Capítulo XXV Bendito Santiago.
La imagen del patrón de El Jardín apareció en alto, sostenida por manos temblorosas pero firmes.
La procesión improvisada que surgió en medio del caos fue un acto de fe y desafío, un grito silencioso que resonaba más fuerte que los disparos.
Santiago era más que un santo esa noche; era el símbolo de un pueblo que se negaba a desaparecer.
Frantxo avanzó junto a otros vecinos, la mirada fija en la imagen, sintiendo que en ese acto había una fuerza que trascendía lo físico. Cada paso era una oración, cada suspiro una promesa de resistencia. La fe y la pólvora se mezclaban en un rito ancestral que les daba fuerzas para seguir luchando.
A su alrededor, el fuego de antorchas iluminaba los rostros, mostrando la determinación y el cansancio, la esperanza y el miedo que coexistían en un equilibrio frágil. Pero la imagen de Santiago parecía infundir valor, un faro en medio de la tormenta.
Los enemigos se acercaban, pero la procesión no se detenía. Frantxo supo en ese momento que aquello era más que una batalla: era la defensa de su identidad, de su historia y de su tierra. “Bendito Santiago,” murmuró con fervor, dispuesto a seguir adelante aunque el mundo se derrumbara.
La noche avanzaba, y con ella, la fuerza de un pueblo unido bajo el estandarte de su patrón, indomable e inmortal en su lucha.