Capítulo XXIV A Cartuchazos vivos.
El estruendo de las escopetas y el olor a pólvora impregnaban el aire mientras la noche se convertía en un caos controlado de disparos, gritos y carreras.
Frantxo avanzaba con la escopeta en mano, disparando con precisión y furia contra las sombras que amenazaban con engullir el pueblo.
Cada cartucho gastado era una vida defendida, cada bala una declaración de que no se rendirían sin pelear.
Los vecinos, armados con lo que podían, desde cuchillos hasta garrotes, peleaban codo con codo, creando una muralla humana de coraje y determinación.
Los jóvenes gritaban, algunos lloraban, pero todos luchaban con la fuerza del que no tiene otra opción.
El suelo temblaba bajo sus pies mientras el rugido de las criaturas rompía el silencio nocturno, un concierto macabro que acompañaba la resistencia.
Frantxo sintió el peso de la responsabilidad más fuerte que nunca, pero también la fuerza que le daba la unidad del pueblo.
“Aquí estamos, vivos a cartuchazos,” murmuraba mientras disparaba, esquivando una garra que casi le roza el hombro.
La lucha era brutal, pero no había lugar para la desesperación.
En un instante de calma entre balas, Frantxo miró a su alrededor, viendo en los ojos de sus compañeros la misma chispa que mantenía encendida la llama de la esperanza.
Aquella noche no sería fácil, pero la voluntad colectiva era un arma más poderosa que cualquier escopeta.
Y ellos estaban listos para usarla hasta el último cartucho.
La batalla continuaba, feroz y sin tregua, pero la fuerza de El Jardín era un muro de fuego y acero que ningún invasor podría derribar sin pagar un precio muy alto.