco. La mirada que le lanzó su madre era a partes iguales de reproche y diversión.
Los cuatro miembros de la familia se encaminaron despacio hacia el salón, acompasando el paso al ritmo de George.
Una vez acomodados, les sirvieron bebidas y un pequeño refrigerio.
Sentados en familia, envueltos en un silencio íntimo, cada cual parecía absorto en sus propios pensamientos. Thomas dejó vagar la mente hacia los recuerdos de su infancia junto a su hermano.
Recordaba al George alegre y travieso de la infancia, correteando y conquistando el mundo con sus aventuras.
Ambos habían sido tan revoltosos como cachorros, y juntos habían hecho más de una travesura.
Pero entonces acudieron a su memoria las imágenes del terrible accidente de equitación que, hacía poco más de diez años, había cambiado sus vidas para siempre.
Jamás olvidaría la imagen de su hermano cubierto de sangre, con el cuerpo retorcido, y volvió a experimentar el miedo y la desesperación de aquel momento.
La lenta y dolorosa recuperación seguía grabada en su memoria.
Recordaba cómo George casi había perdido las ganas de vivir y cómo había luchado por salir adelante.
Todo aquello resonaba en el interior de Thomas mientras observaba a su hermano. Veía la cadera rígida, la pierna que arrastraba y las huellas del dolor aún visibles en su rostro. A pesar de todo lo que había sufrido, George seguía allí, y eso era prueba de su increíble voluntad de supervivencia.
Su padre carraspeó y retomó el tema que sus dos hijos habían estado tratando sin él.
—George, sé que no te resulta fácil asistir a estos eventos sociales, pero te pido que al menos lo consideres.
El bondadoso duque, que adoraba a sus hijos, lo miró con ojos suplicantes.
—Para tu futura cuñada, lady Caroline, y para Thomas sería muy importante que estuvieras allí, sobre todo en la boda.
George exhaló un hondo suspiro mientras buscaba las palabras adecuadas; no quería herir a nadie.
—Thomas, sabes cuánto apoyo tu matrimonio y cuánto deseo vuestra felicidad, la tuya y la de Caroline —dijo, dirigiéndose a su hermano pero sin dejar de mirar también a su padre—, pero no sé si yo... si podría soportarlo, tanta gente, el baile, las conversaciones... las miradas de toda esa gente...
Su voz se fue apagando.
Nadie lo había visto en años, ni siquiera los empleados de la casa de sus padres.
Thomas se había situado detrás de su silla y le había puesto una mano en el hombro para reconfortarlo.
—Lo entiendo, hermano. Nadie espera que hagas más de lo que puedes. Pero, por favor, piénsalo. Sería una bendición para Caroline y para mí tenerte a nuestro lado.
—Lo pensaré, Thomas. Te lo prometo —murmuró George con la cabeza gacha, sin mirar a los demás presentes.
El rostro de Thomas se iluminó de alivio, mientras su padre, que había vuelto a guardar silencio y escuchaba atento, apoyó a George con un asentimiento casi imperceptible.
La conversación cambió enseguida cuando Thomas y su padre empezaron a hablar de la situación política del momento y las finanzas familiares.
Thomas, que como miembro de la Cámara de los Lores tenía acceso a las últimas noticias, les dio su perspectiva sobre la tensa situación política en Europa y los desafíos que esta planteaba para Gran Bretaña.
Habló de las tensiones persistentes con Napoleón Bonaparte, las secuelas del Congreso de Viena y el debate sobre la reforma en el Parlamento.
A medida que el ambiente jovial se desvanecía y los pensamientos de George se tornaban más sombríos, guardó silencio, ensimismado. Mientras su hermano y su padre continuaban conversando, él escuchaba con la atención ausente y velada.
En su interior, el joven luchaba con la dolorosa certeza de que siempre permanecería en las sombras.
A pesar de las festividades y el ambiente alegre, de pronto se sintió aislado e invisible.
Una profunda soledad pesaba sobre él mientras se preguntaba si siquiera deseaba salir de ella, pues eso también significaría participar en la vida que lo rodeaba.
George no era ningún tonto.
Sabía de sobra lo que significaba ser diferente en la sociedad en la que vivían. Las dolencias físicas eran un estigma, una marca vergonzosa en el mundo supuestamente impecable y superficial de la alta sociedad.
Su sola presencia probablemente haría que la mayoría de los nobles fruncieran el ceño y arrugaran la nariz, como si les hubieran servido en bandeja un jugoso bocado para sus chismorreos.
Por Thomas, sabía de un joven marqués que había quedado ciego en un accidente. El muchacho había sido lo bastante valiente y, por fortuna, lo bastante seguro de sí mismo como para reintegrarse en la sociedad, completamente indiferente a lo que la gente murmuraba a sus espaldas.
George no sabía si tenía fuerzas para ello. La sola idea de ser el centro de atención, de que lo observaran como a un animal salvaje enjaulado, le provocaba pánico, pero también le hacía odiar a quienes se comportaban así.
Aunque se esforzaba por reprimir aquellos sentimientos contradictorios, no podía ignorar cuánto anhelaba aún formar parte de algo y que lo vieran. Pero, pese a sus luchas internas, permaneció en silencio, dejando que sus emociones y pensamientos discurrieran inadvertidos.